Costa Rica conoció este martes la triste noticia del fallecimiento de fray Víctor Mora, un costarricense de intelecto privilegiado que puso su talento al servicio de la Iglesia, la Orden de su amado San Francisco de Asís y, en especial, de los fieles más humildes, aquellos campesinos que tanto marcaron su ministerio.
Conocí a fray Víctor como alumno del Colegio Saint Francis. Como director, impresionaba con su estatura, su potente saludo y su voz profunda. Con el tiempo, desarrollamos una amistad entrañable, basada en la honestidad y la franqueza. Puedo decir con certeza que Víctor reía conmigo, lloraba cuando lo necesitaba y me reprendía cuando mis actos lo requerían. Siempre, sin falta, concluía con su famosa frase: “¡Basta! ¡Dios te ama!”
La Orden Franciscana tiene mucho que agradecerle a este desamparadeño que, pudiendo haber escogido cualquier otra profesión para explotar su intelecto, decidió dejarlo todo y, como Francisco de Asís, ser pobre entre los pobres. Su vocación fue moldeada por su madre, Elizabeth, y su carácter, por su padre, Víctor Manuel. Me contó cómo, el día que fue a Alajuela para iniciar su noviciado, su padre no pronunció palabra en el camino. Pero, al regresar, lloró en silencio, sabiendo que su hijo ya no sería el mismo: se lo entregaba a la Iglesia.
Su ministerio sacerdotal lo llevó a la parroquia San José de Golfito, una comunidad que lo marcó para siempre. Caminó largas distancias para celebrar la misa, cruzó ríos, recorrió senderos a caballo y ayudó a los campesinos a sembrar. En esas jornadas, habló de Dios desde la realidad humilde que los rodeaba. Su mayor orgullo era ver a hombres y mujeres sencillos desarrollar la capacidad de estudiar la Palabra y compartirla con otros fieles. Si alguien de esas comunidades me lee hoy, tenga la certeza de que usted marcó la vida de fray Víctor. Nunca me dio nombres, pero sus homilías siempre incluían ejemplos de cómo esos campesinos, inspirados en la Sagrada Escritura, se convertían en mejores personas.
Pero una mente con su capacidad también debía iluminar otros espacios. Logró conectar con jóvenes, niños, intelectuales, diplomáticos e incontables seminaristas. Fue soporte para muchos desfavorecidos y profeta en la denuncia de injusticias, ya fuera desde el púlpito o en sus artículos de opinión. Su pluma era exquisita; escribía con una soltura natural sobre realidades complejas. Recuerdo un viaje que hicimos juntos a Asís. Me pedía que lo desafiara con preguntas sobre la Biblia. ¡Tremendo reto para un feligrés sin tantos conocimientos bíblicos! En una ocasión, logró darme una cátedra de tres horas sobre un solo versículo de San Juan. Uno terminaba esos viajes enriquecido intelectualmente.

Tenía un innegable corazón de pastor. Predicaba con pasión y nos motivaba a experimentar la infinita misericordia de Dios. En una visita a Roma, apenas aterrizado, me invitó a una misa con unas religiosas. A la hora de comulgar, me quedé sentado porque no me había confesado. Al final de la misa, me esperaba con el rostro serio.
—¿Por qué no comulgaste?
—No estoy en gracia, Fray.
—¿Y qué soy yo, ¡bombero!?
Nos reímos y procedimos a la confesión. Siempre acompañaba mis relatos con una misericordia infinita y me desafiaba a estudiar más la Biblia.
Fray Víctor poseía la rara virtud de la sencillez, acompañada de una erudición inquebrantable. Sabía que la teología no era un ejercicio reservado para élites académicas, sino una herramienta de evangelización que debía acercar a todos, sin distinción, al misterio de Dios. Con una palabra clara, vibrante y profundamente espiritual, supo traducir la complejidad de la Sagrada Escritura en un mensaje vivo y transformador.
Su vida estuvo dedicada al estudio y la predicación, sin perder nunca su cercanía con el pueblo. Para él, la Palabra de Dios no era letra muerta, sino un mensaje vivo que debía ser proclamado con pasión y coherencia. Su capacidad de conectar con toda persona, desde el campesino hasta el académico, era un don singular que hacía de sus enseñanzas un faro de luz en medio de la confusión de nuestro tiempo.
Hoy nos duele su partida, pero debemos ser coherentes con lo que nos enseñó: tener la certeza de que, al final de nuestros días, veremos a Dios cara a cara. Hoy Fray Víctor descansa y se ha reencontrado con sus amados padres. Cambian los roles: ahora él es nuestro intercesor en el cielo. Nos toca estudiar más sobre su legado intelectual y pedirle a San Francisco de Asís que nos envíe más sacerdotes como él, entregados sin medida a Dios.
¡Descansa en paz, amigo!
german.salas@dialoga.cr
German Salas Mayorga es periodista.