Revista Dominical

Página Negra: Ginger Rogers, una mujer en la penumbra

Formó la pareja de baile más celebrada del cine, pero renunció a ser la rubia tonta a la sombra de Fred Astaire, para labrar una brillante carrera como actriz.

Un par de minutos y la magia surtió efecto. Ocurrió en una breve escena de la película Volando a Río. La banda Os Turunas interpretó Carioca. Fred tomó a Ginger de la mano y le dijo: ¡Probamos!

Ya no importa que ella fuera una extraordinaria actriz, todos la recuerdan como una eximia bailarina.

De cara al público era la pareja perfecta –impecables e ingrávidos– pero ella lo detestaba porque él menospreciaba su talento artístico, decidía las coreografías, prefería a otras bailarinas y le pagaban mucho más.

Intentó en solitario romper esa amalgama pero solo una persona logró liberarla: Lela Leibrand, su madre. Solo ella pudo cuestionar sus cinco matrimonios, decidir cuáles cintas filmaba; romper contratos y separarla de aquel íncubo con frac.

El Hollywood de los años 30, cuando Ginger Rogers inició su carrera artística, era lo más parecido a Sodoma y Gomorra; era “todos contra todos, sin prisioneros” y parecía raro que una adolescente respetara a su mamá.

La madre de la rubia autosuficiente fue una mujer de hierro. Religiosa hasta el tuétano; cuando su marido se salió del saco lo tiró puerta afuera en 1915 y se dejó la custodia de Ginger –que por esos días tenia cuatro años y el poco prometedor nombre de Virginia Katherine McMath–.

Criar a la niña no le impidió integrar el primer grupo de mujeres marines, en la Primera Guerra Mundial; después de la hecatombe se fue a Hollywood y ahí ejerció como guionista.

Mientras tanto dejó a Ginger con los abuelos y eso no afectó la devoción materna de la pequeña; de adulta solía decir: “No, sin mi madre no”.

En alas de la danza

“Ginga” le decían los primos con los que se crió; de ahí derivó Ginger, una espectacular rubia, de ojos verdes y rostro expresivo con un toque de tristeza, que se iluminaba con una sonrisa de esas de anuncios dentales.

Su padre, Williams McMath –un ingeniero escocés– rompió de mala manera con su mujer y las dejó con una mano adelante y otra atrás. Unos años después Lela probó con John Logan Rogers –otro bueno para nada– que no adoptó a la pequeña pero ella se apropió del apellido.

Ginger nació en Virginia, el 16 de julio de 1911, pero vivió un tiempo en Texas porque Lela escribía crónicas teatrales para un periódico local. A los 14 años ganó un concurso de charleston y un contrato para viajar por todo el país.

Se fue a Broadway –con su mami– y ahí conoció y se casó –a los 17 años– con Jack Culpeper, el primero de sus cinco maridos. En promedio duraba de tres a seis años con cada uno; evitaremos la fatiga de mencionarlos porque solo fueron para el gasto.

Una vez metida en la rosca farandulera debutó con Top Speed, en 1929; apareció en varios cortometrajes. En la cinta musical Girl Crazy conoció a Fred Astaire, que para algunos biógrafos fue una nube negra en su vida.

La yunta filmó ocho cintas y fueron –por siempre jamás– la pareja icónica de Hollywood; solo que Fred supervisaba las coreografías, inventaba los pasos de baile y tenía a Ginger como la mocosa de los mandados.

Las inexorables leyes del “star system” la obligaron a ser la bailarina torpe del genio de la danza, en películas exitosas como: La alegre divorciada; Sombrero de copa, Roberta y Amanda.

Siempre bella

En menos de lo que se dice peñas y breñas fletó a Fred; el estudio RKO le asignó papeles dramáticos y en 1940 ganó el Oscar con Espejismo de amor, así dejó de ser la compañerita sexy del larguirucho bailarín.

Durante la cacería de brujas del senador Joseph McCarthy intentaron involucrarla en actividades antiamericanas, entre ellas por haber dicho en el filme Tender Comrade: “Compartid y compartid, eso es democracia”.

La madre le echó un cable y de paso expresó a los comunistas que “Todos deberían de irse a la silla eléctrica”.

El director Joseph Losey –incluido dentro de la lista negra de los antigringos– confirmó que Ginger era una de las peores y más terroríficas reaccionarias de Hollywood, con lo cual la actriz se salvó por un pelo del destierro.

Demostró su calidad al lado de los grandes mitos del celuloide, entre ellos, Ray Milland, Gary Grant, Joseph Cotten y Van Johnson; pero la magia pasó y se desvaneció.

Por 50 años vivió en su rancho de 400 hectáreas en Oregón, al que llamó 4-R’s -Rogers Rogue River Ranch- y se dedicó a la ganadería lechera. Murió el 25 de abril de 1995, debido a una angina de pecho.

La vida nos lleva por senderos extraños. Ginger Rogers, que volaba sobre la pista de baile, pasó sus últimos días en una silla de ruedas.

Bailar en el aire

Un cuerpo ágil y fuerte; piernas tonificadas, pantorrillas esculpidas y una silueta de reloj de arena aceleraba el pulso a quienes la veían en la pantalla, mientras bailaba, con Fred Astaire.

Sus ligeros muslos asomaban por debajo de los vestidos de noche y sus pies volaban sobre el escenario.

Tanta agilidad era producto de intensos ejercicios físicos como golfista, nadadora y experta en pesca.

Ginger Rogers fue una consumada tenista y disputó el campeonato nacional de Estados Unidos, en la categoría de dobles mixtos, a los 39 años.