
Llevo al menos desde los 11 o 12 años, o sea, casi dos décadas y media, de conectarme a Internet a diario, de escuchar todo, leer todo y ver todo. Desde antes de dedicarme a periodismo, y mucho menos a periodismo de cultura, consumía de todo. Disfruto de todo, también, porque “consumo” suena muy mecánico. Una vez por semana repaso playlists de música nueva. Y ahora, en este año del caballo de fuego (se supone que es mi temporada), finalmente me pregunto: ¿la música de ahora es mala o finalmente me hice viejo?
Me mantengo al día. Escucho músicas muy dispares. Aunque no cubro el tema regularmente, he entrevistado a Ednita Nazario y a Luis Fonsi, a Joshua Bell y a Beto Cuevas, a Wendy Sulca y a Enrique Patrón de Rueda. Perseguí a Steven Tyler por un parqueo. Para hacerlo, escuché sus discos y los disfruté, cuando correspondía.

Con respecto a mi gusto en privado, este no es lugar para la autobiografía musical, tampoco: me gusta de todo lo que sea bueno, como responde cualquier persona.
Todos respondemos afirmando nuestro buen gusto. “Por supuesto, yo solo buena música escucho”, diría cualquiera de nosotros. Pero al hijo no le gusta el “rockcito matizado” del papá, el papá odia el Super Bowl de Bad Bunny, la mamá adora la “plancha” que la hija abomina y la madre jamás escucharía ese noise ni la música experimental que su hija hace con sus amigas.
Naturalmente, nadie diría: “Bueno, ya está, ya escuché todo lo que necesitaba, no necesito más música”. ¿O sí? Se me haría raro a mí, que al menos una vez por semana hago el esfuerzo consciente de escuchar un álbum nuevo o una lista de reproducción de recomendaciones, razonadas por humanos o algorítmicas. Esta mañana, por primera vez, dije: “Todo esto es horrendo”. ¿Ya las canas surten efecto?
Si le ha pasado, no se preocupe: hay explicación. Pero preocúpese: quizás tenga que pedirles perdón a amigos o hijos.

¿Nos deja de gustar la música?
Sobre este asunto vamos a los extremos: hay libros enteros, famosos y muy minuciosos dedicados al tema... y opiniones simplonas. Tratemos de resumir un poco la vasta literatura producida al respecto.
Empecemos por la ciencia detrás del asunto. Un estudio publicado en Scientific American en 2012 había provocado gran debate, pero sí encontró que en el medio siglo anterior sí había ocurrido algo con las canciones más populares.
Su corpus de hits en Billboard les mostraba que crecían: estructuras más simples, menos variedad de melodías; letras más repetitivas; y el “prejuicio del sobreviviente”, es decir, que solo los clásicos realmente pasan la prueba del tiempo, pero olvidamos que también había mucha tontería en la radio desde los 60 y 70.
Lo de las estructuras se entendería por el abandono de arreglos orquestales. Por otra parte, no da cuenta de la inmensa popularidad de la salsa o ciertos géneros de afrobeats, hoy más alta que nunca.
Con la repetición pasa lo mismo: la música electrónica, de reggaetón y otras formas de danza requiere justo eso, y ahora es más popular que nunca. Y lo de los sobrevivientes ni hablar: en Sinfonola y en radio de rock también suenan cosas espantosas del “baúl de los recuerdos”, tanto como en estaciones de pop y reggaetón.
Cuestión de consumo musical
Pero pensemos en cómo consumimos música, sobre todo en la última década. La radio ha ido quedando atrás, pero incluso si escuchamos radio a diario, en el carro, el streaming también le da forma a ese menú: ¿de qué otra manera se detectaría la popularidad hoy?
Veámoslo de una manera sencilla:
- Con la edad descubrimos menos música nueva. Diversos estudios indican que, a partir de la adultez, las personas exploran con menor frecuencia géneros o artistas desconocidos y tienden a escuchar músicos menos populares que encuentran de forma ocasional, en lugar de seguir las novedades del mercado.
- Volvemos cada vez más a la música de nuestra juventud. También aumenta la tendencia a regresar a las canciones que sonaban durante la adolescencia y los primeros años de la adultez, incluso cuando hace tiempo dejaron de figurar entre las más populares.
- El “pico de reminiscencia”. La neurociencia ha identificado un fenómeno conocido como reminiscence bump: el cerebro establece sus vínculos emocionales más intensos con la música que escucha aproximadamente entre la adolescencia y los primeros veinte años de vida. Por eso esas canciones suelen conservar un valor afectivo excepcional durante décadas.
- El gusto musical tiende a estabilizarse. Investigaciones sobre comportamiento musical muestran que la mayoría de las personas deja de buscar activamente música nueva al llegar a la treintena. A partir de entonces, las preferencias suelen consolidarse y cambian con mucha menor frecuencia.
- También cambia la forma en que escuchamos. El envejecimiento modifica gradualmente la audición, especialmente la percepción de las frecuencias más agudas y de sonidos muy intensos. Como muchas producciones actuales privilegian ese tipo de mezclas, algunas personas mayores pueden percibirlas como más estridentes o menos agradables.
- Rechazamos lo desconocido y llevamos prejuicios. Aquí ya entramos en el autoanálisis, pero lo cierto es que la historia del gusto está atravesada por la clase social, la etnia, la religión... ¿Cuánta música “mala” es considerada así porque es “de mujeres”? ¿Cuánta es llamada mala porque la escuchan “los pobres”? Pero el autoexamen es doloroso.

Nos gustan los Beatles o Nirvana o M.I.A. porque nos acompañaron de adolescentes; disfrutamos menos a sucesores porque no nos exponemos tanto a ellos, si es que lo hacemos del todo. Desaparecido MTV, incluso, desaparecida la centralidad de la televisión, ¿cuán fácil es que tropecemos con un gran músico que desconocemos del todo?
El crítico estadounidense Carl Wilson escribió un influyente libro que en español se consigue como Música de mierda, en cualquier librería. Sentencia: “Comprendí que mi desprecio automático revelaba una ignorancia con la que no quería vivir. La revelación fue ética, pero terminó conduciéndome también al disfrute musical”.
Estoy de acuerdo. Eso no debe llevarnos a la banalidad de la frase “gustos son gustos”, que constituye una renuncia a ejercer el pensamiento crítico. Sí, claro que hay música mala. Eso no quiere decir que inclinarnos por una u otra música tenga un peso moral que nos haga mejores que otros, ni tampoco que todo merezca el mismo espacio. Pero si algo tiene el mundo es espacio y cada cosa tiene su lugar, así sea como estorbo.
¿Relativizar todo? No, reconocer que existe y que no podemos hacer mucho. Si la vida nos pone en posición de argumentar por qué algo está bien hecho y la otra cosa mal hecha, podemos nutrirnos de datos y pensamiento para hacerlo.
Si no, en palabras (aproximadas) del romano Marco Aurelio en sus Meditaciones, “las cosas en sí mismas no tienen el poder de extraer una opinión tuya”. Nos refugiamos en nuestra playlist de favoritos y nos alejamos, audífonos puestos, hacia la inmensa y variopinta vida. Al rato nos sorprende una canción de camino.

