Columnistas

Lucha democrática en el corazón de Estados Unidos

Biden tiene ante sí el desafío de la aprobación de las leyes que protegen el derecho al voto de las minorías

Por espurias que sean, las cruzadas políticas suelen revestirse de narrativas ideológicas. No existe ideal alguno vacunado contra ese contagio. Nada lo ilustra mejor que la frase atribuida a Manon Roland camino a la guillotina: “Liberté, que de crimes on commet en ton nom!”.

Es así. El paradigma humano sufre de esa dolencia crónica. Tapiza intereses nacionales con quimeras sublimes. Cuando hasta la misma religión ha sido muchas veces escurrida de su espíritu, no es de extrañar que las banderas más insignes se enloden de formalismos sin alma. Es humano, demasiado humano, diría Nietzsche.

Vivimos uno de esos tiempos confusos, cuando la forma puede pervertir el contenido. Auténticos ideales que sustentan la vida en común son manipulados con propósitos adulterados, por ejemplo, la defensa de la democracia como principio de contrato social, que es algo muy diferente de la defensa de la “democracia” como ofensiva de intereses geopolíticos.

En todos los rincones del planeta, la democracia se encuentra bajo asedio, pero sus enemigos distan de ser externos. Como forma de gobierno, nada la amenaza más que la falta de cohesión, la desigualdad, la negación de identidad política y la privación de oportunidades.

Lo acaba de demostrar Chile. El crecimiento económico no basta. Ningún avance es sostenible sobre injusticia y desigualdad. El impulso de los enemigos de la democracia se alimenta de abandonos. Porque nadie acecha las democracias desde afuera y, si lo hiciera, su mayor enemigo está dentro.

Biden acaba de celebrar una Cumbre de la Democracia. Ahí, países de dudosas credenciales sobre derechos humanos levantaban el velo a su objetivo apenas más transparente de ser una cruzada geopolítica.

Era Estados Unidos, como potencia hegemónica, frente al ascenso de la estrella china, como potencia emergente. Ese era el fondo de la convocatoria, que pasa por alto que en el plano internacional lo decisivo para la humanidad no es una fragmentación con visos ideológicos, sino históricas batallas colectivas que demandan colaboración: cambio climático, capacidad universal de vacunación, acoplamiento tecnológico y funcionalidad comercial.

Lo que no quiere decir que la defensa de la democracia no sea la batalla más decisiva que definirá el legado de la presidencia de Joe Biden. Pero su primera preocupación no debería estar fuera, sino dentro.

De todas las amenazas, la democracia no tiene mayor vulnerabilidad que en su propia cuna, donde un 17 de setiembre de 1787 fue aprobada, en Filadelfia, la primera constitución del sistema democrático liberal. Incluso antes de la Revolución francesa, los Estados Unidos adoptaron ahí un sistema político convertido en arquetipo de la civilización occidental.

Tal es su veneración que sus formas muchas veces sustituyen impunes su sustancia. En el dudoso altar de la democracia como ideología, más de un pueblo ha sido invadido. Darío había notado esa ironía: “Alumbrando el camino de la fácil conquista, la Libertad levanta su antorcha en Nueva York”.

Pero esa democracia recogió las más profundas cavilaciones de 200 años previos de pensamiento político de la Ilustración. Hegel mismo, sin llegar a entenderla plenamente, la consideraba la forma política más apropiada para el reconocimiento de la misma esencia humana valorizada en el sufragio universal de un voto sin distinciones.

Ese anhelo de la propia estima era, para él, distintivo de la humanidad frente al reino animal, aún más que el pensamiento.

Lo defendían las sufragistas, el cumplimiento de la promesa que la premisa democrática había instalado en sus conciencias. Ese fue el impulso de la abolición de la esclavitud, el respeto de su valía humana expresada en el irrestricto ejercicio del sufragio.

Por eso, es tan preocupante la ofensiva del partido republicano de obstaculizar el voto, focalizada contra la población afroestadounidense y latina. Ahí, está el enemigo interno de la democracia estadounidense. Ahí, debe defenderse. Hic Rhodus, hic salta.

En el 2021, un total de 19 estados aprobaron 34 leyes que restringen el voto. Y ahí no termina la ofensiva. Hay 440 anteproyectos en fila. Es claro: los mayores peligros de la democracia no están fuera de sus fronteras.

Los legisladores demócratas lo comprenden. Al comienzo de esta legislatura, la Cámara de Representantes priorizó y aprobó dos proyectos de ley que, por ser federales, se superpondrán a las restricciones estatales y evitarán gran parte de las restricciones a elecciones libres y justas.

Son la Freedom to Vote Act y la John Lewis Voting Rights Advancement Act. Ambas forman un baluarte de defensa de la democracia donde está siendo atacada.

El presidente Biden comprende que si no logra que el Senado las apruebe en el 2022 la impotencia será su legado. Y él mismo lo confiesa con claridad: “La siniestra combinación de supresión del voto y subversión electoral es antiestadounidense, antidemocrática y no tiene precedentes desde la Reconstrucción” (WP 17/12/2021).

Está decidido a darle batalla, pero entiende la gravedad y urgencia de vencer el bloqueo republicano, solo superable sin filibusterismo. Tiene hasta noviembre del 2022, cuando probablemente pierda la mayoría para enfrentarlo.

Biden tiene una responsabilidad histórica que los demócratas del mundo apoyan. A un año del asalto al Capitolio, la defensa de la democracia en Estados Unidos es una cruzada más que justificada y de pronóstico reservado, penosamente.

El peligro de nuestra hora es que la democracia fracase donde su defensa es legítima, y triunfe donde su defensa es ideológica. Eso nos dejaría con la primera democracia en muletas en un mundo fragmentado con un peligroso desacople de China.

Sería un mundo de alto riesgo porque la democracia estadounidense es el mejor contrapeso a tener ahí una escalada nacionalista militar que pondría al mundo en jaque. Por eso, es tan importante la diferencia entre democracia y geopolítica.

vgovaere@gmail.com

Velia Govaere, exviceministra de Economía, es catedrática de la UNED y especialista en Comercio Internacional con amplia experiencia en Centroamérica y el Caribe. Ha escrito tres libros sobre derecho comercial internacional y tratados de libre comercio. El más reciente se titula “Hegemonía de un modelo contradictorio en Costa Rica: procesos e impactos discordantes de los TLC”.

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