
Fernando dialoga con sus pensamientos en alguno de los tantos pueblos mágicos. En la sombra puede llevar la piel encuerada, sin camisa, con los hijos de sol visibles y las cicatrices de sus manos expuestas. Los mechones grises de su pelo y barba garabatean como si fueran el pincelazo en una de sus obras. Es temprano en la mañana y nadie deambula aún por la calle. Sorbe un poco de agua dura, saturada de minerales nacidos en los acuíferos subterráneos. Identifica que respira legado y responsabilidad.
La carta ya está enviada, pero se necesita más. Lo sabe. Por eso cierra los ojos y, con esa sensibilidad artística que posee, se deja sentir, para guiarse, para encontrar la mejor estrategia de proteger a su pueblo contra la invasión extranjera. Hoy, una vez más, hay amenaza: esta ocasión es contra el legado intangible cultural y culinario que tantas generaciones aprendieron a sazonar entre chiles de agua, quesillo, chapulines y tasajo.
Quinientos años definen la historia moderna de Oaxaca de Juárez, México. Es la tierra de Benito Juárez –primer presidente indígena de México, de ahí el nombre de la capital de su estado– y de Porfirio Díaz, su polémico sucesor por más de treinta años. La ciudad está coronada por Monte Albán, el monte blanco construido mucho tiempo antes de Cristo.
Gracias a la película Coco, reviven los alebrijes, tallados por los hombres con las maderas del copal, pintados con fantasía por las mujeres, y venidos al mundo en medio de leyendas y tradición. Gracias, también, a los usos y costumbres, se reservan los talleres de barro negro solo para los locales, porque nadie de afuera podría venir a plasmar la historia, las figuras antropomorfas, los animales inexistentes.
“Muere el sol en los montes/Con la luz que agoniza/Pues la vida en su prisa/Nos conduce a morir”, clama con voz desgarradora Pedro Infante en Dios nunca muere, aquel himno fáctico de la región, escrito mucho tiempo atrás por Macedonio Alcalá, y digno del Festival de Recuerdos de los domingos en radio Sinfonola. Acompaña, además, la música de Álvaro Carrillo Alarcón, autor de la universal Sabor a mí. La sensibilidad artística y la imaginación se respiran en cada esquina. Nacen de los vestigios de un pasado que escribe un futuro por defender. Que hay que defender.
El maestro Toledo da otro sorbo, ahora del café local. Hoy es 18 de agosto de 2002, día de la tamaliza gestada por él para recolectar firmas en oposición a la llegada de una cadena de comida rápida al casco antiguo de la ciudad. Tiene clara la decepción que puede representar para el turismo toparse con letreros rojos y amarillos en medio de adoquines centenarios. Está convencido de que la esencia cultural no se conserva en piedra, sino a través de la preservación de las tradiciones, definida en el santo ritual de la preparación de la comida, en el uso de condimentos propios, en el intercambio familiar y social que este acto puede representar. También intuye que ni su gente, ni ninguna otra, está adaptada para recibir los bombazos inflamatorios de estos alimentos –¿se les puede llamar alimentos?–. Hay convicción de que hoy es el momento de hacer valer su sangre zapoteca.

Los tamales traen alguno de los siete moles locales; unos son picosos; otros, dulces, con chocolate. El sabor intenso proviene del chipilín, esa hierba mesoamericana fundamental en la gastronomía regional. El calor es ahogado con tejate, bebida refrescante a base de cacao, canela y maíz, sin alcohol. La música ameniza; el hormigueo de la población se hace presente, mientras su camisa –ahora sí– se empapa en el sudor del saludo, del apoyo, de quienes se oponen a su gestión, pero con el jugo de su propia convicción.
Al final, diez mil firmas y, un año después, la negativa de la alcaldía para entregarle el permiso de funcionamiento en el centro histórico a la cadena de ultraprocesados. A pesar del aire denso, se respira la voluntad popular y se ausenta el tráfico de influencias. Porque la resistencia no es una tendencia, no es un trending topic; es cuando gana la cultura, la tradición, la salud. Cuando prevalece lo intangible, lo verbalizable, lo no tabulable ni numerizable; lo que no cabe en una tabla de Excel.
En Oaxaca llaman guelaguetza a la fiesta cultural de julio, donde participan las dieciséis etnias locales mostrando y preservando sus tradiciones. Pero también representa un acto de cordialidad con alguien, un gesto de amistad, de buenas intenciones, de apertura, como cuando se invita a las visitas recién llegadas a la casa a un trago de mezcal. La coloquialidad local tiene su sabiduría: "Para todo mal, mezcal/Para todo bien, también/Y si no tiene remedio, chíngate un litro y medio". Pero sí hubo remedio. Sí hubo final feliz.
Después de esta gran inspiración, este sorbo de mezcal tepeztate va para Fernando Toledo, artista, gestor cultural, activista mexicano. ¡Bienvenido, provechito!
Gracias por esta lección maravillosa.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
