
Como país y sociedad, desde hace años Cuba se precipitó en una pendiente hacia el colapso sin retroceso ni pausa. Esta se aceleró durante los últimos meses, entró en caída libre en enero y ahora se acerca a la catástrofe. Contrario a otros momentos de crisis, el régimen, y no solo la población, se están viendo arrastrados por ella.
Lo que puede convertirse en el toque de gracia nacional es el cese de los envíos petroleros desde Venezuela, en diciembre, y desde México, a principios de enero. Según cálculos de analistas independientes, las reservas apenas llegarán hasta marzo. Sus implicaciones tocan una multiplicidad de áreas críticas. Sus repercusiones se aceleran día a día.
Desde el 29 de enero, luego de capturar a Nicolás Maduro, tomar control del petróleo venezolano y mediatizar a su dictadura, el presidente estadounidense, Donald Trump, puso la mira en Cuba. Con la amenaza de imponer aranceles del 25% a los países que le provean de hidrocarburos, forzó la suspensión de los envíos mexicanos, que ya el año pasado habían sustituido en volumen a los venezolanos.
El impacto ha sido en cascada. Su ejemplo más notorio, y además letal, anunciado el lunes, fue el cese en el suministro de combustible a los aviones que aterrizan en la isla. Forzó a varias aerolíneas a suspender sus vuelos; entre ellas Air Canadá, país del que proceden los mayores grupos de turistas.
Consciente de los enormes riesgos que enfrenta, el presidente Miguel Díaz-Canel, cabeza visible de la anquilosada nomenclatura gobernante, declaró el 5 de este mes estar dispuesto a “dialogar” con Estados Unidos, “sin condiciones” y “sobre cualquier tema”. Todo indica que los contactos ya se han activado, pero prevalece una gran incertidumbre sobre su desarrollo y eventuales resultados.
Una gran duda es si las conversaciones y presiones derivarán en arreglos “a la venezolana”, es decir, mantener una parte de la cúpula de poder a cambio de obediencia a la Casa Blanca, o si, como debería ser, conducirán al inicio de un verdadero proceso de transición hacia la democracia. Lo cierto es que el grupo en control siente que su existencia está en serio riesgo, y que ya no podrá aislarse de la caída en espiral impuesta por años a la población.
La crisis inmediata es resultado de las presiones estadounidenses. De esto no hay duda. Sin embargo, su acelerado proceso viene de mucho antes, y se ha precipitado por un colapso múltiple y creciente, que no se relaciona con culpables externos, sino con la incapacidad, rigidez, insensibilidad, intolerancia, control ciego y sistemática represión de la dictadura de partido único.
El colapso de Cuba tiene muchas facetas.
Es demográfico. Según los cálculos más confiables, su población se ha reducido en un 20% durante los cuatro últimos años, por una mezcla de emigración (de los más jóvenes), reducción en nacimientos y muertes que los superan. Hoy es uno de los países más envejecidos y empobrecidos del hemisferio.
Es económico, con una caída acumulada del 25% en el producto interno bruto (PIB) entre 2020 y 2025. La afluencia de turistas, que junto a las remesas es su principal fuente de ingresos, se ha desplomado de un pico cinco millones en 2018 a apenas 1,8 millones, el año pasado.
Es energético, y la población lo siente desde hace años: apagones recurrentes y prolongados, falta de medios de transporte, y severa reducción o paralización de actividades productivas, educativas, culturales y hospitalarias. Su origen está en vetustas centrales térmicas con pésimo mantenimiento, líneas de transmisión inestables y la falta de combustible.
Es también sanitario. La proliferación de enfermedades infecciosas, como dengue, chikunguña, oropouche y leptospirosis, ha sido extrema; la carencia de medicinas, crónica; la desnutrición, extendida.
La suma de estos y otros retrocesos inducidos configura la mayor crisis humanitaria –entre muchas– padecida durante los 67 años de un régimen que solo mantiene funcionalidad en su sistema represivo; que quebró su cohesión social, destruyó la capacidad productiva del país y lo convirtió en un Estado parásito. Primero, lo fue de la Unión Soviética; luego, de Venezuela y, en menor medida, de México, que a su retórica “solidaria” nunca añadió llamados a la democracia.
Cerradas ahora casi todas las fuentes de sostén, sin capacidad para generar divisas suficientes, y con una presión extrema de Estados Unidos, el colapso se ha acelerado y parece encaminarse a una etapa terminal con tintes de catástrofe.
Como siempre, el pueblo cubano sufrirá aún más. Es necesario hacer lo posible por ayudarlo. La ayuda humanitaria directa debe ser impulsada y bienvenida, pero no el oxígeno para que el régimen, de nuevo, se sostenga en el poder a costa de la gente. Esto solo prolongaría la crisis.
Cuba necesita un cambio urgente, profundo y ojalá ordenado, que detenga el colapso de manera definitiva y abra horizontes para iniciar un laborioso proceso de restauración nacional, con justicia y libertad. Para lograrlo, la condición indispensable, aunque no suficiente, es el fin de la dictadura. Confiamos en que se produzca a corto plazo.

