
En un informe publicado el 12 de marzo, la Agencia Internacional de Energía, máxima autoridad mundial en la materia, lo dijo con alarmante claridad: “La guerra en el Medio Oriente está produciendo la mayor disrupción en la historia del mercado petrolero mundial”. Mencionó una zona, y no solo un país –Irán–, por algo obvio: desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la “Operación Furia Épica” en su contra, la dimensión militar del conflicto envolvió la región y a sus habitantes, mientras las repercusiones económicas y geopolíticas han impactado a todo el mundo.
La pavorosa Caja de Pandora sobre la que advertimos en nuestro editorial del 1.º de marzo, un día después iniciarse el conflicto, se abrió con inusitada furia. Su impacto disruptivo ha sido creciente, en una dinámica de acción-reacción difícil de controlar. A menos de que el conflicto termine con rapidez, su efecto acumulativo será cada vez mayor y peor.
Hasta el 18 de marzo, según cifras de las respectivas autoridades, las muertes de civiles llegaban a 1.348 en Irán, a 900 (o más) en Líbano, otro frente de lucha, y a 14 en Israel. Las de militares estadounidenses suman 13.
El precio del barril de petróleo Brent, estándar mundial, hace días superó la barrera de los $100; antes de la guerra estaba por debajo de $70. El alza en el gas ha sido mayor, lo mismo que en los fertilizantes, altamente dependientes de los centros de producción en el golfo Pérsico y de su paso por el estrecho de Ormuz, que Irán controla, hacia los consumidores globales.
El impacto de este agudo shock es dispar, pero nadie se salva de la disrupción generalizada en las cadenas de suministros, la volatilidad en los mercados financieros y bursátiles, el incremento en costos, las presiones inflacionarias, el posible aumento en las tasas de interés y los riesgos de recesión.
Ni siquiera Estados Unidos, el mayor productor mundial de hidrocarburos y exportador neto, se salva de la oleada de contagio. El lunes, Joseph Stiglitz, premio nobel de economía en el 2001, advirtió sobre el riesgo de estanflación en ese país; es decir, la mezcla de estancamiento e inflación.
La escalada en precios que ya está ocurriendo, más la incertidumbre generalizada en la economía estadounidense, ha encendido las alarmas de la Casa Blanca, por su impacto político. En noviembre habrá elecciones de medio periodo para renovar un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. El incremento en el costo de vida es un tema crucial para los votantes y puede reducir aún más las posibilidades de que el oficialista Partido Republicano retenga su control. De aquí las frenéticas acciones del presidente Donald Trump para controlar daños. Sin embargo, ante la magnitud del conflicto, han sido poco eficaces, y también han debilitado aún más la credibilidad de sus políticas internas y externas, al tiempo que crecen las tensiones con los aliados.
A contrapelo de Europa, eliminó el embargo a la venta de petróleo ruso. Resultado: cientos de millones de dólares más para el régimen agresor de Moscú, sin reducción hasta ahora en los precios. Exigió ayuda, no solo a países tradicionalmente amigos, como Alemania, Francia y Reino Unido, sino incluso a China, para reabrir el estrecho de Ormuz. Cuando todos se negaron, amenazó a los países de la OTAN y pidió postergar una ansiada reunión, prevista para finales de este mes, con el presidente chino, Xi Jinping, aunque luego dijo que era para concentrarse en el conflicto.
Cuando se le señaló que esa solicitud de ayuda contradecía su retórica triunfalista, cambió de discurso: aseguró que no la necesitaba y que se trataba de una “prueba de lealtad”.
Las monarquías del Cercano Oriente, aliadas transaccionales, resienten que desoyera sus advertencias contra guerra, que no les consultara antes de iniciarla y las convirtiera en los principales blancos de Irán. Tampoco Europa y Canadá tenían idea de que, en medio de una nueva ronda de negociaciones bilaterales estadounidense-iraníes sobre el programa nuclear, vendrían los ataques.
Es fácil saber cómo comienzan las guerras, pero no cómo ni cuándo terminan. Pero lo menos que se espera de quienes las inician es que tengan objetivos claros y una estrategia de salida. En este caso, ha sido lo contrario, al menos de parte de Estados Unidos, porque sobre Israel hay pocas dudas: se trata, simplemente, de hacer colapsar el sistema, no importa el costo.
Los objetivos declarados de Trump han sido cambiantes e imprecisos: derrocar al régimen, destruir su programa nuclear (aunque dijo que lo había hecho con sus bombardeos, junto a Israel, en junio del pasado año), eliminar sus misiles, debilitar su capacidad militar... Ahora parecen reducidos a reabrir el estrecho de Ormuz, cuyo cierre es consecuencia de los ataques.
A pesar del éxito operativo de la ofensiva estadounidense-israelí, Irán mantiene una enorme capacidad disruptiva. La brutal estructura de mando y represión ha resistido, a pesar de la eliminación de sus principales figuras. Nada indica que vaya a rendirse. Y no parece existir, de parte de los atacantes, un claro plan sobre lo que podría seguir. Todo esto multiplica el impacto global del conflicto. No es una guerra mundial, pero todo el mundo, en grados diferentes, la está padeciendo.
