
Hace 247 años, el 28 de mayo de 1778, Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de la Constitución Política de los Estados Unidos de América, divulgó el ensayo El Federalista 78, obra esencial sobre la independencia del Poder Judicial y el sistema democrático. En la coyuntura actual, es ineludible volverlo a estudiar y aplicarlo.
Hamilton refiere que, en un régimen de división de poderes, el Judicial es el más débil, porque, debido a la naturaleza de sus funciones, no dispone de la misma capacidad para defenderse. En este sentido, afirma el prócer: “El Poder Judicial, por el contrario, no tiene influencia ni sobre la espada ni sobre el erario; no controla ni la fuerza ni la riqueza de la sociedad, y no puede tomar ninguna resolución activa”.
Para el autor, si bien el Poder Judicial no es infalible, lo cierto es que (recordando a Montesquieu) mientras el juez se mantenga verdaderamente independiente del Legislativo y el Ejecutivo, la libertad general del pueblo se preserva.
De esta forma, se observa en relación con el Poder Judicial, por un lado, su debilidad intrínseca, ya que no dispone de los mismos recursos con que sí cuentan los otros poderes, y, por otro, su función esencial en la defensa de los derechos fundamentales y la democracia según la Constitución.
A partir de lo anterior, la destacadísima figura de la revolución estadounidense determina, por una parte, que al Poder Judicial hay que protegerlo con particular ahínco de los intereses políticos, y, por otra, que, como no es posible que un acto contrario a la Constitución sea válido, su control no puede corresponder a quien lo ha dictado, sino más bien a un tercero imparcial.
En palabras de Hamilton: “Esta independencia judicial es igualmente necesaria para proteger a la Constitución y a los derechos individuales de los efectos de esos malos humores que las artes de hombres intrigantes o la influencia de coyunturas especiales esparcen a veces entre el pueblo, y que, aunque pronto cedan el campo a mejores informes y a reflexiones más circunspectas, tienen entretanto la tendencia a ocasionar peligrosas innovaciones en el gobierno y graves opresiones del partido minoritario de la comunidad”.
Destaca el ensayista que los representantes del pueblo no pueden violar las normas constitucionales “cada vez que una afición pasajera dominase a una mayoría de sus electores en un sentido contrario a dichas disposiciones”, así que “es fácil comprender que se necesitaría una firmeza poco común de parte de los jueces para que sigan cumpliendo con su deber como fieles guardianes de la Constitución, cuando las contravenciones a ella por el Legislativo hayan sido alentadas por la opinión de la mayor parte de la comunidad” (…). “Los beneficios de la integridad y la moderación del Poder Judicial ya se han dejado sentir en más de un estado y, aunque pueden haber disgustado a aquellos, cuyas siniestras expectativas han decepcionado, deben haber ganado el respeto y el aplauso de todos los virtuosos y desinteresados. Los hombres considerados, de todo tipo, deben valorar todo lo que tienda a engendrar o fortalecer ese temperamento en los tribunales, ya que nadie puede estar seguro de no ser mañana víctima de un espíritu de injusticia, del que hoy puede salir ganando. Y todos deben sentir ahora que la tendencia inevitable de ese espíritu es socavar los cimientos de la confianza pública y privada, e introducir en su lugar la desconfianza y la angustia universales”.
De lo expuesto, infiero un pentálogo judicial:
- El juez debe ser imparcial. Esto implica la resolución de los conflictos con la franca voluntad de hacerlo de modo objetivo, sin dejarse llevar deliberadamente por ningún tipo de prejuicio ni subjetividad.
- El juez debe ser firme, lo que significa entereza, constancia, fuerza moral de quien no se deja dominar ni abatir.
- El juez debe ser independiente. Las resoluciones no derivan de ningún capricho o presión de un tercero, sino de la estricta aplicación de las herramientas propias del razonamiento jurídico, como las leyes, la doctrina, la jurisprudencia y demás fuentes del derecho, así como de una ilación argumentativa plausible.
- El juez debe ser una persona comprometida. Esto supone aplicar todo el esfuerzo requerido para sacar avante la tarea de impartir justicia.
- El juez debe ser honesto. Las decisiones judiciales tienen que resultar del sincero razonamiento del juzgador, no del tráfico de influencias ni de la búsqueda de beneficios personales.
Así las cosas, los mismos desafíos y amenazas de hace dos siglos y medio para con la independencia judicial, hoy día persisten en todo el mundo, solo que se manifiestan e implementan a través de nuevos mecanismos y tecnologías, cuyas modalidades de manipulación e intimidación en ocasiones son mucho más veladas y sofisticadas, y, por ello, muy peligrosas.
Ante tal circunstancia, el juez está obligado a ejercer el cargo con decidida valentía, conforme al pentálogo judicial, de forma imparcial, firme, independiente, comprometida y honesta, sin temor alguno a las represalias.
En términos sencillos, como dijo Martin Luther King, “the time is always right to do what is right”. Porque, para el juez consciente de la defensa de los derechos fundamentales y de la democracia, el tiempo justo para hacer lo correcto siempre es el ahora.
Paul Rueda es magistrado de la Sala Constitucional.