
Carlos Patricio Jiménez Quinn fue un hombre de pocas palabras y muchas ideas. Hablaba lo justo, que podía ser mucho para quienes lo escuchaban, por lo profundo que podía decir. Encarnaba muy bien aquello de usar la “palabra precisa” que canta Silvio Rodríguez en Ojalá. Era de izquierda también, pero, sobre todo, congruente con lo que pensaba. Más que cantar bonito, su talento era ser un pensador que vivía conforme a lo que creía: justicia social, igualdad y mejores oportunidades para quienes no las tenían.
Él las tuvo y las supo aprovechar, pero sobre todo compartir: estudioso, desprendido, generoso, soñador. Tenía todo para cumplir muchos de sus sueños, sin duda; pero hubo algo que se lo impidió una y otra vez: vivir con un padecimiento que durante años fue nombrado con crudeza como “maníaco-depresivo” y que hoy entendemos mejor como trastorno bipolar.
La medicina entonces sabía poco. La sociedad, menos.
Y cuando una sociedad no entiende algo, sobre todo cuando no puede verlo ni explicarlo, suele reaccionar mal: lo simplifica, lo rechaza y lo castiga. Eso hacen también quienes están cerca: madres, esposas, hermanas, personas que, antes de intentar entender, terminan etiquetando y rechazando bajo una palabra fácil: “loco”.
“Charlie”, como yo le decía, tampoco sabía bien qué era eso que lo acechaba. Eso que lo tiraba al piso cuando todo parecía avanzar o que, de un momento a otro, le daba la sensación y la energía de poder comerse el mundo.
Ese es parte del problema del trastorno bipolar: quien lo vive muchas veces no sabe con claridad qué le ocurre. Tampoco entiende del todo algunas decisiones o emociones que aparecen sin mala intención. Y, en medio del estigma, hablar de eso puede sentirse como algo vergonzoso. Aceptarlo, además, era interpretado por la sociedad machista como algo propio de un hombre débil.
Esa mezcla de desconocimiento personal, estigmatización social y vergüenza sigue siendo peligrosa. Empuja hacia conductas que agravan la situación: consumo de alcohol descontrolado, abuso de drogas, conductas impulsivas, episodios de depresión profundos en que levantarse de la cama puede convertirse en una batalla, o brotes de manía que descolocan y asustan incluso a quienes creen conocer bien a la persona.
Por eso es tan importante normalizar la conversación sobre el trastorno bipolar. Crear espacios seguros en hogares, grupos de amigos y entornos laborales. No para asumir problemas ajenos, sino para no agravarlos desde la ignorancia.
La responsabilidad principal es de quien padece el trastorno, sin duda. Pero las redes de apoyo también cuentan. Una palabra a tiempo, un respaldo sincero, incluso un mensaje de “¿qué tal todo?” pueden marcar la diferencia.
Y esto está mucho más cerca de lo que creemos. Convive con nosotros en el trabajo, en la familia, entre amigos. No siempre lo sabemos, pero sí tenemos la responsabilidad de informarnos.
Para dimensionarlo: en un país como Irlanda, entre el 2% y el 3% de las personas viven con trastorno bipolar.

En Costa Rica, aplicando ese mismo rango, estaríamos hablando de entre 52.000 y 104.000 personas. Sin embargo, no contamos con una estimación oficial clara.
Lo que sí existe es un aumento sostenido en la atención por salud mental. Pero esa categoría agrupa condiciones muy distintas. Sin datos más desagregados, el trastorno bipolar queda diluido.
El problema no es solo clínico. También es cultural.
Durante años, la salud mental ha oscilado entre el silencio y la banalización. Y en ese vacío, lo que más falta hace es precisión. Porque nombrar bien es una forma de cuido.
No se trata de que todo el mundo se diagnostique. Se trata de entender que hay experiencias que no son simplemente formas de ser.
También, de algo más básico: dejar de creer que una condición define completamente a una persona.
Como escribió el neurólogo y escritor Oliver Sacks, la enfermedad es un “qué”, no un “quién”.
“Charlie” tenía sus fantasmas. No siempre pudo manejarlos, y tampoco le tocó una época fácil. Los tratamientos eran limitados y muchas veces duros.
Hoy, las posibilidades son otras: más humanas y más efectivas. Lástima que él no pudo beneficiarse de muchas de ellas porque no existieron mientras vivió o no tuvo acceso a ellas.
Eso sí, hubo algo a lo que no pudo renunciar, ni aunque hubiera querido: una carga genética que es una condición fundamental para el desarrollo del trastorno bipolar, como ocurre con enfermedades como el cáncer, la diabetes o la hipertensión.
En una de nuestras últimas conversaciones me dijo: “Tony, queramos o no, los hijos cargamos con los errores de nuestros padres”.
Y, sí, tenía razón. Muchos de esos errores son por desconocimiento. Pero otros no son más que herencias.
Cuando recibí mi diagnóstico hace 20 años, entendí que empezaba un proceso terapéutico que no termina. También entendí mejor a mi padre.
Su ejemplo fue más positivo que negativo. De lo que él no hizo aprendí a no descuidar la medicación, a respetarla y también a cuestionarla. A buscar especialistas con solidez intelectual, pero con integridad emocional. A no asumir responsabilidades que no me corresponden. Y a entender y buscar redes de apoyo que no siempre se encuentran en la familia.
Con el ejemplo, en cambio, me enseñó a amar la lectura, a ser congruente, a defender mis principios, a vivir con dignidad aun cuando la sociedad hace daño. A querer con acciones concretas y repetidas. A ser íntegro. Me mostró a Karl Marx, pero también a Bertrand Russell. A Cat Stevens y a Violeta Parra. Y, lo más importante, a ayudar a los demás.
Durante años, hemos visto el trastorno bipolar de una forma tan simple como equivocada: “cambios de humor”.
Hace una semana, el 30 de marzo, se conmemoró el Día Mundial del Trastorno Bipolar, con un llamado a hablar de esto sin miedo, con claridad y con responsabilidad. Pienso que es un deber que tenemos siempre y es mi forma de honrar la memoria de “Charlie”: practicando lo que me enseñó.
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Antonio Jiménez es experto en contenido digital, medios multiplataforma y periodismo de investigación.