La competencia moral, entendida como la capacidad de hacer juicios morales y de tomar decisiones y actuar de acuerdo con estos juicios, emerge con mayor facilidad en las democracias deliberativas, donde la argumentación y la escucha activa son las herramientas para la construcción del consenso y orientan el rumbo de las instituciones y los pueblos.
Cuando las decisiones son unilaterales y se evade la crítica, poco a poco se marchita la capacidad de discernimiento. ¿Qué interés habrá en opinar si se esperan oídos sordos o reprimendas? ¿Si alguien con más poder marca el rumbo a golpes de mesa?
Una competencia moral alta, explica el psicólogo alemán Georg Lind, nos permite juzgar los argumentos por su propia validez y no por opiniones o simpatías. Cuando la competencia moral es baja, importa menos la sensatez del mensaje y se avala únicamente por la persona que lo dice; si me identifico con ella de alguna forma. Así, hasta los argumentos más inverosímiles resultan convincentes para quienes ya no saben distinguir entre textos y pretextos.
En resumen, el absolutismo disminuye la capacidad de valorar la validez interna de los argumentos y, esto, a su vez, favorece el absolutismo, porque nos hace menos críticos y más susceptibles al engaño. Es una reacción cíclica que nos empuja a un abismo del que no se escapa fácilmente.
Como señala el politólogo Manuel Villoria,“cuando nuestra capacidad de razonamiento deliberativo está ocupada, el sistema impulsivo adquiere más control sobre nuestra conducta”.
La mala educación (principalmente la cívica, no tanto la académica) es un lubricante que acelera estos procesos. Si no entendemos los mecanismos de pesos y contrapesos, si no comprendemos sobre jerarquía normativa o el quehacer de las instituciones, mucho más fácil prescindimos de ellas; sin conocer la necesidad que tenemos del oxígeno, bien podríamos renunciar a él. Ya decía Nietzsche que “si se quieren esclavos, es de idiotas educarlos para amos”.
Hay diversas salidas, la más probable es tocar fondo y reconstruir desde las cenizas, es dolorosa y lenta, incluso puede tardar generaciones. Pero también se puede cambiar el rumbo y revertir el deterioro, lo que también requiere tiempo y esfuerzo, pero a menor costo social.
El filósofo español Carlos Gómez señala que si se encarnan los valores universales en las instituciones sociales, en las experiencias de intercambio entre adultos que modelen la conducta, el resto de la ciudadanía puede emularlos.
En otras palabras, si quienes nos representan en las ágoras (empezando por la Asamblea Legislativa, pero abarcando todo espacio de decisión política) demuestran capacidad argumentativa, respeto entre ellos y la capacidad de construir acuerdos, el resto aprenderemos de su ejemplo.
Ahora, más que nunca, la elección cuidadosa de representantes y la participación crítica y razonada en los procesos electorales es imprescindible. Hemos descendido mucho en esta espiral, quizá sea tarde para dar la vuelta, pero vale la pena intentarlo.
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Rafael León Hernández es psicólogo.
