
Uno de los mayores honores de mi vida ha sido dirigir por cuatro años el Costa Rica Festival Internacional de Cine (2020-2024). Fue el espacio donde supe qué era programar cine formalmente, en 2015, justo cuando se convirtió en “CRFIC”, marca ahora bien conocida internacionalmente. El eslogan promovido por el primer director artístico, Marcelo Quesada, fue “cine sin maquillaje”.
El lema tenía múltiples connotaciones en nuestro contexto. Costa Rica llevaba décadas soñando con “algún día” llegar a hacer cine de forma sostenida, pero fórmulas como las alfombras rojas e invertir en traer un par de estrellas de Hollywood no arraigaban aquí.
Había que apostar por una industria costarricense en sus propios términos; no menos, no humilde, sino propia, acorde a nuestro tamaño y posibilidades, ambiciosa en lo artístico, pero capaz de vincularse con las comunidades locales, dentro y fuera de la GAM.
Así ha sido por 14 ediciones, cuatro gobiernos y cuatro directores artísticos muy distintos entre sí. Hubo drama, hubo cambios; pero sobre todo, ha contribuido a colocar a Costa Rica en el mapa audiovisual, acompañando la floreciente creación de cine tico que no para. El primer informe de 1.º de mayo de la administración Chaves Robles le dedicó la mayoría de su apartado de Cultura a los resultados del CRFIC.
Ahora nos enteramos de un posible recorte de 70% de su presupuesto (a solo ¢45 millones) en el momento en que nuestros cineastas circulan internacionalmente como nunca antes. Películas excelentes se producen aquí y se coproducen con socios internacionales, muchos de los cuales ven en el CRFIC del Centro de Cine precisamente una plataforma crucial, una de las principales de Centroamérica.
Lo subrayo porque en medio de toda discusión sobre política cultural suele perderse el asunto económico. Por supuesto que lo artístico es crucial: un festival así es para formar audiencias, traer cine que no se ve de otro modo y estimular el pensamiento. Pero también estamos hablando de plata y quisiera que eso analicen los diputados cuando discutan el presupuesto en las próximas semanas.
Un festival dinamiza la economía local
Hablemos, pues, de dinero. La noche del estreno de Abril, de Hernán Jiménez, como parte del último CRFIC en julio, cientos de personas rodeaban la larga cuadra del Cine Magaly. Los carros paraban a ver. No sé cuántos quedaron fuera (sigue llenando salas).
A esta edición del CRFIC asistieron 14.500 espectadores, no solo en las sedes de San José, sino también en seis comunidades sin acceso a salas de cine, como se hace desde 2021 por impulso de Raciel del Toro y Ana Xóchitl Alarcón.
Entonces, calculemos al vuelo: si uno va al cine, aunque sea función gratis, paga parqueo o transporte; siempre da hambre antes o después, así que va a consumir a restaurantes, cafés y bares. En una edición reciente, éramos 35 personas en un negocio cercano, consumiendo comida y bebida, martes por la noche, en pleno aguacero. Es solo un ejemplo en un solo sitio de un festival de 10 días. San José necesita que eso suceda más.
Siga usted imaginando esos encadenamientos económicos alrededor de un evento cultural masivo o consulte la abundante literatura especializada sobre industrias creativas, de sobra conocida por talentosos funcionarios del Ministerio de Cultura y Juventud. La Encuesta Nacional de Cultura que dichosamente retomó el actual ministro también da elementos para pensarlo.
También sucede otro fenómeno crucial en lo económico. En los pasillos del evento se ha conversado de proyectos, acuerdos de distribución internacionales y oportunidades de coproducción, y se ha dado la básica relación humana que antecede a todo negocio.
La gran plataforma para ello, el Costa Rica Media Market, atraviesa su propio trance tras el súbito despido de Procomer de la comisionada fílmica Marysela Zamora, bajo cuya gestión se triplicó la inversión extranjera en el sector audiovisual (a $12 millones por año).
Todos entendemos lo de zocarse la faja. Ya sabemos que la situación económica, por razones que a otros les toca desgranar, no está para desperdicios. Pero así como con Parque La Libertad, el problema de recortar así al CRFIC es que se toca el punto neurálgico de la generación de empleo, la formación altamente especializada, la vinculación con mercados exteriores y la economía local.
Confío en que ministros y diputados podrán debatir con calma sobre estas inversiones estratégicas en un sector floreciente. Aprovechen para corregir los impedimentos a los patrocinios privados, la imposibilidad de que la taquilla generada por el CRFIC se reinvierta en él y en quitar trabas, despejar la maleza para la economía costarricense.
Nuestras industrias locales, incluidas las creativas, necesitan abono en este punto crítico, no incertidumbre. Lo espiritual, lo artístico y lo estético seguirán vivos con o sin evento, pero la gente tiene que trabajar y prosperar.
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Fernando Chaves Espinach es curador audiovisual y periodista.
