Imagino que el manual del buen chavista describe con pelos y señales cómo lanzar los cachiflines que doña Laura Fernández soltó durante sus primeras semanas en el poder.
En medio de la expectativa y el morbo generados respecto al estilo de la (¿nueva?) administración, la presidenta optó por jugar para la gradería en sus primeras apariciones.
Decretos sacados de la manga, exigencias descabelladas, amenazas, insultos y reclamos condimentaron la narrativa que la gobernante aplicó frente a micrófonos y cámaras.
“Vergüenza nacional”, “comunistas”, “vagabundos” y “pifias” fueron algunas palabras utilizadas por doña Laura para descalificar en público a la Corte y a la oposición legislativa.
Sin duda, ese lenguaje camorrero está altamente recomendado en el manual del buen chavista, sobre todo cuando se trata de darle continuidad a la estrategia de fabricar enemigos.
Pero, cuidado, el problema de este juego pirotécnico es que nunca se sabe dónde va a caer el cachiflín y si este, más bien, podría terminar devolviéndose hacia el punto de partida.
Anunciar un decreto para garantizar el cumplimiento del año carcelario y un proyecto para grabar las visitas a los reos suenan como disparates inventados sobre la marcha.
Su sola presentación parece sugerir la ausencia de propuestas sustantivas y de fondo para enfrentar al crimen organizado y la ola de violencia disparada en los últimos cuatro años.
Convocar a jerarcas del Poder Judicial para después tratar de hacerlos quedar como boicoteadores huele a una emboscada que enrarece el ambiente para futuros encuentros.
Resulta inaudito que una presidenta acuse a los magistrados porque se niegan a cumplir su pedido de dejar pasar, sin análisis, los proyectos de reforma judicial que podría presentar.
Incluso amenazó, con ese tono impostado que adopta en las ruedas de prensa, con convocar a referéndums si sus propuestas no avanzan en la Asamblea Legislativa.
Posiblemente, la mandataria conoce bien que los temas de seguridad no pueden ser sometidos a ese tipo de consultas, pero también sabe que el ciudadano común no lo sabe.
Y de todas formas, qué más da, si lo que el manual del buen chavista aconseja es sacar pecho al lanzar la piedra y culpar a otros cuando se rompa la ventana.
También reprochó a los magistrados porque no aceptaron su solicitud de dejar de investigar casos de corrupción en el gobierno, labor que ella calificó como “persecución política”.
Solicitar al Poder Judicial que deje de hacer su trabajo es preocupante y deja en mal a la mandataria, pues podría interpretarse como un intento solapado para buscar impunidad.
Pero los triquitraques no acabaron allí. Doña Laura citó a los diputados de oposición a dialogar y luego les envió una fuerte descarga por rechazar el proyecto de armonización eléctrica.
Lo insólito es que la presidenta pretendía que la iniciativa pasara a golpe de tambor, sin discutirla y sin construir los supuestos consensos que ella prometió buscar.
Así transcurren los primeros días de la administración Fernández: lanzando cachiflines para construir una imagen ante el electorado y, al parecer, también para disimular vacíos.

