
A poco más de un año de haber iniciado su pontificado, el papa León XIV ha emitido su primera encíclica. Magnifica Humanitas (o Magnífica humanidad) como se titula, se afinca en valores doctrinarios pétreos, pero su fuente esencial es el amplio acervo de la doctrina social de la Iglesia.
Es esta la que coloca la dignidad, en sus dimensiones individual y colectiva, en el centro de sus inquietudes, para analizar cómo se ve afectada por aspectos tan diversos como la economía, el trabajo, las guerras, el ejercicio del poder, las jerarquías sociales, los medios de comunicación, la cultura o la tecnología.
De todos ellos trata Magnifica Humanitas, y ninguno ha sido ajeno a León XIV desde que asumió su cargo, el 8 de mayo del año pasado. Pero, atento a los nuevos retos, su encíclica se centra en “la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial”; es decir, cómo el diseño, difusión, pretensiones, ambiciones y control de esta poderosa herramienta afectan la “magnífica humanidad” que debemos cultivar.
El documento se inscribe en una rica sucesión de textos eclesiásticos que, desde Rerum Novarum –de León XIII, en 1891–, han acentuado la dimensión social de la Iglesia católica. Inspirado en este pontífice, Robert Prevost asumió su identidad papal. Y en honor a su encíclica, escogió el 15 de mayo –cuando se cumplieron 135 años de haber sido emitida– para firmar Magnifica Humanitas, divulgada diez días después.
En ella, León XIV recuerda que, desde aquella fecha, muchos de sus predecesores decidieron asumir “los retos de su época” y, a la luz de los Evangelios, interpretarlos con énfasis en “un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiaridad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad”. Sobre esta base se asienta el gran aporte de su encíclica.
En la IA convergen grandes esperanzas y riesgos aún mayores. Entre las primeras, escribe León XIV, están “las ventajas en términos de eficiencia y las potencialidades de mejora de algunos servicios”, a las que podríamos añadir muchos otros. Sin embargo, no podemos considerar la inteligencia artificial como un “hecho puramente técnico”, porque “cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta sus derechos, oportunidades, reputación y libertad”. Aprovechar sus beneficios, pero sin que lleguen a exacerbar problemas de larga data o, quizá peor, generar otros nuevos y más graves, es un enorme desafío global.
En esta coyuntura, León XIV destaca “la urgencia de un doble compromiso: por una parte, una profundización de la investigación científica; por otra, un ejercicio de discernimiento moral y espiritual”.
Entre sus grandes preocupaciones están que los algoritmos, no las personas, tomen decisiones de vida o muerte; que la desinformación alcance niveles incontrolables; que se promueva el conflicto, y se concentren aún más el poder y la riqueza, sin controles públicos eficaces. A esto añade la posibilidad de que se atrofien el pensamiento y discernimiento individuales; que las relaciones personales pierdan sentido; incluso, que el valor insoslayable de la dignidad humana sea sepultado por el afán de eficiencia técnica o rédito económico.
Desde estas y muchas otras inquietudes, el Papa propone “desarmar” la IA. Lo que implica su llamado es despojarla de sus aristas destructivas; no “renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”, así como “sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable y, por tanto, habitable”.
Para el Pontífice, “un orden social justo en la era digital” es el que garantiza “un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías”.
Lograrlo será muy difícil. El desarrollo casi sin límites de la IA, con su ímpetu hegemónico en tecnología, economía y geopolítica, ya está profundamente inserto en las dinámicas y estructuras de poder. Pero es precisamente por esto que Magnifica Humanitas adquiere particular importancia.
Junto a sus lúcidas reflexiones, propone “cómo, cada uno en su ámbito”, puede colaborar en la construcción de un mundo mejor, desde “la suma de fidelidades pequeñas y tenaces”. Y plantea “cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”.
Es un llamado a ser atendido dentro de cada ser humano, pero, en particular, dentro de cada persona o estructura con capacidad de decisión tecnológica, política y económica. El camino debe partir de una discusión pública intensa, fundada y arraigada en los valores del humanismo. La encíclica constituye un robusto instrumento para estimularla.
