Carlos Fernando Chamorro. 6 diciembre, 2019

El régimen Ortega Murillo ha reforzado en las últimas semanas su práctica sistemática de tortura y crueldad extrema para someter a los ciudadanos que, de forma pacífica, ejercen o reclaman sus derechos constitucionales ante el Estado.

Primero, en Masaya, impuso un brutal cerco policial contra un grupo de 10 madres de presos políticos, quienes se declararon en huelga de hambre en la iglesia de San Miguel para demandar la libertad de sus hijos.

La orden ejecutada por la Policía fue cortarles el servicio de agua y luz, se criminalizó la solidaridad de los ciudadanos que intentaron auxiliarlos y se le negó al sacerdote Edwin Román el derecho a recibir sus medicinas contra la diabetes. Durante nueve días, las madres en huelga de hambre, junto con Román y sus acompañantes, fueron sometidas a una tortura cruel, que solamente concluyó cuando el deterioro severo de la salud del sacerdote las llevó a solicitar urgente atención hospitalaria para todos.

Después, en la ciudad de León, se produjo una agresión policial contra la familia Reyes Alonso, opositores de origen liberal, cuya vivienda fue allanada de forma violenta por la Policía sin orden judicial. Y, después de haber sido vapuleados, asaltados y robados, tres miembros fueron sometidos a un trato cruel y humillante por el comisionado Fidel Domínguez, jefe de la Policía de León, quien los filmó esposados y amenazados, mientras les dictaba una confesión.

Nicaragua y la comunidad internacional han sido testigos, por medio de estos videos, de cómo el comisionado Domínguez obtiene bajo tortura la promesa de los detenidos de “no volver a joder” a los militantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y a recitar a punta de garrote las consignas orwellianas de la vicepresidenta Rosario Murillo: “Con la paz no se juega”.

Colapso. En todo país bajo un mínimo estándar democrático, e incluso en un régimen autoritario que controla sus propios abusos represivos, Domínguez y su tropa policial ya habrían sido destituidos y estarían sometidos a investigación. Sin embargo, bajo el régimen personalista de Ortega y Murillo, en el que él ostenta el cargo de jefe supremo de la Policía y esta es su brazo ejecutor, el comisionado Domínguez sigue campante en su cargo, mientras los crímenes de la Policía y los paramilitares se mantienen en la impunidad porque forman parte de la política de Estado.

Es cierto que antes se han cometido crímenes peores, como las ejecuciones extrajudiciales, las violaciones sexuales de decenas de jóvenes de ambos sexos y las torturas contra centenares de presos políticos encerrados en la cárcel durante meses en celdas de castigo. Pero, hasta ahora, nunca se había visto una confesión bajo tortura, que ha sido filmada y divulgada por la propia Policía, en un acto de arrogancia y soberbia inusitado.

Estamos, por tanto, frente al colapso de una institución policial que está siendo exhibida a la vista pública como un instrumento de tortura al servicio de un partido político y, al mismo tiempo, la tortura como política de Estado representa la última fase de la descomposición moral del otrora partido revolucionario Frente Sandinista.

Burbuja. Aislados en la burbuja de su búnker de El Carmen, seguramente Ortega y Murillo no se han percatado del fracaso de su irracional estrategia represiva ante la fortaleza moral de los presos políticos, las madres en huelga de hambre y la resistencia Azul y Blanco. Pero la tortura está generando fisuras cada vez más profundas en las filas de la propia Policía Nacional, entre los empleados públicos y en el Frente Sandinista porque la crueldad y los tratos inhumanos resultan moral y políticamente indefendibles.

¿Acaso se puede justificar, en nombre de las banderas de la izquierda o de la nostalgia de la justicia social de la revolución sandinista, la existencia de una banda de torturadores y escuadrones de la muerte para imponer el fascismo totalitario?

Ese es el dilema con que están siendo confrontados, en esta etapa terminal de la dictadura, los empleados públicos —civiles y militares— y los partidarios del FSLN. O se hunden atados al lastre de la familia Ortega Murillo, que no puede gobernar sin torturar, o se distancian de la tortura y los crímenes de lesa humanidad para cesar la represión y despejar al camino hacia una reforma política que permita alcanzar una solución nacional por la vía electoral.

Del otro lado de la acera, la nueva mayoría agrupada en torno al movimiento Azul y Blanco enfrenta un desafío igualmente monumental. Mientras el país se sume en el desgobierno, urge llenar el vacío de poder y demostrar que su liderazgo está preparado para ofrecer una salida política nacional duradera, gobernando para todos.

El autor es periodista nicaragüense.