
Hace unas semanas, advertí en este espacio sobre un riesgo que pocos estaban viendo. Si las tasas de interés en Estados Unidos continuaban subiendo y el capital internacional encontraba mejores rendimientos en los mercados desarrollados, Costa Rica enfrentaría eurobonos más caros, mayor presión sobre sus finanzas públicas y más dificultades para miles de hogares y empresas endeudados.
Esa advertencia comienza a materializarse.
La Reserva Federal volvió a elevar su tasa de referencia. El Banco Central Europeo también aumentó sus tasas. Japón, que durante décadas representó el ejemplo más extremo de dinero barato, continúa alejándose de ese modelo. Al mismo tiempo, los rendimientos de los bonos soberanos han seguido aumentando en Estados Unidos, Alemania y otras economías desarrolladas.
Los mercados están enviando una señal inequívoca: primero subieron las tasas largas, incluso antes de que los bancos centrales actuaran, enviándoles una señal de advertencia, digo yo, y ahora comienzan a subir también las tasas cortas. La presión ya no está concentrada en un segmento específico del mercado; se está extendiendo por toda la curva. La conclusión es simple: el dinero barato se acabó.

Cambió el mundo que financiaba a Costa Rica
Durante más de una década, gobiernos, empresas y hogares se acostumbraron a un entorno excepcional. Las tasas eran bajas, la liquidez abundante y refinanciar deuda parecía una actividad rutinaria.
Costa Rica también se acostumbró a ese mundo. Nos endeudamos como Estado, como empresas y como familias. Nos acostumbramos a posponer decisiones difíciles bajo la premisa de que siempre existiría alguien dispuesto a seguir financiándonos.
Ese mundo está cambiando.
Los inversionistas siguen prestando. La confianza sigue existiendo. Pero ahora exigen mayores rendimientos para hacerlo. No estamos observando una crisis de confianza. Estamos observando un aumento sostenido en el precio de la confianza. Y esa diferencia lo cambia todo.
El problema no son las tasas; el problema es Costa Rica
El verdadero problema no es que las tasas internacionales hayan subido. El verdadero problema es que Costa Rica sigue actuando como si no hubieran subido.
Seguimos administrando problemas estructurales mediante más endeudamiento. Seguimos postergando reformas indispensables. Seguimos trasladando las decisiones difíciles hacia el futuro. Y cada año que pasa, la factura es más alta.
La deuda del Gobierno Central permanece por encima del 60% del producto interno bruto y las proyecciones apuntan a una trayectoria ascendente. Durante años, muchos asumieron que la solución consistía en refinanciar una deuda con otra deuda. Pero cuando el dinero se encarece, esa estrategia pierde viabilidad. Cada colocación cuesta más. Cada refinanciamiento cuesta más. Cada punto adicional pagado en intereses reduce recursos para infraestructura, educación, seguridad y salud.
No existe una forma sostenible de resolver una deuda creciente mediante más deuda. Tarde o temprano, la realidad termina imponiéndose.
La deuda privada también pasará la factura
El problema tampoco termina en el Gobierno.
Miles de hogares y empresas ya cargan niveles considerables de endeudamiento; la plata no les alcanza para llegar a fin de mes. Cuando el costo financiero aumenta, las cuotas pesan más, los márgenes se reducen, las inversiones se postergan y las contrataciones se frenan. El resultado es una economía menos dinámica, menos capaz de crear empleo y menos preparada para sostener las cargas acumuladas durante los años de dinero abundante.
Por eso, la discusión ya no puede limitarse a observar qué hacen la Reserva Federal o el Banco Central Europeo.
La verdadera pregunta es qué va a hacer Costa Rica.
El país necesita reformas, no más excusas
Costa Rica necesita una agenda seria de reformas estructurales. No dentro de cinco años. No para el próximo gobierno. Ahora.
Necesitamos reducir el peso del gasto improductivo y modernizar el Estado. La movilidad laboral, la simplificación institucional, la digitalización y el uso inteligente de nuevas tecnologías deben permitir hacer más con menos recursos.
Necesitamos una reforma tributaria que premie la producción y la formalidad, y que abra una discusión seria sobre esquemas de simplificación profunda, incluyendo modelos tipo flat tax, que reduzcan costos de cumplimiento, incentiven la inversión y amplíen la base tributaria. La prioridad no debe ser extraer más recursos de una economía debilitada. La prioridad debe ser hacer crecer la economía.
Necesitamos una reforma energética que reduzca costos y aumente competitividad. La discusión debe incluir generación, comercialización y transmisión, esta última totalmente ausente de todos los proyectos de ley en la corriente legislativa. Si la reforma no se refleja en el recibo eléctrico de hogares y empresas, no habrá resuelto el problema.
Necesitamos incorporar plenamente a los trabajadores independientes a la formalidad mediante cargas razonables, reglas simples y representación efectiva. No se construye una economía fuerte expulsando productores de la formalidad. Se construye integrándolos.
Necesitamos reformar la Caja y revisar su modelo operativo: la Caja de Calderón Guardia no era dueña ni administraba hospitales, era una caja recaudadora y pagadora. Debemos volver a un modelo similar.
Y debemos continuar revisando la política monetaria mientras la inflación permanezca por debajo de la meta oficial. La reciente decisión del Banco Central de mantener la tasa de política monetaria en 3% fue adoptada mediante una votación dividida. Dos directores votaron por una reducción adicional. Ese dato demuestra que el debate sigue abierto.
La ventana se está cerrando
Las reformas que Costa Rica dejó para después durante los años de dinero barato ahora tendrán que ejecutarse en condiciones mucho más difíciles. Ese es el verdadero desafío.
El mundo ya cambió. El dinero es más caro, el capital es más exigente y la competencia por financiamiento es cada vez mayor. Costa Rica no puede seguir actuando como si nada hubiera ocurrido ni continuar resolviendo problemas estructurales con más deuda y menos reformas.
El dinero barato se acabó. Y la discusión ya no es si el país necesita cambiar. La discusión es si tendremos la visión y la valentía para construir un nuevo modelo país antes de que la realidad termine imponiéndolo por nosotros.
pedro.munoz@dentons.com
Pedro Muñoz es exdiputado.