
Nayib Bukele se vendió desde el inicio como un presidente cool, dinámico y moderno, hijo de la era de la criptomoneda y el tuit; y cuando ya su corte se hallaba consolidada, al filo de su primera reelección, empezó a mostrarse en las ceremonias vestido con un uniforme de entorchados en el cuello, como un rey de baraja, y mandó que los soldados de la guardia presidencial le presentaran armas envueltas en capas prusianas de lana, bajo el inclemente sol tropical.
Su habilidad lo llevó a hacer de su moderna megacárcel de Tecoluca un destino turístico internacional al que acuden tanto influencers como políticos para observar in situ cómo tiene enjaulados a miles de presos, culpables e inocentes por igual. Entre los visitantes distinguidos, han figurado los presidentes de Chile y Costa Rica (hoy ministro), deseosos de copiar el modelo penitenciario bukeliano en sus propios países.
Bukele se muestra, además, muy sagaz y hábil para responder a las preguntas incómodas de la prensa y dar un tapabocas fulminante a sus detractores en las redes sociales, lo cual es celebrado de inmediato por una lluvia de troles.
El año pasado, la Asamblea Legislativa, bajo su control, aprobó una reforma a la Constitución que permite la reelección presidencial indefinida, con lo que será candidato por tercera vez en las elecciones de febrero del año entrante.
Hace poco, la usuaria Carolina Jiménez Sandoval escribía en su cuenta de X: “Países con reelección indefinida en América Latina: Venezuela, Nicaragua, El Salvador. Que queda muy claro en qué club entra ahora Nayib Bukele”.
Él respondió de inmediato desde su cuenta: “También la tienen Canadá, Reino Unido, Alemania, Australia, Nueva Zelanda, Irlanda, Italia, los Países Bajos, Bélgica, Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Luxemburgo, Suiza y Japón, entre muchos otros países. Peor la idea es que suena mal (sic)”. Y, enseguida, el emoticón de una carita con lágrimas de risa. La sagaz respuesta había tenido 256.000 visualizaciones.
Como puede verse, Bukele apabulla con sofismas. Porque es un truco barato agregar a la lista de autocracias en que están Nicaragua, Venezuela y El Salvador las viejas democracias parlamentarias, donde los primeros ministros, si es cierto que pueden ser reelegidos indefinidamente, están sujetos a votos de censura que los obligan a llamar a nuevas elecciones, y responden constantemente por sus actos. El pleno Estado de derecho hace que las leyes y los tribunales de justicia tengan la última palabra, y los medios de comunicación funcionan libremente. No hay periodistas encarcelados o exiliados.
Tampoco sería tolerable un estado de excepción permanente como el que rige en El Salvador desde marzo de 2022, con garantías constitucionales suspendidas, tales como la privacidad de las telecomunicaciones, el debido proceso, el derecho a la defensa y los plazos de detención, a lo que hay que sumar los juicios masivos en que se condena a más de 400 imputados a la vez.
Cuando a alguien se le ocurre protestar en las redes por la violación de los derechos humanos de los prisioneros de la megacárcel, la respuesta fulminante de Bukele es: “Si tanto le duele a usted la situación de estos criminales desalmados, ¿por qué no se lleva a uno de ellos a vivir a su casa?”. Otra falacia que recibe miles de likes pues, sin duda alguna, Bukele es muy popular ya que ha librado a El Salvador de la plaga de las pandillas.
Pero volviendo a la lista de países que permiten la reelección indefinida o donde no hay ninguna clase de elecciones –como ahora en Nicaragua–, de verdad es muy amplia, y faltan nombres que agregar. Son decenas.
Veamos: Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, presidente de Guinea Ecuatorial: en el poder desde 1979 y quien ya tiene como sucesor a su hijo Teodorín. El Congo, donde Denis Sassou-Nguesso está en el poder desde hace 40 años. En Chad, Mahamat Déby asumió el mando tras la muerte de su padre, Idriss Déby Itno, quien lo mantuvo por más de 30 años.
En Turkmenistán, el dictador Gurbanguly Berdimuhamedow, quien se hacía llamar Arkadag, el Protector, traspasó en vida la presidencia a su hijo Serdar Berdimuhamedow. Tayikistán se halla bajo le férula de Emomali Rahmon desde la década de 1990, cuando llegó a su fin la era soviética.
Es un listado exuberante. En esos países, los sistemas electorales son una farsa: no hay libertad de prensa, ni de organización, las cárceles están llenas, reina el culto a la personalidad. Y no hay trabas para que el dictador se reelija o, como se ve, para que transmita el poder a sus hijos. Y no valen, por supuesto, las garantías constitucionales.
Hoy en día, ser dictador de derecha o izquierda ha dejado de tener relevancia. Bukele, que ha sumado a El Salvador al Escudo de las Américas, la alianza política y militar de Donald Trump, calla por completo frente a la declaración de su vecino, el dictador Daniel Ortega, aliado de Rusia y China, de que no habrá más elecciones en Nicaragua.
Y según el viejo adagio, el que calla otorga.
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Sergio Ramírez es novelista, cuentista, ensayista, periodista, político y abogado. Recibió el Premio Carlos Fuentes en 2014, el Premio Cervantes en 2017 y el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en 2026. Es fundador del encuentro literario Centroamérica Cuenta.