El unilateralismo impositivo, errático y depredador que ha caracterizado la guerra comercial lanzada por Donald Trump semanas después de llegar a la Casa Blanca, alcanzó ayer su máximo nivel, pero no se puede descartar que aún ocurra algo peor, o quizá –muy improbable– algo mejor. Por el momento, el presidente está ganando, al utilizar la enorme fortaleza económica de Estados Unidos para imponer sus reglas e infundadas ideas. Sin embargo, su país y, sobre todo, el resto del mundo, ya estamos perdiendo.
Ayer, al cumplirse la segunda extensión de su plazo para que decenas de países negociaran los llamados “aranceles recíprocos” que anunció el 2 de abril, Trump emitió un decreto con las nuevas tarifas. En algunos casos son mayores; en muchos otros, menores que las iniciales. Sin embargo, en promedio han alcanzado su mayor nivel desde la década de 1930. Más aún, representan un enorme retroceso en las reglas que han prevalecido en el comercio internacional y, por ello, asestarán un golpe particularmente severo a países pequeños y con economías abiertas, como Costa Rica.
Por razones que aún no han sido explicadas, en nuestro caso el arancel subió del 10% al 15%, algo que ningún otro país centroamericano experimentó, y que en América Latina solo afecta a Bolivia y Ecuador.
Brasil constituye un caso especial. Del 10% anunciado en abril, gran parte de sus exportaciones a Estados Unidos pasarán al 50% el 7 de este mes, pero las razones son estrictamente políticas y, claramente, inaceptables. Se trata de un intento por interferir en sus tribunales independientes, para evitar que el expresidente Jair Bolsonaro, afín a Trump, sea condenado por sus intentos de sedición.
Ese porcentaje es el máximo anunciado, pero otros socios comerciales severamente golpeados son Canadá, con 35% de aranceles en múltiples productos; Suiza (39%), India (25%) Taiwán (20%) y Corea del Sur (15%). México logró una prórroga de 90 días para seguir negociando el nuevo régimen arancelario. Con China se mantiene abierto otro proceso negociador, aunque, por el momento, afronta una tasa del 30%.
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Al hacer el anuncio, Trump también dijo que los cambios se aplicarán a partir del 7 de agosto. La razón manifiesta: permitir que las aduanas se adapten; la real: dar un plazo adicional para negociar adicionales. Sin embargo, aunque las ya realizadas lograron reducir fuertes cargas iniciales, el resultado ha sido totalmente asimétrico y perjudicial. Por ejemplo, Japón deberá asumir un arancel general de 15%, con 2,5% adicionales a la exportación de vehículos; la Unión Europea afrontará condiciones similares, y Vietnam, un 20%. Ninguno de esos países establecerá tasas compensatorias.
La estrategia de Trump, si puede llamársele de esa forma, descansa en cuatro tipos de aranceles: el mínimo universal, del 10%; los “recíprocos”, para penalizar superávits (pero también utilizados políticamente); los “sectoriales”, aplicados a ciertos insumos o productos, como el aluminio, el acero, el cobre y los vehículos, y los de trasbordo de mercancías, destinados a evitar que China triangule en terceros países sus exportaciones a Estados Unidos.
Como mayor mercado del mundo y con una dependencia mucho menor del comercio internacional que la mayoría de las economías desarrolladas o emergentes, Estados Unidos posee un músculo desproporcionado para imponer sus condiciones. Desde décadas atrás lo ha tenido, pero su apuesta, hasta ahora, había sido a favor de un comercio internacional abierto, basado en reglas y respetuoso de la principal entidad encargada de aplicarlas: la Organización Mundial del Comercio (OMC). Es decir, había sido un “ciudadano global” responsable y consciente de sus deberes como la mayor potencia mundial.
Tal abordaje, también asentado en la correcta noción de que los crecientes intercambios de bienes y servicios benefician a todos los países, ha sido sustituido por Trump por una política de virtual garrote comercial. Supone, erróneamente, que las barreras arancelarias generarán casi automáticamente incrementos en la producción local, enormes ingresos fiscales y, como resultado, harán “más grande” a Estados Unidos.
A pesar del poco tiempo y la reducida dimensión con que esta política ha sido aplicada, sus resultados negativos ya se sienten. Incluyen el aumento de costos para muchas industrias estadounidenses, alzas en productos de consumo, inestabilidad en los mercados, ralentización en la creación de empleos y retrocesos en el valor del dólar. Peor, todo indica que el impacto será cada vez más negativo, tanto dentro como fuera de sus fronteras.
En toda guerra, las víctimas son múltiples y, en su mayoría, inocentes. Algo así está ocurriendo ahora en el ámbito comercial, siempre ligado al social y político. En este sentido, no existen razones algunas para el optimismo.
