Fray Víctor Manuel Mora Mesén falleció este martes 1.° de abril en Brasil, donde trabajaba desde hacía algún tiempo en el Instituto San Buenaventura, de la Orden de los Frailes Menores Conventuales con sede en Brasilia.
En días pasados, había escrito y enviado este artículo para la sección de Opinión de La Nación, como solía hacerlo desde hace décadas.
Hoy lo publicamos en su honor, a manera de homenaje póstumo.
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No es un concepto ni una doctrina. Tampoco una explicación y mucho menos una ideología. La verdad implica coherencia y razón, contemplación, rectificación, diálogo, humildad y apertura de mente. En otras palabras, la verdad, más que una descripción de la realidad, es estar abierto a ella y buscar establecer una relación armoniosa con lo que nos rodea, con lo que las personas son y con lo que realmente queremos construir en nuestra existencia.
La verdad es una forma de vivir, no una elucubración definitiva o una ecuación definitoria. Es una aventura para afrontar, un recuerdo para resignificar, una vida para rememorar, un sinfín de opciones para reconsiderar. Y, aun así, nunca llegaremos a entender por completo lo que la verdad implica, porque el vivir es un continuo que no termina sino hasta la muerte individual y, para los creyentes, que continúa como descubrimiento y dinamismo sin fin. Por más coherentes que queramos ser, nos encontramos con nuestra debilidad y pobreza, pero eso es también parte de la verdad. Sí, lo que somos es lo que escogemos ser. Aunque nos cueste admitir nuestros errores y tratemos de esconderlos, no podemos ir más allá de lo que vivimos y hacemos.
¿Es algo malo admitir que existe incongruencia en nuestro actuar? Todo lo contrario, vivir en la verdad no es ocultarnos en una falsa imagen, ni mucho menos pretender que no hemos delinquido contra nuestras más profundas convicciones y nuestra forma de proceder en la vida de cada día. Es fácil vivir engañado en una falsa ideología de nosotros mismos, pero lo hecho, hecho está, y eso es irrefutable para nuestra conciencia. Huir de nuestros yerros no es más que dejarse llevar por la cobardía desde la que nace la falsedad.
Esto nos lleva cuestionarnos sobre lo que se ha entendido por verdad en el pasado. En particular, me interesan dos tradiciones de pensamiento, la judeo-cristiana, que se encuentra en la Biblia, y aquella característica del pensamiento griego, porque estas han sido determinantes en la definición occidental de la verdad para nuestra cultura.
En el caso de la Biblia Hebrea, se traduce frecuentemente el sustantivo emet por “verdad” en nuestras lenguas modernas. Sin embargo, su sentido es muy variable: significa “estabilidad, fiabilidad, durabilidad, permanencia, fidelidad y realidad”. Como se puede observar a partir de esta amplia variedad de significados, la “verdad” en el Antiguo Testamento refiere más directamente al modo de ser que concuerda con la realidad fáctica experimentada por los individuos, sea por la actitud coherente que se tiene con los otros o con la constancia de una constatación que puede ser confiable y permanente.
También el término emet está ligado frecuentemente con la “palabra”, que es caracterizada como verdadera. Pero en este caso las ocurrencias del término implican admiración de parte del observador, porque descubre que lo que se dice es efectivamente real. Esto quiere decir que existía una desconfianza hacia todo discurso escuchado hasta que los hechos corroboren su realidad. Todo esto es muy llamativo, porque la actitud del que busca la verdad implica relativizar los discursos compartidos hasta que no se compruebe que lo afirmado es digno de confianza.
Por eso, las personas que buscan la verdad en los seres humanos tienen que ser capaces de ver el corazón y entender las verdaderas motivaciones del actuar y del hablar del otro. Recordemos que el corazón, en la tradición bíblica, es el lugar tanto del conocimiento objetivo como del discernimiento y la voluntad. El optar no está separado del conocer y, por tanto, el actuar es solo consecuencia de las intenciones profundas del corazón. Es por eso que el discurso falso que se presenta como verdadero puede ser simplemente un ocultamiento de la verdadera motivación de la persona para interactuar con otros. Mientras que el actuar coherente con la realidad es mucho más elocuente que cualquier discurso.
De mismo modo, emet puede indicar la necesidad de una búsqueda profunda de la sabiduría, es decir, de las maneras para llegar a tener un buen vivir, en el sentido de tener una existencia bondadosa y significativa dentro de la experiencia histórica que nos toca enfrentar. Desde este punto de vista, la verdad tiene que ser demostrada y realizada en el devenir de una vida humana de manera efectiva. La verdad no es un objeto que se adquiere, ni se identifica con la posesión de un secreto inefable, sino que es la puesta en marcha de una actitud proactiva.
En el Nuevo Testamento, se usa el término aletheia, la palabra más frecuente que, en la que traducción griega de los LXX de la Biblia Hebrea, se usa para emet. Por eso, se distancia del significado estrictamente griego de la palabra. En efecto, su sentido es más sincrético, llegando incluso a ser un sinónimo de justicia. En otras palabras, la verdad es rectitud. Son interesantes, también, otras expresiones del Nuevo Testamento como “hacer la verdad” (que aparece en la tradición joánica), “obedecer a la verdad” y “ser de la verdad”. Todas se refieren a la relación con Dios, que implica un testimonio de vida delante de los seres humanos. La verdad se concreta y se revela, por ende, en la existencia, así como Jesús mostró con sus actitudes las obras de Dios.
La verdad también es un acontecimiento en el Nuevo Testamento, idea que se desarrolla especialmente en el Evangelio de Juan. Para el evangelista, por medio del Verbo encarnado se hicieron realidad la gracia y la verdad. Por tanto, la vida de Jesús es manifestación del camino verdadero que lleva a la vida. La realidad de Dios se muestra en Jesús y esto puede ser conocido y visto por todos aquellos que no se cierran a su manifestación. Una vez más vemos que la verdad no es un conjunto de ideas explicativas de un fenómeno, sino una forma de estar presente en el mundo.
Etimológicamente, la palabra griega aletheia deriva del verbo lantano, que significa encubrir algo o a alguien, pero la a privativa implica la acción opuesta: literalmente, sería “mostrar la cosa en cuanto es o decir algo tal y como es”. En otras palabras, denota el “estado real de las cosas”. En este sentido aparecen dos importantes antónimos de aletheia: pseudos, que significa “decepción”, y doxa, que denota lo que llamamos “apariencia” o “mera opinión”. Estos términos implican una voluntad de ocultar o el reemplazar la realidad por medio de un discurso ideológico. En efecto, lo único que puede ser realmente investigado por la razón es la verdad; lo falso no tiene profundidad. Así, el auténtico discurso revela e indica la verdad, por lo que se puede entender como recto y fiable, aunque siempre susceptible a la falsedad.
Como podemos ver, las dos tradiciones, la bíblica y la griega, se complementan y se completan. El que camina en la verdad es aquel que busca superar la simple opinión para investigar lo que es real y auténtico. Pero eso también conlleva superar la tentación de apariencia para tratar de ser coherente y justo. De estas dos actitudes surge el discurso que no pretende imponerse a otros, sino que se propone como un eslabón dentro de la búsqueda de lo que es real. Sea tanto a nivel existencial como dentro del esfuerzo por comprender la historia en la cual estamos inmersos, la verdad siempre remite a nuestro actuar y decidir.
Sin estas actitudes fundamentales, caemos irremediablemente en la falsedad de la vida, en la ideologización y en la tentación de la manipulación. Podríamos incluso deducir un corolario de todo esto. Quien no busca ser auténtico y coherente en su vida, no podrá nunca ofrecer una legítima propuesta de compresión de la realidad. Esto no quiere decir que en el esfuerzo por ser auténtico o coherente no se cometan errores o se entre en terribles contradicciones; al contrario, la búsqueda de la verdad, de por sí, está marcada por la debilidad de nuestras insuficiencias. Sin embargo, eso no quiere decir que el esfuerzo existencial tenga simplemente que anclarse cuando se comete una falta o un error, como si nuestros fracasos fueran absolutos irremediables.
La fuerza de vivir en la verdad se encuentra en el discernimiento continuo acerca del sentido profundo de la vida y, como nos lo muestra la tradición bíblica, en el deseo de ser justos y rectos. Porque, a fin de cuentas, vivir en la verdad solicita el encuentro con los otros, la comunicación asertiva y la disponibilidad para aceptar lo que realmente somos.
Cuando nos presentamos como poseedores de la verdad es que no la buscamos. Otros intereses nos mueven para emitir discursos que ocultan las motivaciones reales porque pretenden manipular a otros para alcanzar lo que deseamos. Entonces, es cuando comenzamos a movermos en todo lo que es falso y en la mera opinión, que se impone como auténtica razón. En estos casos, es imposible pensar que la verdad marcará el destino de nuestros pueblos, porque la mentira nunca aceptará la indagación recta sobre la realidad; al contrario, se demostraría su falta de fundamento. En cambio, quien no tiene miedo de la verdad ya está fundado en lo que es permanente, fiable y sólido: tiene los pies en la tierra.
