
Como ocurre a menudo en los foros globales que requieren consenso para decidir, la cumbre climática celebrada en la ciudad amazónica de Belém, Brasil, concluyó el pasado sábado con un resultado mixto.
Quienes tenían justas aspiraciones de que lograra compromisos vinculantes de gran calado para frenar el calentamiento global, sufrieron un desaire. Nos declaramos parte de ese grupo. Sin embargo, los delegados de los 194 Estados parte de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP30), reunidos allí durante casi dos semanas, alcanzaron otros acuerdos, que se añaden al lento proceso iniciado con la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro hace 33 años. La diplomacia ambiental sigue viva.
El principal revés fue que la declaración final, negociada en medio de serias disputas, ni siquiera mencionó explícitamente un camino y una meta para eliminar los combustibles fósiles como fuente de energía. En la COP28 de 2023, celebrada en los Emiratos Árabes Unidos, por primera vez se hizo referencia a tal transición, aunque sin plazos definidos. En la de Belém nada cambió.
Los esfuerzos de una coalición de 80 países favorables a las energías limpias, con gran liderazgo de Colombia, Panamá y la Unión Europea, debieron ceder ante la presión de poderosos petroestados, encabezados por Rusia y Arabia Saudita y apoyados por otros de gran influencia, como India y China. Sin embargo, también contaron con el respaldo de una serie de países en desarrollo, temerosos ante el costo de la transición y dudosos sobre el respaldo económico internacional que podrían recibir para darle dinamismo al proceso de cambio energético.
Al final, sin embargo, al menos se evitó un abandono del objetivo y su posible concreción. Brasil, que mantendrá la presidencia de la COP por un año más, se comprometió a trabajar durante ese tiempo para desarrollar dos hojas de ruta, una sobre la sustitución de combustibles fósiles y otra sobre el combate de la deforestación. Ambas son las dos principales fuentes del calentamiento global, y ambas coinciden en el territorio brasileño, que posee el mayor “pulmón” verde del mundo, sin duda bajo amenaza, y también se ha convertido un gran productor petrolero.
Aparte de este compromiso, impreciso en sus resultados potenciales, se produjeron algunos otros logros. El primero, nada despreciable en un contexto geopolítico plagado de incertidumbre, fue que, a pesar de la ausencia de Estados Unidos –o quizá por ella– se logró que la cumbre concluyera con un texto consensuado. De este modo, se mantuvo activo, y con cierto vigor, un mecanismo clave del multilateralismo, precisamente en un ámbito que, como el clima, tiene carácter global y requiere iniciativas de la misma índole.
Otro avance fue el compromiso de los países ricos de triplicar los $300 millones prometidos hace un año para financiar, de aquí hasta 2035, los procesos de adaptación climática de los países en desarrollo más afectados por las consecuencias del calentamiento global, que sigue acelerándose. De hecho, la Organización Meteorológica Mundial documentó que 2024 ha sido el año más caliente desde que se llevan registros. En él, las temperaturas promedio superaron el umbral de 1,5 grados centígrados de crecimiento en relación con el periodo preindustrial, establecido como ideal en el Acuerdo de París de 2015, que presidió la costarricense Christiana Figueres.
Además, por primera vez fue incorporada la variable comercial en las discusiones sobre cambio climático. La iniciativa de China en este sentido se basa más en intereses económicos que ambientales, por ser el principal exportador mundial de vehículos eléctricos y paneles solares. Sin embargo, esto no deslegitima la necesidad de facilitar el comercio de tecnologías y dispositivos esenciales para la transición energética.
También se activaron compromisos voluntarios para reducir las emanaciones de metano, se renovaron los indicadores para la transición climática y fue reconocida la necesidad de combatir la desinformación sobre temas ambientales.
Contrario a lo ocurrido en el pasado, Costa Rica estuvo en una lamentable segunda fila durante las negociaciones. Ni siquiera asistió el ministro del ramo, Franz Tattenbach, reflejo de cuánto el gobierno privilegia la política ambiental, que había sido hasta ahora un compromiso de Estado.
Al margen de la cumbre, Brasil puso en marcha un fondo con aportes voluntarios para proteger los bosques, que ha recibido promesas de contribución por $5.500 millones. Los rendimientos que genere se destinarán a compensar a los países en desarrollo de acuerdo con las hectáreas boscosas protegidas.
Habríamos deseado logros más numerosos, profundos y concretos. Sin embargo, las negociaciones diplomáticas marchan con mayor lentitud que las aspiraciones más lúcidas de la humanidad. La ventaja es que el avance, aunque lento, se mantiene; el gran riesgo es que sea insuficiente para evitar que el calentamiento, mucho más acelerado, nos lleve al borde de la catástrofe.
