
Durante la campaña política que concluyó el domingo en Colombia, Paloma Valencia, candidata de la derecha tradicional, insistió en la necesidad de seguir el “camino largo”, el del “trabajo y el conocimiento”, y pidió hacerlo “sin realismo mágico o milagros”. Sus compatriotas no le prestaron atención. Al contrario, se inclinaron abrumadoramente por las dos propuestas más simplistas y polarizantes.
Como resultado, la segunda ronda, el 21 de este mes, se definirá entre dos candidatos que representan visiones radicalmente distintas, beligerantes y excluyentes en varios aspectos, de lo que deben ser el gobierno y el sistema sociopolítico en un país con creciente violencia, alta desigualdad, agudas diferencias regionales y debilitada capacidad de diálogo. A más y mayores divisiones, más difícil será lidiar con sus problemas.
De un lado está Abelardo de la Espriella, abanderado de una derecha visceral, sin experiencia política, con pasado polémico y retórica violenta; del otro, Iván Cepeda, senador de izquierda, continuador del conflictivo presidente Gustavo Petro y de muchas de sus fallidas y cuestionadas políticas económicas, sociales y de seguridad.
Según los resultados preliminares –que tardarán unos días en oficializarse–, entre ambos alcanzaron casi el 85% de los votos: 43,74%, de la Espriella, y 40,90%, Cepeda. Valencia apenas rozó el 7%, mientras que el centrista Sergio Fajardo obtuvo el 4,26%. El resto se lo dividieron otros diez candidatos. Aunque el abstencionismo bajó tres puntos porcentuales, la participación del 58% estuvo muy por debajo del promedio latinoamericano, señal de un inquietante desapego cívico.
El enorme antagonismo entre ambos no solo es programático, sino también personal y verbal. De la Espriella, carismático y explosivo en estilo, se declara admirador de Nayib Bukele, el autócrata salvadoreño al que emula en apariencia personal y propuestas represivas. Cepeda, rígido y apegado a los discursos leídos, se identifica con José Mujica, el austero, apacible y ya fallecido presidente uruguayo que idolatran múltiples sectores de la izquierda hemisférica.
Si, durante la primera etapa de la campaña, la tensión alcanzó niveles poco vistos en una Colombia curtida por décadas de conflictos, la que se abrió al conocerse los primeros resultados ha alcanzado niveles alarmantes, casi de no retorno. Hoy no se puede descartar que la crispación, descrédito y desconfianzas crecientes conduzcan al abismo de una generalizada violencia civil. Este es el riesgo inmediato. El de mediano plazo será la capacidad que puedan tener Cepeda o de la Espriella para gobernar en medio de las acentuadas rupturas.
Desde el domingo, el presidente Petro, haciendo gala de su intemperancia verbal, cuestionó los resultados preliminares. El martes insistió en sus denuncias de fraude, a pesar de que las misiones electorales de la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos avalaron la transparencia del proceso. Cepeda se le sumó inicialmente, pero pronto se contuvo.
De la Espriella llamó a Cepeda “narcoterrorista”, lo acusó de ser aliado de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y lo calificó, junto a Petro, como “un par de delincuentes”. Su contrincante ha respondido acusándolo de representar el “fascismo mafioso” y de ser un “estafador de estafadores”, en referencia a cuestionadas personalidades que ha defendido como abogado y a una fortuna difícil de explicar.
En medio de tantas diferencias irreconciliables, y de cara a los grandes retos de Colombia, será fundamental el papel que jueguen las instituciones para, al menos, evitar el desastre. El Congreso, elegido el 8 de marzo, está conformado por fuerzas políticas más asentadas. Pacto Histórico, de Cepeda, tiene la mayor representación en el Senado y la Cámara de Representantes, aunque muy lejos de la mayoría, seguido por Centro Democrático, el partido de Paloma Valencia. Movimiento de Salvación Nacional, que apoyó a de la Espriella, es la novena fuerza, mientras que Defensores de la Patria, su otra plataforma, carece de representación.
Por representar a dos mitades casi iguales del electorado, y por la necesidad de obtener apoyos legislativos, ambos deberán forjar acuerdos para poder gobernar. La gran incógnita es si apostarán a esa ruta, la única sensata, o preferirán acentuar aún más la confrontación, aunque sea a costa de un quiebre institucional. Sería lo peor para Colombia. Pero aun sin este enorme extremo, el futuro que se le presenta es altamente preocupante.
