Columnistas

En el camino

Diariamente, subo a la montaña muy temprano, aunque nunca he alcanzado la cima

Diariamente, subo a la montaña muy temprano, aunque nunca he alcanzado la cima. El camino es la razón suficiente de la marcha. Por consiguiente, cada paso que doy tiene sentido en sí mismo. Como en la vida.

Al rato de caminar, hay una mujer al lado del camino en actitud de espera. A juzgar por la apariencia, la habré defraudado, porque ella no me espera a mí y ahora tendrá que seguir esperando si pretende que llegue lo que espera. Lo mismo que en la vida.

Más allá, un hombre alto y corpulento baja en dirección contraria. Conforme se acerca, cada paso que da es pesado y sonoro, tiene la consistencia y potencia de la piedra.

El eco todo lo estremece, parece que el hombre va cayendo desde su altura al suelo, rodando y empequeñeciéndose, de modo que cuando queda atrás es como si se disolviera, o mejor, como si en realidad nunca hubiera existido.

El camino no es solo el suelo que piso, lo que veo, sino también y simultáneamente lo que huelo, lo que siento, lo que oigo. Oigo el río, que está a mi izquierda, oculto a la mirada por una vegetación que brilla enmarañada.

Oigo todo lo que salta, lo que vuela, lo que se arrastra; lo que penetra en la tierra, la oxigena y la fertiliza. El olor cambia a cada trecho, según se sube: una mezcla indistinta de mineral, vegetal y animal.

Siento como si me diluyera en esa realidad común, que me confundo con todo lo que existe: algo así como si perdiera la noción de mi propia singularidad, subjetividad y diferencia, de lo que me separa y antagoniza; como si no hubiera diversidad ni barreras con todo lo que allí está y no debiera hablar de lo que me rodea, porque no soy ni hay epicentro, todo es lo mismo, hecho de la misma y única materia.

Entonces, se me ocurren cosas extrañas. Que lo que he dejado a mis espaldas para emprender el camino es irrealidad o ficción; que me acoge una sola sustancia, una sola existencia, sin principio y sin fin; que todo lo que comienza, en realidad prosigue, y todo lo que termina, no acaba.

Cuando agoto mis fuerzas, desisto de seguir y comienzo el regreso. Poco a poco, todo lo que abandoné al subir va recuperando su sentido cotidiano y tangible, lo mismo que ocurre en la conversión de las imágenes de un negativo, que emergen desde las sombras y lo oscuro.

Ahora, las cosas se perciben separadas y distintas, pero el camino me persuade de que esta es una impresión engañosa y que ya sea que lo suba o lo baje, lo cierto y definitivo es lo que hace un momento ha quedado atrás.

carguedasr@dpilegal.com

Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPIlegal.

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