En 1877, todo el mundo en Costa Rica pensaba en las langostas. Los insectos invadieron, por millones, mútliples rincones del país, de Guanacaste a Puntarenas, pasando por Lepanto, Paraíso y Cartago. Las nubes de insectos eran tan densas “al punto que a corta distancia no se distinguen las personas”.
El administrador apostólico de la Diócesis de San José de Costa Rica pidió a los costarricenses “elevar plegarias al cielo para detener su avance”. Ya desde junio de 1876, las langostas habían arruinado el cultivo de maíz, lo que provocó escasez y hasta cierres de escuelas.
Esos testimonios los compilaron en 2016 los investigadores Ronald Díaz y Eric Alfaro en su artículo El Mega-Niño de 1877-1878 y su impacto social en Costa Rica. La cuestión fue grave, y aunque los datos no son tan precisos, los autores constatan “la sequía en la vertiente pacífica, las fuertes lluvias en la región caribeña y las nubes de langostas en todo el país, así como algunas epidemias que pudieron estar asociadas a los efectos del Mega-Niño”.
El Niño es un fenómeno climático que sucede cuando las aguas de superficie del Pacífico central y oriental sufren calentamiento anómalo, lo que deviene en sequías, inundaciones y otras afectaciones. Este 2026, se considera que podría producirse una versión muy fuerte, como en 1877, aunque los pronósticos, como siempre, son eso: cálculos rigurosos e informados, pero no necesariamente todo va a ocurrir tal cual se estima hoy.
De acuerdo con BBC, el Centro de Predicción Climática de EE. UU. avizora “temperaturas de la superficie del mar en el Pacífico tropical central de +1,5 °C por encima de la media histórica, y sugiere que hay una probabilidad de alrededor del 33% de que eso ocurra entre octubre y diciembre de este año".
Por eso, se han despertado preocupaciones de “El Niño Godzilla” o un “Súper El Niño”, como hace siglo y medio. Por supuesto, las condiciones de infraestructura y salud son muy distintas; es difícil que se repita algo así. Sin embargo, vale la pena repasar la historia para recordarnos que los fenómenos climáticos extremos pueden tener consecuencias en cadena y repercutir a lo largo de los años.
El año sin invierno de 1877
“Sequías simultáneas de varios años similares a las de la década de 1870 podrían volver a ocurrir”, dijo la investigadora Deepti Singh a The Washington Post. “Lo que es diferente ahora es que nuestra atmósfera y nuestros océanos son sustancialmente más cálidos que en la década de 1870, lo que significa que los extremos asociados podrían ser más extremos”.
Aquel terrible 1877 fue llamado “el año sin invierno” en el hemisferio norte por las altas temperaturas. En la India, el clima extremo, sumado a las pésimas decisiones de la administración colonial, llevaron a muertes masivas: entre cinco y nueve millones de seres humanos perdieron la vida por la hambruna.
“Siguieron epidemias en poblaciones debilitadas por la hambruna —paludismo, peste, disentería, viruela y cólera— y en el mismo medio siglo en el que el hambre y la hambruna estaban desapareciendo rápidamente de Europa occidental", escribe David Wallace-Wells en el New York Times. Se estiman entre 31,7 y 61,3 millones de muertes solo en India, China y Brasil.
El Niño puede provocar lluvias extremas e inundaciones en países como Perú y Ecuador mientras favorece sequías en zonas del norte de Sudamérica y en países del Pacífico occidental como Australia, Indonesia y Filipinas, donde también aumentan los incendios forestales. Sus efectos globales incluyen, además, monzones más débiles en India y fuertes tormentas invernales en el suroeste de Estados Unidos.
“Las condiciones climáticas que provocaron la Gran Sequía y la Hambruna Global surgieron de la variabilidad natural, y su posible repetición —con impactos hidrológicos agravados por el calentamiento global— podría volver a poner en riesgo la seguridad alimentaria mundial", advertía una investigación de la NASA en 2018.
Pero nuevamente, hoy estamos mejor preparados. En primer lugar, justo porque podemos pronosticar. Ante riesgos crecientes de fenómenos extremos, la cooperación internacional en ciencia, preparación y atención humanitaria será crucial para garantizar la resiliencia ante estos fenómenos.
2026 podrá tener un Súper El Niño, pero difícilmente nos caerán esas nubes de langostas ni se provocarán las hambrunas de 1877. No olvidarlas, por ende, debe motivarnos a actuar.
