Velia Govaere. 20 enero

Algo huele mal y no en Dinamarca. Un lugar de discreción privilegiada estalló en reyertas. Buenas maneras dieron paso a puñaladas arpías y la circunspección al escándalo. Un tufillo de poca altura profesional y ética exuda de la Cancillería.

Transparencia es una cosa. Persecución solapada es otra. La primera falta, la segunda abunda. Lastimosamente, nuestra diplomacia siempre fue de piñata.

Inmersos en pobreza, desigualdad e ineficiencia, cabe preguntarse si ese pleito de gallinero vale el costo de un comentario. ¡Claro que sí! Costa Rica merece una imagen diplomática impecable, a la altura moral de ser el resguardo indispensable para un país sin ejército. Coincido, en eso, con Elayne Whyte: la diplomacia es la primera línea de defensa de una patria desarmada. Tenemos diplomáticos, no generales. Bien decía Alfred Capus que “la diplomacia es el arma de los débiles”. No podemos mudarnos del vecindario hostil en que vivimos, con una dictadura al norte en una creciente descomposición que arriesga empantanarse con permanente tentación de enseñarnos los dientes.

El presidente se vio obligado a recurrir al OIJ para investigar el potencial ilícito tras la filtración de un informe confidencial sobre el clima organizacional de nuestra embajada en Ginebra. Todo comenzó con una inexplicable adjudicación al Ministerio de Cultura de hacer una auditoría a la embajada dirigida por Elayne Whyte. Auditoría insólita y ¿ad feminam? No se explica sino la focalización en esa embajada en detrimento del resto de la Cancillería. Luego vino su filtración a la prensa. La pregunta de cajón es qué intereses había detrás de esa difusión en perjuicio de un diplomático. Carlos Alvarado hace un primer bosquejo de respuesta: “El manejo de la información obedece a intereses particulares” (La Nación, 14/1/2020). ¿Cuáles? No lo dijo.

No podemos permitirnos que argollas “innominadas” secuestren puestos diplomáticos y denigren a quienes representan intereses patrios. Mucho menos que laven en público sus trapos sucios. Transparencia es una cosa. Persecución solapada es otra. La primera falta, la segunda abunda. Lastimosamente, nuestra diplomacia siempre fue de piñata. Estas son las consecuencias de un profesionalismo eternamente prometido y, salvo honorables excepciones, jamás cumplido. La diplomacia del país debería estar por encima de la marea. ¡Helas, no lo está!

La autora es catedrática de la UNED.