El poder a quien no lo quiera, o al menos a quien no lo persiga con tanto fervor. Sean todos bienvenidos a este nuevo círculo de inelegibilidad, donde los aspirantes a la Presidencia de la República intentarán brillar lo menos posible y rebatirse en un clima de antiselectividad. En una campaña donde, como en tierra de Macondo, nadie tiene (o pareciera) tener la razón.
Pero, ¿qué o cómo es un aspirante inelegible? Pues, para empezar, ya vamos mal, porque por defecto, es una situación conceptualmente imposible debido a que, al ser un aspirante formal, tendrá –independientemente de si sus posibilidades son altas o bajas– posibilidad, al fin, de ser elegido. ¿Entonces? Llamémoslo en su lugar y, para efectos de este ejercicio, un aspirante poco apetecible.
¿Y para qué un aspirante querría ser poco apetecible? ¿Para que no votáramos por él?, ¿para qué no quisiéramos que fuera el elegido?, o quizá, ¿para darle el poder a quien no lo quiera?
Antes un comercial de nuestro círculo: Vivimos en un “libre mercado político” donde únicamente los bienes electorales demandados son ofertados por parte de los medios de producción política, medios que ajustan su mensaje a nuestras supuestas necesidades. La oferta está concentrada en un escenario político oligopólico donde, tras un tenue batiburrillo, al final todas las posibilidades del mercado pertenecen a un mismo consorcio político pseudodiversificado. Pero siempre cabe la posibilidad de romper con estos carteles para aspirar a un bien distinto dentro de las posibilidades de producción de los oligopolios políticos, demandando algo que no tengan capacidad (o, en apariencia, capacidad) de ofrecer.
Volviendo a nuestro aspirante e intentando responder a lo anterior, un aspirante poco apetecible tiene que alejarse de las características más románticas de la política y presentarse con todo lo que, de manera intuitiva, no queremos elegir. Por tanto, debe presentarse como lo limitado que por naturaleza es; un individuo que no es el mejor en todo y que, lejos de serlo, podrá apenas aportar en algunas áreas en las que posee vasto conocimiento, ya que aun rodeándose de “los mejores” para que lo complementen en esta labor, su sentido más orgánico lo orientará a enfocarse y a ofrecer en las áreas en las que, comparativamente, tiene ventaja.
Debe presentarse con la limitación de su alcance político y hacernos saber que, de no ganar la mayoría en la Asamblea, se verá obligado a no cumplir muchas expectativas o tendrá que lograrlas a cambio de ceder en otras que contradigan sus propios valores y los de quienes representa.
Debe convencernos de que en su gobierno habrá corrupción, porque es una tesitura inalienable, ya sea porque la heredará institucionalmente o porque esta germinará en su propia administración y, aunque se pueda mitigar, no se podrá erradicar totalmente, al menos no con los instrumentos que conocemos hoy en día.
Debe convencernos de que no va a acabar con el narcotráfico, porque mientras sigamos demandando sustancias que el narco provee y mientras otros países al norte del nuestro lo sigan haciendo, terminar con el narco es un escenario imposible.
También debe convencernos de que no va a resolver las presas, porque se trata de un problema infraestructuralmente imposible de resolver en poco tiempo; que las medidas que se impulsen para mitigar los embotellamientos serán paliativas y, en el mejor de los casos, arrojarán soluciones a un plazo mayor al de su propio mandato.
Debe convencernos de que no va a poder salvar la CCSS sin intervenirla, sin tener que subir la edad para pensionarse, sin tener que aumentar el número de cotizaciones o sin tener que someter el fondo de inversión del régimen de Invalidez, Vejez y Muerte a escenarios con mayor riesgo, en aras de una mayor rentabilidad.
Debe convencernos de que va a subir, no uno, sino varios impuestos para mejorar la situación fiscal y las condiciones de la deuda externa.
Debe convencernos de que recortará en programas y ayudas sociales para poder atender fragilidades inmediatas del Estado por falta de liquidez.
Debe convencernos de que será un presidente que no nos va a quedar bien a todos y que, en algunos casos, ni siquiera le quedará bien la mayoría. Debe convencernos de ser poco apetecible.
Pero de nuevo, ¿qué un aspirante se presentaría con esas cualidades? Y aún más importante, ¿por qué alguien votaría por un aspirante con esas cualidades? A priori, la primera respuesta a ambas preguntas es: nadie.
Porque nuestro instinto nos va a llevar elegir a alguien que nos diga lo que queremos escuchar y lo que queremos creer, que nos haga sentir cercanos a lo que deseamos que suceda y que demuestre empatía ante situaciones que ambos pareciéramos compartir (a pesar de que no).
Luego, con el paso del tiempo, nos desilusionaremos y simularemos sorpresa, aunque supimos desde el principio que era la crónica de una muerte anunciada. Y es ahí cuando entonces, en medio de este episodio de frustración, pensaríamos en nuestro aspirante poco apetecible. Aspirante que nos decía todo aquello que no queríamos escuchar y todo aquello en lo que no queríamos creer. Pero de nuevo preguntaríamos: ¿por qué ese aspirante se presentaría así?
La respuesta es mucho más simple de lo que parece. En primer lugar, porque una candidatura así sería capaz de romper con el cartel de la oferta política, haciéndose un espacio innovador y llamativo dentro del espectro de posibilidades, y segundo, porque el costo político de este aspirante –en caso de ser elegido– será mucho menor. Tendría que cumplir solo con expectativas realistas luego de haber advertido de que no le sería posible hacer más que eso, diluyendo entre todos nosotros la responsabilidad de la situación.
En palabras del príncipe de Maquiavelo y adaptándolas a este ejercicio, el candidato no tiene que ser inelegible, pero debe aparentarlo.
Aspirantes a la presidencia, permítanse presentarse como inelegibles y permítannos –a nosotros, los electores– ser un poco intuitivos. Permítannos ver algo diferente y, tal vez, el resultado electoral también así lo sea.
juandrocas@gmail.com
Juan Diego Rojas es estudiante en fase de tesis del máster en Economía de la Universidad Complutense de Madrid y cuenta con estudios de Administración de Empresas en la Universidad Nacional (UNA) y de Filosfía en la Universidad de Costa Rica (UCR).
