
A finales de 1973, una de las escenas más comunes a lo largo de los Estados Unidos era la gasolinera atestada y con largas filas de vehículos al frente. En octubre, los Estados árabes miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) empezaron a reducir la producción de petróleo y limitaron las exportaciones en protesta por el apoyo de Estados Unidos a Israel en la Guerra de Yom Kippur. El gobierno estadounidense optó por medidas de racionamiento y, entre otros eventos,
Eran otros tiempos y, sin embargo, aquí estamos, medio siglo después, inmersos en la misma incertidumbre.
La guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel ha abierto un nuevo foco de inestabilidad global cuyos efectos ya comienzan a sentirse más allá del campo de batalla. Lo que inició como un ataque a la jerarquía iraní ya se desparramó por toda la región y más allá, de las costas de Sri Lanka a las fronteras turcas, al borde de Europa.
Israel volvió la mirada a Líbano, donde ha pedido a más de un millón de habitantes que deje la décima parte del territorio de otro país soberano para atacar a Hezbolá. Donald Trump, el presidente estadounidense, dice que la guerra ya casi termina, pero también que durará cuanto sea necesario, así como dijo que ya no hay blanco por atacar, pero finalmente, que derrotar al “imperio del mal” importa más que los precios petroleros.
Las lecciones de 1973 deberían sugerirle otra ruta de acción, considerando que su victoria legislativa de noviembre es crucial para la estabilidad de su errático gobierno. Para Irán, aparte de su defensa, la estrategia sí parece más clara: infligir el daño máximo a la economía global para forzar la retirada de Israel y de Estados Unidos.

Crisis petrolera, desorden global
Volvamos a 1973. En respuesta a las medidas de presión de la OPEP, el presidente Richard Nixon instituyó un programa de racionamiento para proteger las reservas de petróleo estadounidenses y asegurar que los precios se mantuvieran bajos. La política de Nixon, empero, contribuyó a generar escasez en las estaciones de gasolina, conforme continuaba el embargo árabe.
Ya Estados Unidos experimentaba la estanflación que marcó los años 70: recesión e inflación. “La imagen de estadounidenses esperando en largas filas en las gasolineras para conseguir combustible simbolizó el fin de la era de crecimiento económico y prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de un futuro nuevo e incierto”, escribe el académico B. Alex Beasley.
Desgranar las amplias diferencias con aquel entonces sería materia de otro artículo, pero el principio es el mismo: ante la crisis petrolera, las decisiones que tome cada país marcarán por años su rumbo económico y hasta político. De hecho, en Estados Unidos, la crisis marcaría el resto de la década y se extendería hasta la siguiente.
En el presente, las primeras movidas de los países fuera del conflicto han sido para tratar de frenar un alza excesiva y repentina en los precios de la gasolina, dolor de cabeza de cualquier gobierno.
Según AFP, los 32 países miembros de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) decidieron “por unanimidad” liberar en el mercado 400 millones de barriles de petróleo procedentes de sus reservas estratégicas, el mayor desbloqueo de su historia. Hoy mismo, Luiz Inácio Lula da Silva tomó medidas para evitar el alza de los precios de los combustibles en Brasil. Y así en cada país.
El punto álgido se ubica en el estrecho de Ormuz, una de las arterias más sensibles del comercio energético mundial. Por ese paso marítimo circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el planeta. Los ataques contra petroleros y las amenazas iraníes al tráfico marítimo han incrementado el riesgo para las navieras y encarecido el transporte, provocando retrasos y desvíos de rutas.
El recién nombrado líder supremo, Mojtaba Jamenei, no solo no da señales de echar para atrás, sino que ha amenazado con un bloqueo más extenso y el uso de fuerza para mantenerlo. Como múltiples analistas han señalado, no hay mucha confianza en el ambiente como para pensar que Irán quisiera volver a la mesa de negociación. La línea dura de su nuevo líder tampoco alienta.
Tensión latente en la gasolinera y más allá
Los mercados reaccionan a cada señal por ínfima que sea. El precio del crudo volvió a superar la barrera de los $100 por barril y, en algunos momentos, se acercó a los 120 dólares impulsado por el temor a interrupciones prolongadas del suministro.
El problema no se limita al combustible. El petróleo y el gas son insumos fundamentales para el transporte, la industria y la producción de fertilizantes. Por eso, un aumento sostenido en su precio suele trasladarse a toda la economía: desde el costo de los alimentos hasta los pasajes aéreos y el transporte de mercancías. Como vimos durante la pandemia y la posterior crisis de contenedores, aun cuando el problema se resuelva, los precios pueden seguir al alza muchos meses más.
En un contexto global donde la inflación aún no termina de estabilizarse tras las crisis de los últimos años, un nuevo shock energético podría frenar la recuperación económica en varias regiones. Ni aunque se levantaran sanciones a Rusia podría estar tranquila Europa, que lleva años padeciendo escasez de gas en los inviernos y otras interrupciones de servicio energético.

Una escalada en Medio Oriente podría reactivar presiones inflacionarias que muchos gobiernos apenas comenzaban a controlar. Y como bien sabemos, un pico de inflación puede definir las elecciones... como la estadounidense, marcada por el alza de precios en la última parte del gobierno de Joe Biden, que llevó al segundo mandato de Trump.
De nuevo, las consecuencias pueden extenderse por otros rincones. En el New York Times, la investigadora Meg Jacobs señaló la probabilidad de que el presidente ruso, Vladimir Putin, salga fortalecido de la crisis, si se relajan las sanciones a su petróleo. Si sube su precio, y a sabiendas de las necesidades europeas, Rusia podría refinanciar su maquinaria de guerra contra Ucrania.
En Europa, la crisis refuerza el debate sobre la seguridad energética y la necesidad de diversificar las fuentes de suministro, una discusión que se intensificó tras la ruptura energética con Rusia.
Más consecuencias políticas
Para Israel, el costo de una guerra prolongada también es significativo. Más allá del gasto militar, la incertidumbre puede afectar la inversión extranjera, el turismo y el dinamismo de sectores tecnológicos que han sido clave para su crecimiento en las últimas décadas.
Después del catastrófico asedio a Gaza, la economía israelí está maltrecha y es difícil pensar que su gobierno de un viraje que permita respirar a empresarios, a los jóvenes y al mercado de empleo, todos golpeados por la prolongada guerra que ahora extendió a Líbano.
Por supuesto, los ataques reiterados de Hezbolá e Irán requieren una defensa contundente, pero también en Israel los objetivos declarados del embate son cambiantes: generales y políticos hablan ya de ocupar todo el sur de Líbano y expulsar a su población.

Aunque sea popular, la persistente expansión de la guerra podría tener efectos sobre la sostenibilidad del gobierno de Benjamin Netanyahu y sus ideólogos, pero no solo ahora, sino hacia el futuro. ¿Quiere el ciudadano israelí promedio vivir inmerso en un combate de metas variables por el resto de su vida?
Incluso el editor de The Times of Israel, en una columna que concluye diciendo que la guerra debe desmantelar el régimen iraní, reconoce que sus reporteros “han estado tratando de establecer si la administración de Donald Trump y el gobierno de Benjamin Netanyahu se prepararon a fondo para esta guerra trascendental, incluso mediante contactos con posibles futuros líderes iraníes responsables y comprometidos con la vida”.
¿Lo sabremos pronto? Quizás la realpolitik responda por ellos.
Según encuestas de la semana anterior, 59% de la población desaprueba los ataques; dos estudios más de Reuters/Ipsos y el Washington Post mostraron resultados similares.
El Senado no ha logrado restringir la guerra de Trump, pero llegado el momento electoral, tendrán que sopesar si seguir dándole rienda suelta o frenar su zigzagueante “excursión” militar, como le llama ahora.
“El Sr. Donald Trump, enfrentado a elecciones de medio mandato y a votantes cansados de la inflación, está dando señales de que no puede asumir esos costos, del mismo modo que retrocedió en su guerra comercial después de que los mercados se tambalearan la primavera pasada”, dice la última portada de The Economist.
Si esas señales son tan claras quedará por verse en los próximos días... u horas, o minutos, que marcan el devenir de toda guerra. Por ahora, vivimos de nuevo los años 70, solo que a otro ritmo.
