Las elecciones generales celebradas el domingo en Brasil marcaron un movimiento pendular hacia la derecha, confirmaron la aguda polarización de su población, consolidaron a los partidos Liberal (PL) y de los Trabajadores (PT) como los polos dominantes a escala nacional y mantuvieron la fragmentación en ambas cámaras del Congreso.
El senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, candidato presidencial del PL e hijo mayor del expresidente Jair, alcanzó el 47% de los votos. El actual mandatario izquierdista, Luiz Inácio Lula da Silva, del PT, próximo a cumplir 81 años, sumó el 45,1%. Ambos deberán competir de nuevo en segunda ronda, el próximo domingo 25, al igual que los candidatos a gobernador que, como ellos, no superaron el 50% de apoyo.
La importancia de estas elecciones rebasa por mucho las fronteras brasileñas. Si, como parece más probable, Bolsonaro logra llegar a la presidencia, el país más extenso, poblado y fuerte económicamente de América Latina se sumará a la ola derechista prevaleciente en el hemisferio. Un triunfo de Lula, en cambio, implicaría una importante barrera.
Además de la presidencia, los cargos en disputa fueron 27 gobernaciones, la totalidad de los 523 escaños de la Cámara de Diputados y 54 (o dos tercios) de los 81 puestos del Senado, además de 1.059 diputaciones estatales.
De los diez candidatos presidenciales restantes, solo tres (de centro y derecha tradicional) superaron el 2% de apoyo. Incluso si se mantuvieran neutrales ante la segunda ronda, es muy posible que sus votantes se inclinen por Bolsonaro, lo cual hace en extremo difícil una remontada de Lula. Su única carta viable, aunque difícil, sería movilizar a una buena parte del 21,08% del electorado que no acudió a votar en la primera vuelta, el mayor porcentaje en primera ronda desde las elecciones de 1998.
La escisión del electorado en dos bloques políticos profundamente antagónicos no solo es política. Se reflejó también a escala regional, con matices socioeconómicos: mientras el PT logró mantener su fuerza en el empobrecido nordeste del país, el PL se impuso en el resto, mucho más próspero.

El PL, además, se convirtió en el principal partido del Senado y la Cámara de Diputados, aunque sin mayoría. Para aprobar legislación y, sobre todo, impulsar cambios constitucionales o juicios políticos, que requieren votaciones calificadas, deberá negociar con otras fuerzas. La más numerosa en la fragmentada Cámara es la alianza conocida como Centrao, en la que convergen partidos tradicionales de centro y derecha moderada.
Bolsonaro planteó un mensaje derechista en extremo conservador, con fuertes tintes populistas, mesiánicos y autoritarios, y guiños –por confirmar– a la libertad económica y el control del gasto público.
Su principal móvil de campaña, sin embargo, fue impulsar el indulto de su padre Jair, quien cumple una condena de 27 años por orquestar un golpe de Estado para mantenerse en el poder tras perder la reelección ante Lula en 2022. Además, hace gala de su cercanía con el presidente estadounidense, Donald Trump, quien ha interferido a su favor, y cuenta con el activo respaldo de una amplia y poderosa red de iglesias evangélicas.
Con miopía, Lula bloqueó una renovación oportuna de su liderazgo, compitió por su reelección inmediata y un posible cuarto periodo presidencial (los dos primeros fueron entre 2003 y 2011). Impulsó un mensaje de continuidad, justicia social, separación entre religión y política, y reafirmó el papel del Estado en la estrategia de crecimiento, a partir de la fabulosa riqueza agrícola, petrolera y mineral del país.
También insistió en la defensa de la soberanía frente a las injerencias de Trump. Sin embargo, fue omiso sobre el exagerado incremento del gasto público, la elevada deuda, las altas tasas de interés y la presión que estas ejercen sobre el mayor endeudamiento de los hogares y el nivel de precios.
Más allá de sus propuestas, la corrupción se mantiene como una corrosiva variable de la gobernabilidad. El último escándalo, relacionado con el colapso de un banco, ha tocado a Bolsonaro, algunos magistrados de la Corte Suprema y aliados de Lula, aunque no a él de manera directa.
En medio de este panorama, resulta lamentable que, debido a las fracturas reales e inducidas, y al poder de las maquinarias electorales del PL y el PT, los brasileños debieran escoger entre dos males. De un lado, está el regreso hacia un populismo personalista que amenaza la democracia, fomenta las divisiones y estimula la injerencia externa en la política nacional; de otro, un inmovilismo –también personalista y, además, avejentado– contrario a la apertura y la sensatez económica, y desdeñoso de la disciplina fiscal. Por algo el enorme nivel de abstencionismo.
Lula sería el mal menor, pero no por ello estaría en capacidad de propiciar el salto de progreso inclusivo por el que los brasileños siempre han esperado.
Brasil, en serio y en broma, ha sido catalogado como “el país del futuro”, pero que no llega. Nos tememos que, con esta elección, la espera se mantendrá. Incluso, podría haber reflujos al pasado.
