
Tras 26 años de complejas y esporádicas secuencias negociadoras, representantes de la Unión Europea y los cuatro miembros plenos del Mercosur –Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay– suscribieron este sábado un acuerdo de asociación con carácter integral y trascendencia múltiple, que rebasa el ámbito geográfico de ambos bloques. Aunque no seamos parte de ellos, debemos celebrarlo.
Cuando esté plenamente en vigencia, creará la mayor zona de libre comercio del mundo, dará impulso a las inversiones mutuas y profundizará sus relaciones políticas y diplomáticas.
Su importancia, sin embargo, va mucho más allá. El acuerdo es, también, una sólida apuesta a la apertura comercial basada en reglas, el multilateralismo y el derecho internacional. Se trata de valores y prácticas siempre importantes y merecedoras de apoyo, pero más aún cuando, como ahora, el mundo afronta graves ímpetus de proteccionismo, arbitrariedad e incertidumbre.
Constituirá también un instrumento con el potencial de reforzar la capacidad de ambos bloques para interactuar de manera más equilibrada con China y Estados Unidos. Los chinos son actualmente el mayor socio comercial del Mercosur, seguidos por Europa y Estados Unidos, y los europeos constituyen su mayor fuente de inversiones.
Para el Mercosur, su relevancia se acrecienta luego de que el gobierno de Donald Trump destacara el dominio estadounidense en el hemisferio americano como pieza esencial de su nueva estrategia de seguridad nacional. La intervención en Venezuela es una clara manifestación de tal ímpetu.
Europa, por su parte, ha debido enfrentar enormes presiones proteccionistas estadounidenses; también su ambivalencia tanto hacia la invasión rusa de Ucrania, como hacia la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pieza clave de la defensa occidental, y, más recientemente, la insistencia en apropiarse de Groenlandia.
Además, tanto los países del Mercosur como de la Unión Europea padecen una política comercial china que, vía enormes subsidios estatales, inunda mercados con productos artificialmente baratos, a menudo en detrimento de sus industrias. Y no pueden descuidar que, bajo el argumento de su declarado respeto al sistema internacional, lo que se esconde es un claro afán de control por parte del régimen de partido único de Beijing.
Sumemos todo lo anterior y entenderemos las relevantes facetas geopolíticas y geoeconómicas del acuerdo.
Su texto fue suscrito el sábado en Asunción, capital paraguaya, por el comisario europeo de Comercio y Seguridad Económica, y los cancilleres de Paraguay –presidente pro tempore del Mercosur–, Argentina, Brasil y Uruguay. Como testigos de honor asistieron sus mandatarios, salvo el brasileño, y los presidentes del Consejo de Europa y la Comisión Europea, a quienes se unieron, como invitados especiales, los de Bolivia y Panamá.
En conjunto, la UE y el Mercosur constituyen un mercado de 720 millones de habitantes, y sus economías suman alrededor del 25% del producto interno bruto (PIB) y el 35% del comercio global. El pilar comercial-financiero del acuerdo, el de mayor impacto tangible, establece que el 92% de los aranceles mutuos serán reducidos progresivamente, hasta quedar libres en un plazo de 15 años, aunque con cuotas para los sectores más sensibles. A este componente se une un pilar político, destinado a promover la democracia y los derechos humanos, y otro de cooperación, centrado en el impulso al desarrollo integral.
Las negociaciones hacia el acuerdo, que comenzaron en 1999, concluyeron, al fin, en diciembre de 2024. Se abrió entonces el proceso para su aprobación, que ha sido particularmente difícil en Europa, por sus complejos mecanismos institucionales y el gran poder de grupos agropecuarios en algunos países, radicalmente opuestos a su articulado.
Tras el visto bueno de la Comisión, que actúa como órgano ejecutivo de la UE, logró el apoyo del Consejo, que representa a los Estados. Austria, Francia, Hungría, Irlanda y Polonia se opusieron, pero no lograron sumar los votos necesarios para bloquearlo. El camino quedó entonces listo para la firma oficial. Fue lo que ocurrió este sábado. Ahora falta que sea aprobado por el Parlamento Europeo. Además, requerirá la de los parlamentos nacionales, tanto europeos como suramericanos, para su vigencia en cada país.
El proceso llevará meses. Las perspectivas para su vigencia son muy favorables. Su impacto tardará en sentirse. Sin embargo, ya se ha abierto una nueva etapa en las relaciones entre tan importantes bloques económicos y políticos. Y el mensaje proyectado al mundo resulta esencial.
Como escribió Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, en un artículo publicado por el diario español El País, “en un mundo que lidia con la incertidumbre económica y la fragmentación geopolítica, la Unión Europea y Mercosur generan algo distinto: vínculos de confianza que se nutren de la estabilidad y la previsibilidad, con un amplio mercado integrado y basado en el Estado de derecho”. Que así sea. Es un ejemplo por seguir en todas partes, que no debe pasar inadvertido en Costa Rica.
