
Cuando un medicamento termina por desabastecerse, muchos pacientes, reiteradamente, preguntan con insistencia: “¿por qué ya no está disponible?”, “¿es cierto que ya no va a volver?”, “me dijeron que solo quedaba una caja en Nicoya y fui a traerla desde San José”, “no entiende uno cómo lo dejan así de un día para otro después de tantos años”.
Los veo con la angustia que genera la incertidumbre, mientras aún resuenan las palabras de cuando uno de los gerentes de la compañía productora de esa molécula se jactaba del rol social que promovían para ayudar a tantas personas, del “valor y aporte que le hacían a la salud mental del país”.
Es bien sabido que los fármacos tienen una vida útil comercial luego de haber sido desarrollados. Durante ese periodo, se recupera la inversión y se obtienen ganancias significativas, en ocasiones multimillonarias (cuando digo “multimillonarias”, me refiero a multimillonarias en dólares). Este periodo comprende mayoritariamente la duración de la patente y unos cuantos años después de su vencimiento, cuando los productos genéricos inundan el mercado, hacen la competencia y, en consecuencia, decrecen los ingresos.
En esa etapa inicial son reconocidas diversas estrategias de mercadeo para ubicar la molécula en el ojo de las prescripciones. Ahí, gustosamente, se realizan las gestiones que sean necesarias: primero, la aplicación a la Food and Drug Administration (FDA) en Estados Unidos o la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), y tiempo después, ya para entrar a Costa Rica, la inscripción correspondiente en el Ministerio de Salud (un trámite engorroso pero significativamente más sencillo que el anterior).
Durante esas épocas, también se dan charlas, se imparten capacitaciones o se brindan diversos “estímulos académicos para conocer mejor los productos”; son épocas de bonanza, de apogeo, de sonrisas. Todos están felices porque “los pacientes gozarán de una mejor calidad de vida: existe un futuro prometedor”, mientras se eleva la copa para el brindis correspondiente.
En ocasiones, luego del vencimiento del permiso o cerca de que esto ocurra, en Costa Rica hemos visto cómo empresas abandonan el país o una molécula en particular, relegando en terceros su administración y mercadeo. Estos últimos suelen hacerlo mientras encuentren alguna rentabilidad y no se venzan los permisos. Pero luego de esto, como ha ocurrido recientemente, existen medicamentos que, al igual que La Hispaniola, el barco de La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, literalmente quedan a la deriva para terminar estrellándose contra las piedras; salen definitivamente del acceso de una población que, muchas veces, los sigue requiriendo, se ha beneficiado de ellos y se mantuvo fiel a su uso durante tiempos prolongados, pagando incluso los sobreprecios de nuestro medio.
“¡Pero existen genéricos o copias que hacen lo mismo!”, dirán algunos sin decoro, en particular en ciertas farmacias. Sin embargo, quienes mantenemos una práctica clínica podemos dar fe de las diferencias significativas tanto en las respuestas terapéuticas como en los efectos secundarios si comparamos los productos originales con los genéricos. Es una realidad indiscutible; mis colegas y yo lo hemos observado, literalmente, en cientos –quizá miles– de ocasiones. En mi caso, no pasa una semana en que no presencie este fenómeno.
Entonces, se pregunta uno: ¿es justo que exista un periodo de lucro, que se invierta en generarles la confianza a las personas –y a los prescriptores– en un determinado producto, y que luego se les prive de la posibilidad de continuar adquiriéndolos?, ¿debería existir una responsabilidad –ética, corporativa, legal– por parte de la empresa para seguir proveyéndolos aun cuando ya no sea su interés lucrar con ellos porque las ganancias son ridículas al compararlas con las que generan otros medicamentos más innovadores, pero considerando que hay personas que los siguen necesitando, independientemente de las tendencias del mercado?
Igual que existe una responsabilidad de la industria farmacéutica de resarcir a quienes participaron en un estudio clínico brindándoles el tratamiento, ¿debería asumirse un compromiso con quienes sí depositaron la confianza en estos fármacos y han hecho inversiones considerables a lo largo de los años?
Ahora que ha dado inicio un nuevo periodo legislativo, este sería un buen proyecto por considerar: cómo establecer las medidas para que la disponibilidad de fármacos se mantenga para quienes así lo necesitan, incluso una vez terminado el periodo de promoción e interés económico de este.
Andagoya es un ejemplo de algo, síntesis de algo: Ñamérica como una tierra rica con habitantes pobres donde otros vienen a sacar riquezas que apetecen, se quedan mientras la cosa dure, se van cuando se acaba y olvidan esa tierra que ya no les sirve, esa tierra arrasada: personas arrasadas, olvidadas. (Esclavas todavía de esos amos.) Lo que técnicos llaman, tan serios, la economía de extracción. Extracción, sin duda, es la palabra. Dice Martín Caparrós, narrando, con detalle vivencial, el desastre residual cuando la minería abandonó el Chocó en Colombia: tierra que vivió bonanza, que fue chineada, y que, una vez obtenido el beneficio empresarial, una vez cubierta la inversión y generados los réditos, queda en el olvido. ¿Alguna coincidencia?
Que no les ocurra lo mismo en nuestro medio a las personas que necesitan tratamientos para su salud.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
