
Las palabras importan, y cuando provienen del presidente de Estados Unidos, importan todavía más. Por eso, no puede quedar flotando en el aire, como si fuese una verdad válida, la afirmación con la que Donald Trump desdeñó el liderazgo de la dirigente opositora de Venezuela y ahora Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado.
La displicente frase pronunciada el sábado, en su residencia en Mar-a-Lago, Florida, tras la captura, en Caracas, del dictador Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, pretende generar una lectura tergiversada: “Creo que sería muy difícil para ella ser líder. No tiene el apoyo ni el respeto del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”, dijo Trump.
Esa categórica afirmación contradice lo que el mundo y los propios venezolanos han visto en los últimos años: una mujer que emergió como figura central al lograr lo que durante décadas parecía inalcanzable, que era organizar y conducir a una oposición –crónicamente fragmentada– en torno a una estrategia electoral, cívica y democrática frente a la dictadura.
Lo hizo bajo acoso permanente del régimen, desafiando una inhabilitación política de 15 años diseñada explícitamente para sacarla de la competencia por la presidencia de la República en los comicios del 28 de julio de 2024. No solo arriesgó su vida, sino que se vio obligada a permanecer 16 meses en la clandestinidad para evitar ser arrestada. Ese es un costo personal que pocos líderes están dispuestos de asumir. A diferencia de otros dirigentes que optaron por el exilio, Machado se mantuvo dentro del país, sostuvo la movilización ciudadana y, cuando el régimen le cerró la vía para competir en las elecciones, impulsó una candidatura alternativa, la de Edmundo González Urrutia, que canalizó ese respaldo social, preservó la unidad opositora y mantuvo viva la denuncia democrática.
El propio chavismo es la mejor prueba de su peso político. Los regímenes autoritarios no inhabilitan a figuras irrelevantes. Inhabilitan a quienes representan una amenaza real. La decisión de sacarla de la contienda fue una confesión de temor. Aun así, Machado siguió siendo el motor político de la campaña opositora, acompañó el proceso y encabezó la denuncia del fraude cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) proclamó una reelección fraudulenta de Maduro sin presentar una sola acta electoral que comprobara los votos.
Por el contrario, Machado y González sí lo hicieron. En una arriesgada misión, con el respaldo de cientos de voluntarios organizados por la oposición, recopilaron 24.532 actas, equivalentes al 81,7% del total, con las que acreditaron el triunfo con el 67% de los votos. El Centro Carter confirmó la autenticidad de esos documentos y los presentó desde octubre de 2024 ante el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Washington.
A ese liderazgo interno se suma el reconocimiento internacional que le dio el Comité Noruego del Premio Nobel, que, en su declaración, acredita legitimidad política y moral a Machado al destacarle la capacidad de articular una oposición dividida, de sostener una estrategia democrática bajo represión y de mantener encendida la llama de la democracia en un contexto de creciente oscuridad.
Aquí conviene introducir un matiz para no caer en simplificaciones. Una cosa es el liderazgo político y otra, distinta, la capacidad inmediata de controlar el aparato del Estado, las fuerzas armadas o garantizar una transición sin sobresaltos. Es legítimo que Washington evalúe escenarios de estabilidad, gobernabilidad y riesgo. Es razonable debatir si la oposición cuenta hoy con el músculo institucional para asumir el poder sin apoyo externo significativo. Lo que no es legítimo es convertir ese debate en una descalificación personal falsa.
No se trata tampoco de canonizar a Machado ni de blindarla frente a críticas. Como toda líder política, ha cometido errores y tomado decisiones discutibles, algunas de ellas en su infructuoso intento por ganar respaldo de Trump.
Empero, ninguna de esas críticas justifica afirmar que no tiene respeto ni apoyo. En Venezuela, la oposición ha tenido un rostro, una estrategia y un liderazgo reconocibles y desconocerlo es injusto. Por eso, hacemos nuestras las palabras del presidente del Comité Noruego del Nobel, Jorgen Watne Frydnes: “Cuando se escriba la historia de nuestra época, no serán los nombres de los gobernantes autoritarios los que destaquen, sino los nombres de quienes se atrevieron a resistir”.
Insistimos, igualmente, en un punto medular que planteamos en el editorial del propio 3 de enero, titulado “Celebramos la caída de Maduro, pero se abre una inquietante incertidumbre”: Esa acción militar solo será políticamente justificada si conduce a una transición democrática –y ojalá pacífica–, que devuelva a los venezolanos la libertad y la capacidad de decidir por sí mismos el destino de su país. El primer paso debería ser, si desaparece el régimen, transferir el poder con rapidez a Edmundo González, el triunfador del proceso electoral usurpado, acuerpado por la indisputada líder opositora María Corina Machado.
