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Fotografía: Jonathan Jiménez Flores para Grupo Nación"
El sonido de un violín en plena avenida central estremeció más al público que el viento que alborota las palomas en la plaza de la Cultura. Frente a la Dirección de Patrimonio, la muñeca de un joven oscilaba de un lado a otro, en trazos ascendentes y descendentes: la melodía era Por una cabeza, el tango de Carlos Gardel.
Kendall Álvarez Gómez recibía el dinero de los transeúntes en la calle josefina con una seriedad que le añadía años. Como B. B. King en sus inicios, aunque Kendall guarda las monedas en el bolsillo en lugar del estuche del instrumento y no toca blues, sabe lo que implica interpretar para un público frenético.
Con 18 años, vive de la música en todo el sentido de la palabra. Entre semana, se le puede encontrar interpretando desde Bach hasta Tu falta de querer de Mon Laferte. Los fines de semana se suma a un dúo de mariachis y si hay que tocar La Bikina varias veces la misma noche, lo hace.
Todos los caminos llevan al violín, aún más para Kendall, moldeado en el Sistema Nacional de Educación Musical (Sinem) como otros 4.500 estudiantes que acuden anualmente a estas aulas. A los 11 años comenzó a recibir clases del instrumento; dejó atrás la inocente idea de ser policía de grande y empezó a soñar despierto con las tarimas del Teatro Nacional o el Melico Salazar.
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Fotografía: Jonathan Jiménez Flores para Grupo Nación"
El ímpetu va más allá de solo escuchar música, lo cual hace religiosamente desde temprana edad, cuando sintonizaba una emisora estadounidense y descubrió a Hilary Hahn, su violinista favorita. La verdadera euforia radica en componer. Arreglar partituras populares en su fiel compañero de cuerda, que le permite conmover a aquellos que se acercan a dejarle una propina o a quienes se toman un momento para alentarlo en su camino.
No se extrañen si en los próximos días recorren San José y una melodía de Baile inolvidable de Bad Bunny, narrada por un violín, llega hasta sus tímpanos. Ese preciso momento es un escape de la realidad para el autor; el estrés de su vida cotidiana no desaparece con el ajetreo en el diapasón del violín, pero sí se suaviza. Le reafirma que el arte es su terapia.
Mantiene la ilusión por destacar en la música clásica, pero Kendall reconoce que a los jóvenes con su interés no se les otorga la atención que merecen. Se refiere a los recursos estatales y privados destinados a programas, talleres o cursos de cultura en las escuelas y colegios, los cuales considera que deberían incrementarse para llegar a más personas.
Con voz inesperadamente grave, Kendall, de rizos rebeldes, afirma que el apoyo al arte y la cultura es fundamental para que los adultos de mañana crezcan con vasto conocimiento.
Tocaba Perfume de gardenias, de La Sonora Santanera, cuando se reventó una cuerda del violín.
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Fotografía: Jonathan Jiménez Flores para Grupo Nación"
A mal tiempo, buena música: cómo Kendall aprendió a tocar violín
Desde el vendedor ambulante que ofrece en la calle un cigarro o una manita para rascarse la espalda, hasta los más severos críticos de la academia y los turistas con sus gorras, pantalonetas, lentes de sol y cámaras: todos deberían impulsar la cultura.
Así lo cree alguien que atravesó el sistema y que, aunque reconoce que algunos han llegado lejos con esfuerzo, también sabe que las oportunidades no les llovieron del cielo; ese mismo cielo diáfano que lo ilumina cuando toca desde la avenida.
Cerca las once de la mañana, el aleteo de los pájaros resonaba como una ola rompiendo frente al hospital Monseñor Sanabria, donde nació Kendall. Hijo de una nicaragüense, vivió en esta zona costera siendo un bebé y creció entre Turrialba, Pavas, Alajuela y, finalmente, se instaló en Alajuelita, desde donde busca hacerse un nombre en la industria.
Mientras tanto, es uno de medio millón de jóvenes que no han logrado conseguir empleo formal: 448.508 de su grupo etario están fuera de la fuerza de trabajo, según la última Encuesta Continua de Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).
No se puede decir que no lo ha intentado, pues lleva más de un año en busca de algo que le garantice un salario fijo. Por ahora, se dedica a lo que más le apasiona para ganarse la vida, sin perder de vista su meta de ingresar a la etapa preuniversitaria de música en la Universidad de Costa Rica (UCR).
Esa es la magia de la avenida central, donde en cuestión de minutos es posible ver a un vendedor de pipas enfrentándose a la policía municipal en una esquina, con el estruendo de una tienda con música electrónica de ambiente y, a pocos pasos, alguien reinventa una melodía con cuerdas. En sintonía con el bullicioso escenario, el violín de Kendall lleva por nombre Luz.
Nota del editor: Durante de la edición de este reportaje, que saldrá en la versión impresa de la Revista Dominical del domingo 9 de febrero, el Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) informó, mediante un comunicado de prensa, que le otorgaron una beca a Kendall Álvarez.
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