
Costa Rica suele mirar la democracia desde San José. Desde la Asamblea Legislativa, desde Casa Presidencial, desde los grandes debates nacionales. Sin embargo, esa mirada es incompleta –y peligrosa–. La democracia no se sostiene en la cúspide del poder, sino en su base: los gobiernos locales.
Las elecciones municipales no son un evento menor. Son, en realidad, el punto más cercano entre el ciudadano y el poder público. En ellas se eligen más de 6.000 autoridades en los 84 cantones y cientos de distritos del país. Es ahí donde se decide la calidad de vida cotidiana: calles, seguridad comunitaria, ordenamiento territorial, servicios básicos y, cada vez más, políticas sociales.
Y, sin embargo, Costa Rica sigue tratándolas como elecciones de segundo orden.
El error histórico: subestimar lo local
El abstencionismo ha sido históricamente alto en elecciones municipales (36,4% de participación en 2020) y, aunque en 2024 hubo mayor movilización, se mantuvo un preocupante desinterés ciudadano, con niveles cercanos al 68% de abstención. Esto no es un dato anecdótico: es una señal de fragilidad democrática. Porque cuando la ciudadanía se desconecta de lo local, otros actores ocupan ese espacio.
Las municipalidades no son simples administradoras. Son entidades con autonomía política, administrativa y financiera. Definen prioridades de inversión, gestionan recursos, articulan políticas sociales y pueden convertirse en plataformas de poder. En términos simples: quien controla los cantones, controla el territorio político real del país.
El nuevo tablero político: territorialización del poder
Costa Rica atraviesa una reconfiguración política profunda. El debilitamiento de los partidos tradicionales, el surgimiento de liderazgos personalistas y el crecimiento del discurso populista han cambiado las reglas del juego.
Hoy, el poder no se construye solo desde la presidencia o el Congreso. Se construye desde abajo.
Los gobiernos locales se han convertido en piezas estratégicas para consolidar proyectos políticos. No solo por su capacidad de gestión, sino por su influencia electoral: estructuras cantonales sólidas permiten movilizar votantes, posicionar narrativas y construir legitimidad territorial.
No es casualidad que cada vez más alcaldes busquen alinearse con proyectos nacionales emergentes. Tampoco lo es que exista un creciente interés por organizar cuadros políticos en los cantones. Es la lógica del poder territorial en acción.
Una oposición fragmentada frente a una estrategia clara
Aquí surge el punto crítico. Mientras algunos sectores políticos han entendido esta lógica y trabajan en la construcción de poder local, la oposición –en términos amplios– sigue atrapada en dinámicas fragmentadas, competitivas y, muchas veces, inmaduras.
El problema no es ideológico. Es estratégico.
La evidencia histórica muestra que el comportamiento electoral municipal no replica necesariamente el nacional. Esto abre una oportunidad para construir alternativas desde lo local. Pero esa oportunidad se pierde cuando múltiples candidaturas compiten entre sí dentro de un mismo espectro político, fragmentando el voto.
En ese escenario, el resultado es predecible: gana quien logra concentrar apoyo, no necesariamente quien representa a la mayoría.
La lección pendiente: la unidad como condición de supervivencia
Las elecciones municipales plantean una realidad incómoda: ningún proyecto político que aspire a competir con fuerza a nivel nacional puede ignorar el nivel local. Pero tampoco puede abordarlo desde la lógica tradicional de competencia interna.
Costa Rica cuenta con una diversidad de estructuras partidarias: partidos nacionales, provinciales y cantonales, estos últimos con creciente protagonismo en el ámbito local. Pretender que cada uno compita de manera aislada es, en la práctica, renunciar a la posibilidad de construir contrapesos reales.
Eso implica madurez política: entender dónde se tiene fortaleza, dónde se debe ceder y dónde es más estratégico respaldar liderazgos existentes que imponer candidaturas propias.
No se trata de desaparecer identidades políticas. Se trata de priorizar objetivos democráticos.
Democracia desde abajo: lo que realmente está en juego
En el fondo, este no es un debate electoral. Es un debate democrático.
Las municipalidades son el primer contacto del ciudadano con el Estado. Son el espacio donde la democracia se vuelve tangible o se deslegitima. Donde se construye confianza institucional… o se erosiona.
Además, son clave para atender desigualdades sociales, diseñar políticas públicas locales y responder a necesidades específicas de cada cantón. Ignorarlas es debilitar la democracia en su nivel más esencial.
Y cuando la democracia se debilita desde abajo, eventualmente colapsa desde arriba.
La última oportunidad
Costa Rica está entrando en una nueva etapa política. Más polarizada, más territorializada, más exigente en términos de organización.
En ese contexto, las elecciones municipales dejan de ser una elección más. Se convierten en el verdadero campo de batalla de la democracia.
El oficialismo –como cualquier proyecto político en expansión– ha entendido la importancia de ese terreno. La pregunta es si el resto del sistema político está dispuesto a hacerlo también. Porque si no lo hace, el desenlace no será producto del azar. Será consecuencia directa de no haber comprendido a tiempo dónde realmente se define el poder.
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Gustavo Delgado Ramírez es periodista especializado en temas sobre desarrollo local.