Columnistas

La pregunta del día en Ucrania

Desde la caída del muro de Berlín, la paz se ha dado por sentada

El 24 de febrero del 2022 Rusia invadió Ucrania. Esa injustificada agresión despertó en la conciencia universal la fragilidad del equilibrio geopolítico que vivimos.

Desde la caída del muro de Berlín, la paz se ha dado por sentada. Cobijados por ella, nos hemos sumido tranquilos en una vida rayana en lo intrascendente.

Consumo desbocado, comercio globalizado y avances tecnológicos nos han llevado a una cómoda pero equívoca zona de confort. La refriega revela las quebradizas bases de nuestras expectativas de futuros promisorios.

La civilización universal que orgullosamente construimos muestra pies de barro, en Ucrania. Pero la indignante cercanía de esta agresión fatídica amenaza ocultar su mayor trascendencia histórica.

Mucho se juega en Ucrania. Corresponde a nuestra generación salvar la racionalidad subyacente de la palestra civilizatoria, con su pléyade de políticas internacionales que sustentan la paz. Asaltados por realidades inauditas, nos descubrimos cegados por escenarios aterradores.

El peligro de un cataclismo nuclear no puede ser descartado. Millones de refugiados llevan a Europa realidades hasta hace poco lejanas. Ya no es tan fácil cerrar fronteras a un ucraniano, como lo es a los que aún escapan de Afganistán y Siria. La indignación por los bombardeos a Mariúpol apenas esconde la indiferencia ante la destrucción de Alepo.

Pero más allá de diferencias xenófobas, la agresión rusa desató una indignación mundial moralmente justificada. Su asalto a Ucrania merece condena universal sustentada en principios políticos y humanos elementales.

La ira popular se ha convertido, sin embargo, en una triple ola de presión sobre gobiernos y multinacionales. Se fustiga a dar auxilio humanitario a Ucrania, asilo a sus refugiados y fondos para su reconstrucción, al final de la crisis.

Se exige, también, ayuda militar para Ucrania y mayor inversión bélica, en una carrera armamentista europea no vista ni en la Guerra Fría. Se clama por castigo al agresor, en dimensiones nunca vistas. Demandas, todas comprensibles y naturales, unas que responden a criterios de orden moral y otras, a políticas reactivas de orden defensivo y de seguridad.

Las exigencias de auxilio humanitario deben ser incondicionalmente apoyadas. Mayor reflexión requiere dar fácil cabida a un populismo punitivo. Somos una aldea global del espectáculo.

Los bombardeos nos horrorizan en tiempo real con dolorosas imágenes. Zelenski accede en vivo a legislativos de Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido. Sus exhortaciones a mayor compromiso bélico son aplaudidas en esos escenarios, y ahí desatan exigencias de mayor involucramiento armado en el conflicto.

Del acicate dramático del presidente ucraniano difícilmente se deducen directrices que respondan a la problemática más profunda y a largo plazo del conflicto. Supuestas a resolverlas, las políticas reactivas a emociones tienden a complicar los problemas estratégicos.

Cada sanción sube la apuesta, incita réplicas y ellas exigen aumentar más la presión. Ciclo perverso. En democracia, ese espectáculo de sufrimientos se convierte en factor electoral, con indebido apremio sobre gobiernos a punta de urnas, como Francia, en abril, y Estados Unidos, en noviembre.

Más de 20 países siguen armando a Ucrania. Miles de miles de armas extranjeras inundan campos de batalla. País tras país se suma a más de 4.000 sanciones a personas y empresas rusas.

Siete bancos rusos están excluidos del Swift. Las reservas del banco central en el extranjero están congeladas y cerrados espacios aéreos a su aviación civil. Todo va in crescendo. Parece ser la única forma de intervenir sin llegar a la confrontación directa. Tiene su lógica, pero la historia ha revelado su baja eficacia y riesgoso costo.

Aparte de las sanciones racionales, se desató un conflicto cultural, una especie de indiscriminada rusofobia. Directores de orquesta, artistas, deportistas, el Bolshói y hasta escritores muertos pagan así haber nacido rusos. Es una conducta colectiva inhumana, generadora de un contexto social tóxico.

Estamos en un vórtice. Es difícil dilucidar una salida de esa espiral de excesivo peligro. Sanción insuficiente da lugar a nuevo castigo y la sustitución al enfrentamiento físico arriesga traspasar la delgada línea roja del sentido común de supervivencia nacional. Y como nadie puede calcular lo incalculable, un minuto después no habrá tiempo para arrepentimientos.

El choque de dos lógicas opuestas en la política exterior es la disyuntiva de Max Weber. Dos racionalidades contrapuestas. Una, la del castigo merecido; otra, la de consecuencias deseadas. En Leap of Faith, de Michael J. Mazarr, se muestra que las guerras de Irak y Afganistán fueron políticas reactivas a la indignación pública por el atentado del 11-S. Pero castigar a Sadam y a los talibanes se pagó caro.

Más allá de interrogantes morales vinculadas a justicia de castigos y sanciones, los gobiernos de las potencias protagónicas de Estados Unidos, China, la Unión Europea y Rusia saben que se juega con fuego.

Es difícil reconocer que ha habido errores de juicio y de política. Eso ya no importa tanto. Estamos más allá de la culpa. Pero algo es claro: hay que sacar la política internacional del espectáculo público. Es momento de sobriedad, prudencia y discreción en acciones, palabras y políticas.

Reconstruir un sentido de confianza internacional con un sistema de seguridad compartido, facilitar entendimientos, atender reclamos y llegar a un mal arreglo para salir de un peor pleito no será un resultado “justo”. Pero desandar lo andado y frenar el aumento de maximalismos mutuos es deseable y necesario para apagar la mecha encendida, que puede terminar en tragedia colectiva.

La pregunta del día, tal vez del siglo o incluso de la historia humana, escudriña la lógica profunda del momento. Se trata de dilucidar los ejes del pensamiento que deben guiar a las mentes que deciden cómo salir de esta inusitada crisis.

vgovaere@gmail.com

Velia Govaere, exviceministra de Economía, es catedrática de la UNED y especialista en Comercio Internacional con amplia experiencia en Centroamérica y el Caribe. Ha escrito tres libros sobre derecho comercial internacional y tratados de libre comercio. El más reciente se titula “Hegemonía de un modelo contradictorio en Costa Rica: procesos e impactos discordantes de los TLC”.

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