
Desde hoy, y durante seis semanas y media, la atención del mundo tendrá un cambio notorio. No desaparecerán las preocupaciones por las tensiones geopolíticas, los conflictos entre potencias, las guerras, los altos precios del petróleo y alimentos o el calentamiento global. Pero en medio de tantos focos de justificada inquietud, se encenderá la llama emocional, integradora, lúcida y profundamente universal del Campeonato Mundial de Fútbol.
Su primera edición, organizada en 1938 por el francés Jules Rimet, se celebró en Uruguay, que se coronó campeón. A partir de entonces, el Mundial ha sido tanto la gran vitrina de un deporte lleno de belleza, genialidad y emoción, como símbolo de esperanza en la capacidad humana de coincidir y disfrutar desde las diferencias. El fútbol es competencia, pero también convergencia; por ello, portador de un implícito mensaje de paz, valor que necesitamos con urgencia.
Cada Mundial debería reflejarlo con fuerza. En esta oportunidad, sin embargo, ha sido ensombrecido de múltiples maneras. La esperanza es que, aun así, el deleite de cientos de miles de personas en todos los confines de la Tierra –incluido nuestro pequeño y ausente país— sea pleno y se sobreponga a las desmesuras, discrepancias, conflictos, persecuciones y sospechas de corrupción que han salpicado el proceso.
Por primera vez, los anfitriones serán tres países: Canadá, Estados Unidos y México, que alcanza el récord de haberlo acogido tres veces. Habrá tres ceremonias de apertura: la de hoy, en el emblemático Estadio Azteca, previa al partido México-Sudáfrica, y mañana en Toronto –donde Canadá se enfrentará a Bosnia y Herzegovina– y Los Ángeles, con el partido entre Estados Unidos y Paraguay. En todos los casos, habrá derroche de espectáculos musicales.
La duración será mayor que nunca, para dar cabida a 104 partidos y 48 equipos, 16 más que en las fechas más recientes. Las entradas han alcanzado precios exorbitantes, hasta cuatro veces más caras que en Catar 2022, y decenas de miles de dólares para los lugares especiales de la gran final, el 19 de julio, en el estadio MetLife, de Nueva Jersey.
Por primera vez en la historia mundialista, el cierre emulará los guiones del Super Bowl, con estrellas como Shakira, Madonna y BTS (el grupo pop surcoreano). Junto a otras, estarán en escena durante el medio tiempo, y aún no está claro si se extenderá más allá de los 15 minutos reglamentarios.
La mayoría de los aficionados ha reaccionado con sinsabor. Pero la queja por estos cambios palidece ante otros problemas.
Los tres países anfitriones enfrentan grandes tensiones comerciales, exacerbadas por la próxima renegociación de su tratado de libre comercio. México continúa recibiendo fuertes presiones y amenazas –sobre todo en temas de seguridad– del presidente Donald Trump. Al equipo de Irán, país con el que está en guerra, Estados Unidos le impidió tener sede en su territorio, pese a que sus partidos en la fase de grupos serán en Los Ángeles y Seattle. La nueva base será en Tijuana, al sur de la frontera.
A Omar Artan, somalí designado como árbitro africano del año, que pitaría varios encuentros, se le impidió el ingreso en el aeropuerto de Miami, y la FIFA se desentendió de su situación. Durante la ceremonia de sorteo, el 5 de diciembre anterior, Gianni Infantino, su polémico presidente, entregó a Trump un recién creado “Premio a la paz”. Difícil saber las razones. La dificultad de obtener visas estadounidenses, sumada a los costosos boletos, ha reducido la presencia de muchas nacionalidades. A esto se suma el temor de redadas migratorias en las afueras de los estadios.
México, el más entusiasta por el fútbol entre los anfitriones, ha sido golpeado por varios episodios violentos. Guadalajara, una de sus sedes, lo es también del Cartel de Jalisco Nueva Generación. Aunque la expectativa es que no atente contra su tranquilidad, el temor existe y se ha convertido en elemento disuasorio, sobre todo para los extranjeros. Canadá, con civilidad y paz, presenta otro desafío: la menor falta de interés de su población.
En estas condiciones, el Mundial será un espejo con dos caras: la brillante de comunión universal, sin duda, pero también la oscura de los conflictos, la arrogancia del poder y el comercialismo extremo.
La ausencia de nuestra Selección es un justificado motivo de frustración nacional. A pesar de que la clasificación automática de Canadá, Estados Unidos y México despejó el camino en la Concacaf, no fuimos capaces de completarlo. Curazao y Haití, países sin tradición futbolística, con escasísima población el primero y sumido en el desastre el segundo, nos superaron.
De cualquier modo, sobran motivos para dar la bienvenida al Mundial de Fútbol. A las frustraciones y alegrías que generará. A estrategias y espontaneidad que se pondrán de manifiesto. A la disciplina colectiva y creatividad individual. Al orgullo del triunfo o la frustración de la derrota. A la estética que nunca riñe con la emoción. Es decir, al deporte maravilloso que es el fútbol. Disfrutémoslo.
