
Durante las últimas semanas, Ucrania se ha sumergido en la coyuntura más peligrosa para su integridad nacional desde la invasión rusa, en febrero de 2022. Reveses en el campo de batalla. Una feroz campaña de bombardeos contra su infraestructura y otros blancos civiles. Una profunda crisis de gobierno precipitada por un grave caso de corrupción. Como colofón, nuevas presiones del presidente Donald Trump para que ceda ante inaceptables pretensiones del dictador Vladimir Putin.
Cualquiera de estos hechos, por sí mismo, plantea serios riesgos, pero su conjunción ha creado una situación crítica sin precedentes. La posibilidad de que generen una desastrosa espiral de deterioro no puede descartarse; sin embargo, también puede –y debe– evitarse. Para ello será necesaria una conjunción de esfuerzos que atemperen lo más posible las crisis simultáneas. Al menos en el frente externo, la gran ventaja es que, en medio de las posiciones erráticas y las intolerables presiones estadounidenses, Ucrania cuenta con un fuerte respaldo europeo.
Rusia ha logrado avances territoriales, aunque sumamente modestos y a un enorme costo en bajas. Pese a su desbalance en tropas, los ucranianos han sido capaces de una gran resistencia. Los bombardeos han implicado enorme destrucción, muertes inocentes y disrupción económica en Ucrania, pero el país ha mantenido su capacidad de golpear blancos críticos a larga distancia. Si añadimos que el esfuerzo bélico ha impuesto severos costos económicos al régimen de Putin, que ya pasan la factura a la población, la posibilidad de su victoria estratégica es muy remota.
Esta asimetría en recursos materiales y humanos de Ucrania frente a Rusia no puede desdeñarse, y está causando una gran fatiga nacional. Pero más graves son sus problemas internos y la poca confiabilidad en el que ha sido su aliado más consecuente: Estados Unidos. Aunque ha cesado de brindarle apoyo económico, es un proveedor de sofisticados armamentos –ahora pagados por los europeos– y de inteligencia militar.
En el frente interno, un gran caso de corrupción, por la defraudación de más de $100 millones a la empresa estatal de energía nuclear, involucra a personajes muy cercanos al presidente Volodimir Zelenski. Ante la acción de los investigadores, que han gozado de gran independencia, ya renunciaron dos ministros y un ex vice primer ministro; además, un antiguo socio de negocios huyó a Israel antes de ser capturado. Más serio aún, el pasado viernes también se vio obligado a renunciar su poderoso jefe de gabinete, Andriy Yermak, quien también fungía como jefe negociador en las conversaciones de paz.
Nada indica que Zelenski haya estado involucrado en el caso, pero la proximidad de los implicados ha levantado serias dudas, al menos, sobre su eventual tolerancia, descuido o desdén por los bienes públicos, la transparencia y la probidad gubernamental. Esto, por supuesto, lo ha vulnerado internamente, y ha golpeado la moral de los militares y la confianza de la población en su liderazgo. Resultado: una peligrosa debilidad del jefe de Estado en momentos particularmente críticos.
El golpe causado por la baja de Yermak es doble, tanto por su enorme cercanía a Zelenski, como por el impacto que tendrá en la capacidad negociadora ucraniana, en una coyuntura diplomática particularmente comprometida que, nuevamente, se origina en la Casa Blanca.
El 19 de noviembre se filtró un presunto plan de paz secreto de 28 puntos, inaceptable para Ucrania, presuntamente elaborado por el negociador estadounidense Steve Witkoff, con insumos de un delegado ruso. Su contenido parecía seguir un guion definido por Moscú, por la exigencia de cesiones territoriales, reducción en el tamaño de sus fuerzas armadas, renuncia a pertenecer a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y falta de garantías tangibles a su seguridad. Además, contenía una odiosa cláusula mercantilista: otorgar a Estados Unidos el 50% de las ganancias obtenidas en eventuales proyectos de reconstrucción que se financiarían con parte de fondos rusos retenidos en Europa.
La revelación de este documento, que más parecía una capitulación, generó una frenética actividad diplomática de los aliados europeos, encabezados por Alemania, Francia y el Reino Unido y, por supuesto, también del gobierno ucraniano. En pocos días, mediante negociaciones con delegados estadounidenses de alto nivel, entre ellos su secretario de Estado, Marco Rubio, lograron reencauzar la iniciativa.
Un nuevo documento, de 19 puntos, sustituyó al anterior. Aún no se ha revelado en su totalidad, pero es mucho más aceptable para Ucrania como base de negociación. Rusia ha reaccionado con desdén y el “juego” sigue abierto, aun con grandes riesgos, pero también la necesidad de que cese el conflicto de una manera digna, estable, que garantice no solo la integridad y seguridad de Ucrania, sino también de Europa. Porque cualquier cosa que se parezca a una victoria de Putin será un estímulo para agresiones futuras.
En lo inmediato, lo peor en este caso se ha evitado. Sin embargo, se mantienen los riesgos en varios frentes, no solo por la acción del claro enemigo, sino también del aliado casi indispensable, y por la crisis gubernamental del país agredido. Los próximos días serán cruciales.
