Columnistas

Vivamos el nunca jamás

Siempre es más fácil vivir del cuento que consciente de las responsabilidades y de las realidades

(Shutterstock)

Lo bueno de vivir en el país del nunca jamás, ese mundo mágico en que nadie llega a ser adulto, consciente de sus responsabilidades y de las realidades, es que puedo empezar la columna así: «Había una vez...». Pues bien: Había una vez, en un país muy remoto, un parlamento que bajaba impuestos en medio de una grave crisis fiscal, aunque faltara plata para dar ayudas sociales y hasta para hacer un muy necesario censo de población.

La bajada de impuestos, por cierto, favorecía a las clases medias y altas: hablamos del pago de un marchamo sobre los vehículos particulares, en un país en el cual más de la mitad de la población no tenía carro, sino que se movilizaba por medio de buses. Eso tampoco importaba, porque, astutos como son los infantes, ese regalo regresivo se procuraba tapar con una escalita «progresiva», muy linda por cierto, en el que los carros más caros tenían un regalo proporcionalmente menor (aunque en términos absolutos recibieran una tajada también).

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