Cuenta la historia que en el continente americano, durante los siglos XVIII y XIX, muchas personas se atrevieron a pensar diferente al orden establecido, cuestionándolo todo. El absolutismo de los reyes, la religión, la libertad de culto… Nada para ellos era sagrado aparte de la razón. ¿Su arma principal? La libertad de expresión, que esgrimían bajo riesgo de muerte.
Lo hacían como cómplices de las sombras, conspirando en pequeñas reuniones donde, por primera vez, sentían que no estaban solos en lo que pensaban. También con publicaciones hechas en la clandestinidad, con las que aspiraban a ser un rayo de luz en medio del oscurantismo.
Los más grandes promotores de aquel nuevo orden fueron los descendientes de aquellos puritanos que, llegando en el Mayflower, fundaron Nueva Inglaterra como un espacio donde el ver la fe de forma distinta no fuera motivo de persecución. Washington, Jefferson y Franklin caminaron primero para que Bolívar, O’Higgins y Martí les siguieran los pasos.
Pero hoy las cosas están cambiando. Otros, con intenciones contrarias a los ideales de los fundadores, parecen estar usurpando su buen nombre. En fechas recientes, se ha reportado un aumento de casos en los que personas han sido convenidas a irse de Estados Unidos en un corto plazo o incluso han visto su visa revocada sin explicación clara.
Desde un académico francés hasta estudiantes universitarios, pasando por el expresidente costarricense y Premio Nobel de la Paz, Óscar Arias Sánchez, muchos han sido objeto de decisiones migratorias discrecionales que afectan su derecho a ingresar a ese país.
En la mayoría de los casos, no se han ofrecido razones oficiales. Y cuando se han dado, suelen escudarse en la vaga y siempre elástica noción de “seguridad nacional”. Lo inquietante es que todos tienen algo en común: haberse pronunciado críticamente contra la administración de Donald Trump y sus políticas.
Como los reyes absolutistas que tanto incomodaban a los padres fundadores, Trump es un sujeto fácilmente ofendido y pronto al ataque. Si estas acciones fueran una manifestación de su enojo personal, estaríamos ante una nueva bajeza para la democracia más antigua del mundo: el uso del poder soberano como instrumento de venganza, al estilo de los autócratas.
¿Inspiración en Napoleón Bonaparte, quizá? Aquel Pequeño Cabo expulsaba y perseguía a quienes osaban no alabar su ego. Trump incluso ha citado a Napoleón para justificar su desdén por los límites del poder, con frases como: “quien salva a su país no viola ninguna ley”, pronunciada para atacar a jueces que han osado recordarle los frenos y contrapesos que defendieron quienes fundaron esa nación, aquella misma que, en sus orígenes, ofreció a George Washington coronarlo rey, y que él, fiel a sus principios republicanos, se negó a aceptar.
En todo caso, las autoridades migratorias tienen todo su derecho a actuar así, como nosotros también a pensar que esto se parece más a una medida de Irán, Corea del Norte o China, que a una acción proveniente de la llamada tierra de la libertad.
A las personas que hoy celebran que esto les ocurra a otros que les incomodan, no está de más recordarles aquello que dijo Martin Niemöller: “Primero, vinieron por los socialistas, y no dije nada…”. Hoy son otros los que beben la cicuta, pero mañana puede tocarle a un tuitero, un periodista o a usted que lee esto.
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Sebastián Casas Zúñiga es abogado, máster en Derecho por la London School of Economics, con una maestría en Finanzas por la Universidad de Cambridge.
