En medio de cada crisis, la conversación pública repite el mismo error: confundir inflación con aumentos de precios. Hoy, con la guerra elevando el costo de la energía, los fertilizantes y el transporte, el diagnóstico vuelve a fallar. Suben algunos precios –y de forma dramática–, pero eso no es necesariamente inflación.
La inflación es un fenómeno generalizado y sostenido: un aumento del nivel de precios en toda la economía. En cambio, lo que estamos viendo hoy es un cambio en precios relativos. La energía sube. Los alimentos, arrastrados por los fertilizantes y el transporte, también. Pero eso no implica que todos los precios deban subir de forma persistente. Es, en esencia, una distorsión provocada por un shock externo. Los shocks de oferta, por sí solos, no generan inflación sostenida. Generan escasez relativa.
Para que ese fenómeno se convierta en inflación real, se necesita algo más: expansión monetaria, financiamiento del gasto vía emisión o una pérdida de anclaje en las expectativas. Es decir, que la economía en su conjunto empiece a comportarse como si los precios fueran a seguir subiendo indefinidamente.
Ahí es donde entra el verdadero riesgo. Si los bancos centrales reaccionan al alza puntual del petróleo como si fuera inflación estructural, podrían terminar endureciendo la política monetaria en medio de un shock negativo de oferta. El resultado no sería estabilidad de precios, sino contracción económica. Más claro: intentar apagar un incendio con gasolina.
Pero si, por el contrario, los gobiernos deciden compensar el encarecimiento con gasto descontrolado o expansión monetaria, entonces sí: el shock relativo se convierte en inflación generalizada. No por la guerra en sí, sino por la respuesta política a ella.
Mientras tanto, hay un efecto mucho más inmediato y menos discutido: la caída del consumo. Energía más cara es ingreso disponible más bajo. Eso enfría la economía. Reduce demanda. Aumenta la probabilidad de recesión.
Paradójicamente, el mismo shock que eleva algunos precios puede terminar conteniendo la inflación en el mediano plazo, precisamente porque debilita la actividad económica.
Por eso, insistir en que “la guerra es inflacionaria” es, en el mejor de los casos, una simplificación. En el peor, una excusa para políticas equivocadas.
Andrés I. Pozuelo Arce es empresario.