Columnistas

La amenaza islámica y cómo contrarrestarla

Su derrota, como la del comunismo revolucionario, vendrá en última instancia a enfrentar su violencia e ideología con una combinación de poder duro y blando

Los talibanes son parte del movimiento mundial del islamismo radical. El movimiento contiene muchos grupos diferentes, pero que comparten la misma ideología básica. En términos simples, sostiene que solo hay una interpretación verdadera de esa fe y que la sociedad, la política y la cultura solo deben responder a ella.

El islamismo radical no solo cree en el islamismo —convertir la religión islámica en una doctrina política—, sino también en la lucha, por las armas de ser necesario, para lograrlo. Otros islamistas coinciden con los fines, pero se abstienen de la violencia.

Esta ideología inevitablemente entra en conflicto con las sociedades abiertas, modernas y culturalmente tolerantes. Casi todo lo relacionado con el 11 de setiembre del 2001, los atentados terroristas y sus secuelas, está sumido en controversias, pero lo que no se puede negar seriamente es que desde el 11 de Setiembre, aunque afortunadamente no hubo más atentados a esa escala, el islamismo radical no perdió vigor. Lo que está en discusión es el porqué.

¿Es el islamismo radical una ideología coherente que representa una amenaza de primer orden a nuestra seguridad? ¿O enfrentamos, a pesar de algunos temas comunes, una serie de desafíos desconectados para la seguridad, que deben ser manejados individualmente y en sus propios términos, de acuerdo con las circunstancias locales? ¿Es el islamismo en sí un problema o solo lo es su manifestación como extremismo violento? ¿Es similar al comunismo revolucionario y debemos, por tanto, contrarrestarlo con una combinación de medidas de seguridad e ideológicas a largo plazo? ¿O implica eso exagerar y sobrestimar al islamismo y, perversamente entonces —como sostienen algunos sobre las intervenciones occidentales en Afganistán e Irak—, aumentar su atractivo en vez de reducirlo?

Esta es una pregunta estratégica fundamental y requiere una respuesta clara. Es mi opinión que el islamismo, tanto la ideología como la violencia, constituye una amenaza de primer orden para la seguridad. Si no se le ponen límites, vendrá por nosotros, incluso aunque esté concentrado muy lejos, como lo demostró el 11 de Setiembre.

El análisis de Emman El-Badawy, quien forma parte de mi instituto, muestra cómo las raíces del islamismo se remontan a muchas décadas atrás y se fortalecieron mucho antes del 11 de Setiembre, y examina las vinculaciones entre la ideología y la violencia. Lo complementa el excelente análisis de Ahmet Kuru sobre el concepto del Estado ulema y nuestro informe anual sobre los grupos yihadistas, que muestra que este desafío mundial está empeorando.

Esta ideología —ya sea chiita, promulgada por la República islámica de Irán, o suní, promovida por grupos de un abanico que abarca desde los Hermanos Musulmanes hasta Al Qaeda, el Estado Islámico (EI), Boko Haram y muchos otros— fue la principal causa de desestabilización en Oriente Próximo y más allá. Actualmente, es el principal foco de inestabilidad en África.

Al igual que el comunismo revolucionario, el islamismo funciona en muchas esferas y dimensiones distintas. Su derrota llegará finalmente a través tanto de la violencia como de la ideología con una combinación de poder duro y suave, pero si este análisis es correcto, entonces —y especialmente después de la caída de Afganistán— las potencias líderes deben unirse para desarrollar una estrategia consensuada.

Incluso si las discusiones iniciales para forjarla se centran en los países occidentales, China y Rusia también tienen profundos motivos relacionados con la seguridad para contrarrestar esta ideología. Y los mejores aliados de Occidente para formular una estrategia exitosa estarán entre los muchos países donde los musulmanes son mayoría, incluidos los de Oriente Próximo, que están desesperados por recuperar su religión de manos del extremismo.

También debemos evaluar correctamente nuestra vulnerabilidad. Durante la covid-19 todos aprendimos sobre los agentes patógenos mortales. El bioterrorismo puede parecer ciencia ficción, pero sería sensato prepararse ahora contra su posible uso por actores no estatales.

Si rechazamos este análisis, la alternativa es, de hecho, considerar al islamismo como un problema de segundo orden. Cuando sufrimos amenazas directas, respondemos con medidas antiterroristas, entre las que se cuentan los ataques con drones, la vigilancia y la fuerzas especiales. De lo contrario, dejamos las cosas como están, pero si la política se encamina en esta dirección, quedará demasiado limitada en su comprensión del problema.

Tenemos que entender qué queremos decir con no “rehacer” los países desde los que pueden surgir amenazas terroristas. Para mí, significa que no intentaremos lo que probamos en Afganistán, pero hay algo que debemos entender: nuestro intento de “rehacer” Afganistán no fracasó porque los afganos no querían eso para su país. Es cierto, pudimos “rehacerlo” mejor, pero los afganos no eligieron la toma del poder por los talibanes. Los talibanes conquistaron nuevamente el país mediante la violencia, no la persuasión.

La principal barrera a la “construcción de naciones” no suele ser la gente de un país, sino su mala capacidad institucional y gobernanza, incluida la corrupción, a lo largo de muchos años. Por sobre todo, está el desafío de tratar de construir mientras elementos locales con apoyo exterior procuran destruir.

Pero las medidas antiterroristas por sí solas no eliminarán una amenaza enquistada. En lugar de eso, debemos buscar una vía media, por ejemplo, en el Sahel, podríamos adoptar la estrategia de asistir a los países en cuestiones de seguridad, pero también apoyar los propios esfuerzos de los gobiernos para el desarrollo, porque la pobreza y la falta de desarrollo indudablemente facilitan el extremismo. De alguna manera, esto es lo que hicimos en Afganistán después del 2014 cuando la misión de la OTAN pasó a ser la de “capacitar, asesorar y asistir”.

Incluso esto abarcará más que el antiterrorismo convencional. Necesitamos efectivos en terreno. Naturalmente, preferimos que esos efectivos sean locales, pero no siempre es posible.

Sin embargo, comprensiblemente, las sociedades occidentales se están oponiendo fuertemente a que haya muertes en sus propias fuerzas armadas. Este no es un problema de la fuerzas armadas occidentales en sí, que están compuestas por personas valientes y extraordinarias, pero constituye ahora una restricción política abrumadora a los compromisos para enviar efectivos occidentales a terreno, excepto en el caso de la fuerzas especiales. El problema que esto genera es obvio: si el enemigo contra quien combatimos sabe que cuantas más muertes cause más se debilitará nuestra voluntad política de combatirlo, la estructura de incentivos está clara.

Hay un desafío adicional para Europa y la OTAN. Queda claro ahora —si no lo estaba antes— que EE. UU. decidió para el futuro previsible que su voluntad de participar militarmente será limitada. Después de la intervención de 1999 de la OTAN en Kosovo, comencé la Defensa Europea con Francia. Hice esto precisamente porque entendí que sin los Estados Unidos y el compromiso del presidente Bill Clinton nunca habríamos podido solucionar la crisis. En la actualidad, los Balcanes pueden aspirar a un futuro pacífico, esperemos que dentro de Europa. Sin embargo, la crisis se dio a las puertas de Europa, no de EE. UU.

Europa enfrenta ahora el desafío inmediato de la desestabilización del Sahel y ya tiene que hacer frente a las secuelas del caos en Libia, la guerra civil en Siria y otras tensiones en Oriente Próximo. Para ello, el Reino Unido es parte de Europa, guste o no, y debe trabajar con Europa para encontrar soluciones en términos de seguridad.

Pero ¿cómo pueden Europa y la OTAN desarrollar la capacidad para actuar cuando EE. UU. no está dispuesto? Responder a preguntas como esta puede ayudarnos a vigorizar la capacidad de los responsables de las políticas en Occidente para pensar de manera estratégica. Uno de los eventos más alarmantes de los últimos tiempos fue la sensación de que Occidente carece de capacidad para formular estrategias y que sus imperativos políticos a corto plazo quitaron espacio al pensamiento a largo plazo. Es esta sensación, más que ninguna otra cosa, lo que genera ansiedad en nuestros aliados y lleva a nuestros rivales a creer que nuestra hora ha llegado a su fin.

Finalmente, una de las cosas más deprimentes que he escuchado es la idea de que somos tontos si creemos que las nociones occidentales de democracia liberal y libertad son exportables, o que arraigarán algún día, excepto en el terreno decadente de la sociedad occidental.

Tal vez mi generación de líderes fue ingenua al pensar que podíamos “rehacer” países. O, tal vez, “rehacer” requiere más tiempo. Pero mientras vemos como muchas mujeres afganas huyen porque temen por sus vidas, no debemos olvidar que nuestro valores son los que elige la gente libre.

Recuperar la confianza en ellos y en su aplicación universal es parte de lo que necesitamos para garantizar que salgamos en su defensa... y que estemos preparados para hacerlo.

Tony Blair, primer ministro del Reino Unido entre 1997 y el 2007, es presidente del Instituto para el Cambio Mundial.

© Project Syndicate 1995–2021

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