El mundo está en llamas, en sentido real –incendios– y figurado: guerras.
Los forestales, acelerados por la mezcla de sequías extremas, calores agobiantes y vientos recios, han consumido, este año, alrededor de 300.000 hectáreas en España y Francia, cinco veces más que en el mismo periodo del pasado. Los evacuados actuales suman decenas de miles. Las llamas se acercaron vorazmente a Madrid y, todavía más, a Burdeos, quinta ciudad francesa, epicentro de una espléndida zona vinícola y de industrias de defensa clave.
En Canadá, las áreas afectadas rondan los tres millones de hectáreas. Superan el promedio de los últimos 10 años, aunque 2023 mantiene el récord. Su mayor impacto colateral ha sido el agobiante humo tóxico en la zona de los Grandes Lagos y el nordeste estadounidense.
Pedro Sánchez, primer ministro español, puso el dedo en la llaga sobre el significado de estos desastres: “Lo que estamos viviendo no es una sucesión de episodios aislados”, sino “la expresión más dolorosa de la emergencia climática”. Sus mayores responsables somos los humanos, en particular quienes tienen gran poder de decisión. De ellos también depende el otro incendio en expansión: las guerras.
La de Ucrania, producto de la agresión rusa, sin precedentes desde la derrota nazi, está en su quinto año. Amenaza directamente a Europa. Corea del Norte es parte beligerante. Irán provee a Rusia de drones; China le aporta componentes para sus armas de alta tecnología. La de Irán, activada por Estados Unidos e Israel, envuelve a todo el Cercano Oriente, incluso Egipto, y sigue ampliándose en geografía y actores. Tiene en jaque a la economía global. Ha mermado el arsenal de interceptores aéreos estadounidenses, esenciales para actuar en otras zonas del mundo; en particular, Asia.
Pekín endurece cada vez más su hostilidad hacia Taiwán y su matonismo en el Mar del Sur de la China. La dictadura norcoreana amplía su arsenal nuclear. Como respuesta, Corea del Sur y Japón expanden sus arsenales. Los europeos hacen lo propio, por la amenaza rusa y la ambivalencia de su tradicional gran aliado: Estados Unidos.
En ningún momento desde el fin de la Guerra Fría, e incluso antes, las llamas globales han sido tantas, tan extendidas y difíciles de controlar. No estamos en el apocalipsis; sí, ante desafíos existenciales.
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.
