
Europa es tan grande y tan pequeña que basta con unos cuantos kilómetros para entrar a otro mundo. Todos los países están entrelazados; todas las historias conectadas. Así, hasta los países más desconocidos para viajeros costarricenses pronto revelan sus secretos y ahí, cuando ya se vuelve familiar, uno se enamora. Eso me pasó con Vilna, Lituania, que ahora podría decir que es visita imperdible si visita el norte del Viejo Continente.
Ubicada en el Báltico, al noreste de Alemania, Lituania es una pequeña república con una gran historia. Sus iglesias ya revelan algo de ese pasado, con su particular estilo del barroco de Vilna; otras edificaciones recuerdan la época del Gran Ducado de Lituania, su poderío económico temporal y sus relaciones con los vecinos, que nutrieron una cultura local muy viva.

Siendo así, hoy queda un centro histórico bastante nutrido, donde la prosperidad moderna del país, ni su periodo soviético —cuya memoria se encuentra en plena revisión—, interrumpen la delicada belleza de sus templos ni los vestigios que ofrecen pintorescos rincones a la vista. Algo importante: se siente como una ciudad viva, nada de museo al aire libre. Y los lituanos ocupan las mesitas y las bancas, los parques y los senderos junto al río, pese al frío.
Un breve vuelo desde Alemania podría llevarlo a Vilna si decide visitar. No es más caro que otras ciudades similares y ofrece una experiencia bastante completa en un paseo de dos o tres días. ¿En qué? Bueno, primero, en los museos. El Palacio de los Grandes Duques de Lituania es imprescindible, repleto de tesoros, y con la Torre de Gediminas al lado, desde donde se aprecia un paisaje variopinto. El aire fresco limpia los pulmones y prepara para una rica caminata por las plazas y callejuelas circundantes (cerca hay un excelente y bello restaurante, Rotonda, que recomiendo en días fríos).
Otro museo interesante es el de las Ocupaciones y las Luchas por la Libertad, donde podemos aprender del medio siglo de ocupación soviética (1940-1991) y las detenciones, deportaciones y ejecuciones que tuvieron lugar durante ese periodo.


Las resonancias contemporáneas son materia de otro artículo, pero lo relevante es que esa historia se desparrama por toda la ciudad, presente en conmemoraciones y homenajes. Otros espacios de arte ofrecen la historia pictórica local, arte moderno y contemporáneo, y un vistazo a ese cruce de caminos que es el Báltico.
La gastronomía mezcla lo tradicional y lo más novedoso. En el centro encontrará Lokys, ubicado en un inmueble del siglo XV y enfocado en la cocina del bosque. El tartar de venado estaba menos fuerte de lo esperado, y ciertamente menos penetrante que la carne de jabalí, especiada y con mucho carácter; acompáñelo de Šaltibarsčiai, la sopa fría de remolacha clásica. También tienen una tienda de alimentos y bebidas locales muy nutrida.


En general, los bares del centro tienen una vibra parecida, entre antigua taberna y lo que el turista quiere. Eso provoca encuentros no tan felices, pero más de un sitio sí ofrece sabores más locales, con el protagonismo obvio de la papa, la remolacha y la cerveza. Los vinos locales se producen con manzanas, cerezas, grosellas negras e incluso algunas adiciones más exóticas; son ligeros, postres.
Eché de menos más librerías, pero los teatros sí tenían agendas llenas. En suma, es una ciudad que quizás no tengamos de prioridad en las visitas a Europa, pero si tiene la oportunidad: Vilna es una joya que no perderá ocasión para recomendarles a los demás.


