
Cuando María José González y Gabriel Fallas apostaron sus ahorros en plena pandemia para abrir un primer punto de venta en Santa Ana, la idea era simple: llevar a Costa Rica un sabor que muy pocos conocen por acá. No una empanada cualquiera, sino la salteña boliviana, ese bocado jugoso y generoso que en Bolivia se come en las mañanas, de pie, con cuidado de no mancharse, y que tiene el estatus de plato nacional.
La receta la trajo Doña Marisol Trillo desde Santa Cruz de la Sierra: la heredó de su abuela boliviana y la preservó con el cuidado que se le da a algo que no puede perderse. Cuando la familia decidió abrir Salteñas, esa receta fue el punto de partida y también la promesa: aquí no se improvisa, se respeta el original.

Tres años después, lo que empezó como una sola sucursal se convirtió en seis puntos de venta repartidos por el Gran Área Metropolitana, con las más recientes en Alajuela y Escazú. La empresa creció sin pedir prestado: cada apertura, cada equipo, cada mejora salió de las utilidades del propio negocio.
Hoy tienen un centro de producción de más de 500 metros cuadrados, más de 30 empleados directos y un food truck que aparece en los festivales más concurridos del país. En el Festival Picnic vendieron 5.000 salteñas en un solo fin de semana.

Y el siguiente capítulo ya se está escribiendo: la empresa mantiene conversaciones avanzadas para ingresar a una cadena de supermercados, lo que marcaría su salto a la distribución masiva. La receta de la abuela, al parecer, tiene mucho más camino por recorrer.
Y usted, ¿ya las probó?
