
Mientras viajaba en un tren de carga, la mano de un pasajero no se desprendía del teléfono. Su mirada seguía a un puntito azul en movimiento, que le servía de consuelo: trazar su ubicación en tiempo real le prometía llegar a un sitio seguro.
Así transcurrió el viaje de un centroamericano hacia Estados Unidos, incluido en la investigación Migration in the Digital Age de la documentalista Michelle Ferris Dobles, cuyo testimonio refleja cómo la tecnología transformó a la migración y viceversa.
Las pantallas sirven para el ocio y ayudan a que el tiempo “pase más rápido”, claro está, pero los migrantes también las utilizan para tomar decisiones, planificar trayectos y construir redes de apoyo.
Los celulares cargan múltiples significados, más allá de la habitual comunicación. Fungen como el salvamento para mantenerse en contacto con sus familias, que les motiva, y a través de ellos pueden recibir información sobre su estatus migratorio.
Luego entra el componente del dinero, al cual tienen acceso gracias a las aplicaciones digitales. Una vez que lo retiran en efectivo, pueden pagar a los coyotes, si lo necesitan, y seguir con el recorrido.
“El teléfono celular tiene una dimensión de entretenimiento, pero también una informativa muy importante cuando se habla, por ejemplo, de mapas digitales, rutas, información respecto a ayuda humanitaria o solicitudes de refugio, de regularización. También tiene una dimensión afectiva importante con relación a las redes de apoyo, las redes familiares, redes de amistad”, acotó Ferris.
Pero el auge digital dentro de la comunidad migrante ha desencadenado en delitos como las extorsiones. De acuerdo con Ferris, grupos delictivos se aprovechan de los migrantes y les roban los teléfonos, con el objetivo de estafar a sus seres queridos.
En algunos casos se hacen pasar por los migrantes y les piden dinero para los trámites. En otras ocasiones les engañan y pretenden haberlos secuestrados, para lucrar aún más.

Lo híbrido entre migración y tecnología
Diez años atrás, las filas en los centros de refugio y los albergues para migrantes serpenteaban para dar con un teléfono público; ahora los turnos son para conectarse a un enchufe.
Las dinámicas en los recorridos físicos tampoco son los mismas, pues algunas de las rutas tradicionales fueron suplantadas por las que ofrecen mejor conectividad.
En esos lugares converge lo digital con lo comunal. Los migrantes se comparten pines de espacios donde pueden pasar la noche o contactos que les pueden ayudar en su recorrido, lo cual les genera un sentido de pertenencia y agencia. “Hay como un ciclo y un moldeo constante entre los espacios digitales y los espacios físicos de la migración”, dice Ferris.
Las aplicaciones digitales de mapas quizás no se crearon para que las personas migrantes indaguen cómo atravesar los puestos fronterizos para llegar a Estados Unidos, pero gracias a su ingenio, ahora las interfaces responden a sus necesidades. De eso trata la migración híbrida.
“La migración híbrida engloba este término de agencia y tecnológica por parte de las personas migrantes, que lo que implica es que podemos utilizar y apropiarnos de la tecnología para nuestras propias necesidades, más allá de la función para lo cual esa tecnología fue diseñada originalmente”, concluye Ferris.
La investigadora y documentalista Michele Ferris ha abordado el tema de la migración en sus documentales ‘Casa en tierra ajena’ (disponible en YouTube) e ‘Irma’ (disponible en Vimeo). Actualmente, está elaborando una etnografía multisituada en Paso Canoas y Los Chiles.

