Para muchos costarricenses que hoy rondan los 40 años, el periódico no era, en su niñez, algo para ellos. Era un papel grande, ruidoso al doblarse y con un aroma denso y particular que anunciaba que algo importante había llegado a la casa. Las noticias de temas económicos, la política, los editoriales, los avisos clasificados eran territorio de los adultos. Se miraba desde lejos, como se miraba la mesa donde los mayores discutían cosas importantes.
Hasta que, doblada entre esas páginas, apareció en 1992 una familia de dinosaurios de colores que los miraba de frente y les decía, sin palabras, que en aquel ejemplar también había algo para ellos. Los Zumbis no fueron solo una historieta. Fueron, para toda una generación, la primera razón propia para abrir La Nación. El primer pretexto para sentarse a la mesa donde estaban los papás y reclamar, legítimamente, un espacio en esa conversación. Y con el tiempo, casi sin que nadie lo notara, esos niños que llegaron buscando a los dinosaurios se fueron quedando también con las noticias.
Eso es lo que puede hacer un contenido bien pensado dentro de un medio de comunicación: no solo entretener, sino abrir puertas. No solo acompañar, sino unir generaciones. Los Zumbis cumplieron esa función con una naturalidad que pocos proyectos editoriales logran, y lo hicieron semana a semana, durante un largo periodo, construyendo un vínculo que resultó ser mucho más duradero de lo que cualquiera hubiera anticipado.
Treinta años después, esos niños de finales de siglo tienen hijos. Y Los Zumbis regresan.
Y regresan en una era de ultrapersonalización de contenidos en donde cada pantalla le ofrece a cada persona exactamente lo que quiere ver, cuando quiera verlo, sin necesidad de negociar, ceder ni compartir. Los algoritmos son brillantes para encontrarle a cada quien su propio universo de contenidos. Lo que no saben hacer es construir un universo común. Lo que no pueden ofrecer es una mesa donde todos, con sus diferencias, intereses y edades distintas, tengan razón para sentarse. Por eso vale la pena detenerse a pensar qué tenían Los Zumbis que les permitió cruzar esas fronteras con tanta naturalidad durante tanto tiempo.
La respuesta, probablemente, es que nunca fueron diseñados para un solo público. Tenían la profundidad visual y narrativa que los adultos podían apreciar, y la vitalidad y el humor que conquistaban a los más pequeños. No condescendían con nadie. No simplificaban para unos ni complejizaban para otros. Hablaban a todos desde el mismo lugar, y esa es una habilidad creativa que muy pocos contenidos han logrado sostener en el tiempo.
Es precisamente en ese contexto donde el regreso de Los Zumbis al papel impreso adquiere una dimensión que va más allá de la nostalgia. No se trata de rescatar algo viejo porque lo nuevo abruma, ni de rendirle culto al pasado porque el presente desconcierta. Se trata de reivindicar algo que el periodismo impreso puede hacer y que ningún algoritmo de recomendación ha logrado replicar: crear un momento genuinamente compartido. Un punto de encuentro donde la abuela que los conoció en los años 90, el padre que creció con ellos y su hija de ocho años que los descubre hoy tengan, cada uno desde su propia historia y su propio tiempo, una razón para detenerse en la misma página.
Hay en eso una lección que conviene no perder de vista. En una época en que los medios de comunicación enfrentan el desafío de mantenerse relevantes en un ecosistema radicalmente transformado, Los Zumbis nos recuerdan que la relevancia no siempre viene de la velocidad o de la novedad tecnológica. A veces viene de la capacidad de un medio para seguir siendo un espacio de vida compartida, un lugar donde distintas generaciones se reconocen y conviven, aunque sea por unos minutos, alrededor de algo que les pertenece a todos.
Un periódico que ha acompañado a este país durante casi 80 años –que se cumplirán el 12 de octubre próximo– sabe que su vínculo con los lectores no se construye solo con información. Se construye también con esos momentos en que alguien abre la página y siente que ese espacio le habla directamente, que fue pensado para él o ella. Los Zumbis fueron eso para toda una generación. Y tienen, 30 años después, la misma vocación de recordarle a quien los encuentra por primera vez, y a quien los reencuentra con emoción, que este periódico también es para usted.
Este domingo, el olor a tinta vuelve a ser una razón para sentarnos todos en la misma mesa.
