
Recientemente, recibimos los resultados de las pruebas PISA con algún alivio parcial: los resultados mejoraron en ciencias y se mantuvieron relativamente estables en matemáticas. El diagnóstico escolar sobre infraestructura, docentes y materiales fue desarrollado en un editorial previo, sin embargo, hay un síntoma que requiere atención y acción especial: la lectura.
Si bien el resultado sobre lectura en las pruebas prácticamente no se movió, al pasar de 415 a 416 puntos, una diferencia estadísticamente irrelevante, detrás de esa cifra hay un dato que debe encender todas las alarmas: casi la mitad de los estudiantes de 15 años (un 47%) no alcanza el nivel mínimo de comprensión lectora. No se trata de que lean poco o lean mal ciertos textos complejos, sino de que casi uno de cada dos adolescentes costarricenses no logra extraer con solvencia el sentido de lo que tiene enfrente.
Ese resultado no llega solo. Semanas atrás, la Encuesta Nacional de Cultura había revelado que el hábito de la lectura se redujo entre la población adulta y que la cantidad de personas que leen libros cayó un 15% respecto a los resultados previos disponibles de 2016. Estos números permiten concluir que, en 2026, leemos mal y leemos poco.
Conviene situar el dato en su contexto regional, donde la mayoría de los países latinoamericanos retrocedió en lectura respecto de 2022. Costa Rica es de las pocas excepciones que mejoraron, aunque sea de forma marginal, mientras la OCDE tocó su nivel más bajo registrado en lectura desde que existe a prueba. Es decir, comparado con su vecindario, algún entusiasta podría concluir que al país no le va mal, pero ese es el tipo de “consuelo de tontos” que se debe evitar, porque estar mejor que otros dentro de un deterioro generalizado no equivale a estar bien.
La coincidencia entre el estancamiento en las aulas y la caída del hábito lector en los hogares no es casual, aunque sea difícil demostrar con precisión cuál causa qué. Como reportó el Semanario Universidad, el Estado de la Educación coincide en que los estudiantes que mejor rinden en las pruebas son los que más leen, los que crecieron con libros en la casa y en la escuela, los que aprendieron temprano que leer puede ser un placer y no solo una obligación.
Esa correlación importa porque la lectura no es un adorno cultural ni un lujo de humanidades; es la herramienta con la que un ciudadano distingue un argumento de una consigna, o una propuesta sensata de una vacía, o adquiere las capacidades básicas para identificar una noticia falsa. Sin comprensión lectora sólida, no hay pensamiento crítico posible, y sin pensamiento crítico, la democracia queda a merced de quien grite más fuerte, simplifique mejor, mienta con más aplomo o tuerza más la realidad frente a un electorado sin recursos cognitivos para verificarlo.
El país carece de una política pública sobre el libro y la lectura. El Consejo Nacional de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas existe en el papel, pero opera sin recursos, capacidad e incidencia real.
La Feria Internacional del Libro y la Fiesta de la Lectura, recientemente celebradas, conviven sin articulación, cada una por su lado y en fechas inconvenientemente cercanas, pese a las peticiones de libreros y gestores culturales de espaciarlas en el tiempo. Algunas librerías tradicionales han comenzado a cerrar sus puertas, víctimas del cambio en los hábitos de consumo. El ecosistema de la lectura es frágil y nadie parece estar urgido por sostenerlo.
A ese vacío institucional se suma otro vacío: el que deja la lectura al desplazarse a la pantalla. Los lectores de periódico impreso cayeron a una fracción de lo que eran hace una década, mientras el consumo digital se triplicó, pero leer un feed o informarse con reels de 30 segundos no es equivalente a leer un texto completo y, sobre todo, a entenderlo. El algoritmo no exige comprensión, solo reacción, y se enfoca en reforzar lo que el usuario ya cree. Ese cambio en la forma de consumir información es el terreno donde crece la desinformación.
Costa Rica ha construido, durante décadas, un relato de excepcionalidad como país educado y alfabetizado, sin ejército, pero con escuelas. Ese relato sigue siendo útil como aspiración, pero cada vez encaja menos con la evidencia disponible.
Se puede votar sin comprender la opción por la que se vota; se puede opinar en redes sociales sin haber siquiera abierto la noticia que se comparte y se puede sostener una democracia formal mientras se erosiona silenciosamente la capacidad ciudadana de leer el mundo con criterio propio y no con el que el algoritmo presenta ya masticado.
Lo cierto es que los resultados ya están a la vista y no parecen ser promisorios cuando la mitad de nuestros adolescentes no entiende del todo lo que lee y la mitad de sus adultos ya ni lo intenta.
