Editorial

Editorial: Alimentos sin provecho

Podríamos estar desperdiciando 365.609 toneladas anuales de alimentos, equivalentes al 11,6 % del total disponible para el consumo

Si la media de Latinoamérica y el Caribe vale para Costa Rica, podríamos estar desperdiciando 365.609 toneladas anuales de alimentos, equivalentes al 11,6 % del total disponible para el consumo. Expertos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) y la Secretaría Ejecutiva de Planificación Sectorial Agropecuaria (Sepsa), del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), prometen un dato más certero para mediados del 2022, pero difícilmente será mejor que la estimación inicial.

La pérdida y el desperdicio de alimentos es un problema mundial, y no solo obedece a la desidia. La producción, cosecha, transporte y comercialización van cobrando su cuota antes de llegar a los consumidores finales. En algunas regiones del mundo, como África, buena parte de las pérdidas obedece a la falta de redes de frío para mantener los perecederos. En otras, el transporte es ineficiente, así como los procesos productivos.

Enfrentar el malgasto está en manos de industrias y gobiernos; sin embargo, el desperdicio en restaurantes y hogares puede disminuir con buenas prácticas individuales y, especialmente, con buena educación. El desperdicio, en un país con 383.500 familias en situación de pobreza, no es, en su mayor parte, intencional. Los alimentos también se desaprovechan en hogares necesitados, muy a pesar de sus habitantes.

Mercedes Montero Vega, directora del Centro de Investigación en Economía Agrícola y Desarrollo Agroempresarial de la Universidad de Costa Rica (UCR), sorprende cuando explica que la pérdida no se relaciona con niveles de ingreso o educativos, pues ocurre en todo tipo de hogares.

Las familias no planifican antes de comprar, adquieren cantidades superiores a las necesarias, preparan mal los alimentos y no los preservan con el cuidado necesario. El aprendizaje sobre la mejor forma de prevenir en razón de esos factores podría reducir la falta de aprovechamiento y también el hambre de muchas familias, para no hablar de la prevención de intoxicaciones.

El desaprovechamiento anual por persona llega a 73 kilos, si el cálculo inicial es correcto. María Fernanda Jiménez, consultora nacional para pérdidas y desperdicios de alimentos de la FAO, y Laura Brenes Peralta, coordinadora de la Red Costarricense para la Disminución de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos, insisten en la necesidad de fortalecer la preparación en manejo de alimentos.

En Latinoamérica y el Caribe —informamos el lunes 27 de setiembre— se pierden unos 220 millones de toneladas de alimentos, aunque 60 millones de habitantes del área padecen hambre. Es el 8 % de las personas subalimentadas en el mundo, no obstante las extensiones fértiles de la región.

En el mundo, lo desechado alcanzaría para alimentar a 2.000 millones de personas, con lo cual se estaría cerca de eliminar el hambre. Según la FAO, la humanidad deja de aprovechar hasta un tercio de los alimentos, incluidos el 30 % de los cereales, entre el 40 y el 50 % de las raíces, frutas, verduras y semillas oleaginosas, el 20 % de la carne y productos lácteos y el 35 % del pescado.

Frenar las pérdidas y los desperdicios es un imperativo moral y humanitario. También se hace necesario por razones ambientales y económicas. Producir alimentos en exceso es caro y consume gran cantidad de recursos. Rectificar es una urgente tarea mundial, pero nos corresponde comenzar por casa. Ese es motivo de sobra para dar la bienvenida a la FAO y a los académicos nacionales empeñados en hacernos ver la dimensión del reto y, ojalá, la forma de hacerle frente.