Edgardo Moreno. 23 enero

La ciudad de Agra, en la India, es un sitio extraño. A primera vista, no parece un lugar atractivo para hacer turismo, a pesar de que ahí está el Taj Mahal, mausoleo de mármol blanco construido entre 1631 y 1654 a orillas del río Yamuna por el emperador musulmán Shah Jahan (1592-1666), de la dinastía mogol.

eon las “cicatrices” —como las del rostro de aquel humilde hilandero y las de su oficio— las que nos recuerdan los avatares del pasado: unos buenos como los hilares y otros malos como la viruela.

Aunque el Taj Mahal es un perfecto monumento patrimonio de la humanidad, el recuerdo más vívido que tengo de Agra no es la de ese esbelto palacio, sino el de un laberíntico taller de artesanos; un trastornado recinto multicolor en donde mujeres y hombres labraban piedra, tallaban madera, producían bisutería, hacían canastas, moldeaban barro, tejían alfombras y se dedicaban a muchas cosas más.

En uno de los rincones de ese taller, había un hombre de unos 35 o 40 años, sentado sobre una alfombra de color marrón, trabajando en un telar.

Vestía un atuendo blanco que contrastaba con la tez oscura de su rostro marcado por unas inconfundibles cicatrices que yo había visto de niño en algunos indígenas en los mercados mexicanos.

Eran las secuelas de la viruela negra, enfermedad atroz causada por un virus. Según mis cálculos (en el 2005), ese hombre debió haber sido uno de los últimos sobrevivientes de viruela, antes de ser erradicada de la India, mediante la vacunación exhaustiva en 1973.

El diestro artesano estaba concentrado en sus labores y no parecía tener tiempo ni ánimo para atender a los turistas que deambulábamos por ahí.

Mostrando curiosidad por su oficio, me paré frente a él. Sin interrumpir su trabajo, el hilandero levantó su rostro cacarizo y me sonrió, resignado por mi presencia.

Usaba ambas manos y ambos pies para tejer: mientras los hilos de diferentes colores pasaban entre los dedos del pie izquierdo, la mano derecha los seleccionaba para tejerlos entre los estambres de algodón tensado, entre las ranuras de un madero.

El telar lo constituían dos tablas paralelas, guindadas de una cuerda, y una platina delgada de madera que atravesaba los hilos. Esta servía para compactar el tejido, lo que hacía con la mano izquierda. El pie derecho le servía para jalar y darles vuelta a los hilos que estaban enrollados en un palo transversal, a manera de ábaco. La destreza y la coordinación del artesano eran perfectas y el trabajo de los tejidos, admirable.

El vendedor que lo acompañaba —un intermediario— ofrecía a los turistas los tapetes como “hechos a mano”, cuando, en realidad, el hilandero los había fabricado usando las cuatro extremidades.

Simbolismo. La tradición de hilar en la India —símbolo de la independencia de ese país— es ancestral y transmitida entre generaciones durante milenios. Al igual que las cicatrices de la viruela, esta forma de tejer es parte del pasado, pero, a diferencia de esa dolencia, el oficio de ese artesano se resistía a morir bajo el yugo de la era cibernética.

La viruela negra azotó también al “Nuevo Mundo” durante siglos, y Costa Rica no fue la excepción. Aunque la enfermedad estuvo presente en el territorio desde el principio del periodo colonial, los primeros registros son posteriores a la independencia.

En 1831, atacó a las poblaciones de Cartago y se extendió en el transcurso de dos años por todo el territorio. En 1832, llegó hasta las ciudades de Bagaces y Nicoya, en donde fue detenida parcialmente gracias a la vacuna de fluido vacuno, desarrollada por el médico inglés Edward Jenner (1749-1823).

En 1845, se presentó una nueva epidemia en Guanacaste, con numerosos brotes en 1852. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la enfermedad permaneció endémica con brotes ocasionales que fueron controlados mediante vacunación.

En el siglo XX, la viruela empezó a mermar con el advenimiento y uso de vacunas más eficaces. En Costa Rica, se registraron 36 casos en 1930 y 9, en 1946.

En 1948, la viruela negra desapareció del país. El último caso documentado en el mundo ocurrió en Inglaterra, en 1978.

La vacunación derrotó al agente infeccioso que había diezmado a los amerindios y azotado al mundo durante milenios. Son las “cicatrices” —como las del rostro de aquel humilde hilandero y las de su oficio— las que nos recuerdan los avatares del pasado: unos buenos como los hilares y otros malos como la viruela.

El autor es profesor emérito de la Universidad de Costa Rica.