Columnistas

Francia entre frustración, ira y miedo

Los franceses ya conocen a Emmanuel Macron, pero Le Pen llega mejor preparada que en el 2017

En la segunda ronda de las elecciones presidenciales, se juega mucho en Francia. Hace tiempo ese país llega a las urnas en alitas de cucaracha. Sentimientos encontrados se combinan. La necesidad de cambio arriesga espolear rumbos disruptivos.

Eso asusta. Pero es un país con problemas estructurales que buscan, hasta ahora sin remedio, soluciones en las urnas. De ahí el desaliento frente a las elecciones, con angustias cotidianas de una vida cada vez más dura. El voto recoge el mismo encono ciudadano que lleva a constantes protestas callejeras.

Con todo lo contradictorio que parece, esa es la buena noticia. La asentada democracia gala obliga aún a respuestas fundadas en legitimidad democrática. Hasta ahí llegan las buenas nuevas.

La frustración acumulada en años de desmantelamiento industrial empuja in crescendo hacia la derecha a su clase obrera, sumida en desempleo masivo de territorios abandonados a su suerte. La popularidad que gozaba la emblemática izquierda francesa está en bancarrota.

En la primera ronda, Anne Hidalgo, socialista alcaldesa de París, representaba al tradicional partido de Mitterrand, y se quedó con un miserable 1,7% de los votos, sin derecho siquiera a subsidio del Estado.

A la derecha tradicional no le fue mejor. También se hundió Valérie Pécresse, de los Republicanos, partido que agrupaba las coaliciones de centro-derecha de la V República de De Gaulle. Ella tampoco logró el 5% requerido para redimir deuda política.

En el 2017, y ya en caída, socialistas y republicanos fueron excluidos de la segunda ronda, por primera vez en la historia, pero al menos obtuvieron un 26% de los votos. Esta vez no alcanzan el 7%. El colapso de la política tradicional es total en lo presidencial. Existe una completa recomposición del espectro político galo, dividido entre emociones y prejuicios, por frustración, ira y miedo.

Perturbadoramente, las preferencias políticas siguen en creciente curso hacia extremos de izquierda y derecha. En el 2017, los extremos puntuaron menos del 50%. En el 2022, llegan al 58%.

La insatisfacción ciudadana se refleja en movimientos espontáneos como el de los chalecos amarillos. Y hasta las urnas llega esa sistemática fuerza antisistema, desde la extrema izquierda de la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon hasta las extremas derechas del provocador Éric Zemmour del partido Reconquista y Marine Le Pen, de Reagrupamiento Nacional.

Representando dos Francias, este domingo Macron y Le Pen se disputan la silla del Elíseo. El dualismo francés es estribillo constante en la deslucida canción democrática contemporánea.

La miopía política fue universal. No existe lugar en Occidente donde la globalización no haya dejado estelas dolorosas de perdedores rezagados. El Estado debilitado dejó crecer abandonos al compás de la fuerza ignota de derrames de mercado. Así llegaron el brexit, Trump y la perenne amenaza populista en Europa. Hace rato el lector siente familiares estas letras.

Francia, como tantos países desarrollados, vive realidades escindidas. Dos mundos increíblemente opuestos separan el panorama urbano cosmopolita del paisaje preindustrial y rural. En grandes ciudades, el nivel de vida ha mejorado, incluso durante la pandemia. La Francia periférica, en cambio, tiene un 10%, en promedio, de mayor pobreza, más desempleo y llega a un punto de tal agobio que programas especiales venden productos a punto de expirar para quienes tienen menos de 300 euros disponibles al mes para alimentación.

No están tan separados esos horizontes. El centro de la pujante París está rodeado de un círculo periférico miserable. En la banlieue deprimida de Trappes, 25 km al sur de la torre Eiffel, Mélenchon arrasó con el 61%. En las abandonadas fábricas siderúrgicas del norte, Le Pen alcanzó el 48%. Y esa dualidad se repite rodeando ciudad tras ciudad.

Esta vez, sin embargo, el descontento social y la permanente controversia por una institucionalidad agobiada de privilegios, incompetencia y corrupción contrasta con la gestión renovadora de Macron.

Su mandato abordó masivos entrenamientos laborales, hizo costosas inversiones en la reindustrialización de la Francia profunda, reformó el sistema educativo y racionalizó los programas sociales. Así, logró la consolidación política de una amplia comunidad centrista de clase media que nutre un partido hace cinco años inexistente: La República en Marcha.

La pandemia lo frenó en pleno vuelo. El acento prioritariamente económico y empresarial de Macron tuvo que aterrizar. Al presidente reputado neoliberal no le tembló el pulso y se reorientó, socializante sin etiquetas, hacia lo meramente asistencial. Y lo hizo con brillo. Eso secó los caudales de la izquierda y la derecha tradicionales.

Alimentada por malas políticas de recepción y asimilación de migrantes, la extrema derecha sigue anclada en prejuicios xenófobos que aún tienen arrastre. Pero su empuje no capta la mayoría del electorado. De ahí que Marine Le Pen tuvo que adaptar su incendiaria retórica xenófoba y antieuropea hacia necesidades cotidianas para presentarse como una opción moderada, nacionalista y, al mismo tiempo, socialmente popular. Es la adalid de la Francia olvidada de los territorios. Los réditos de ese esfuerzo la tienen en la segunda ronda.

Con relación al 2017, tanto Macron como Le Pen mejoraron su resultado electoral en la primera ronda. Pero los que no votaron por ellos fueron más. En esta segunda vuelta, Macron descubrió que su caudal estaba peligrosamente cercano al de Le Pen. Tuvo que desistir de su confiada desidia.

En la primera ronda jugó con éxito la carta del estadista en la crisis de Ucrania y ni siquiera aceptó debates. El peligro inminente de Le Pen lo obligó a una campaña que, más que nuevas propuestas, enfatiza el peligro para Europa y, tal vez, para el mundo, de una presidenta francesa que debilite la OTAN, socave la Unión Europea y estimule populismos amenazantes más allá de Francia.

El 20 de abril fue el gran debate Macron-Le Pen. En el 2017, Macron la aplastó. Esa humillación se reputa responsable del enorme margen de victoria de Macron, del 66% al 34%.

Esta vez, Le Pen llega mejor preparada. Tal vez Macron sobreestimó su fuerza retórica. Ninguno avasalló. Pero eso juega contra Macron, porque Le Pen se sostuvo en terreno minado y, frente al 2017, para el votante fue una sorpresa. No cambiará los números, pero todo es posible.

Mélenchon quedó a solo un 1,2% de Le Pen. Sus 7,7 millones de votantes decidirán la contienda. Él pidió a sus seguidores no dar ni un solo voto a Le Pen. Pero la izquierda demanda de Macron intenciones sociales concretas.

La narrativa de Macron no es hacer, sin embargo, compromisos de última hora. Su eje es contraponer a la ira contra el sistema el miedo a un peligro inminente. De 4 puntos de diferencia, en la primera ronda, pasó a 11 de ventaja. Pero todo es muy volátil. Después del debate, disminuyó al 6%. La victoria de Macron parece hecho consumado, si no fuera porque en política nada está escrito en piedra.

vgovaere@gmail.com

Velia Govaere, exviceministra de Economía, es catedrática de la UNED y especialista en Comercio Internacional con amplia experiencia en Centroamérica y el Caribe. Ha escrito tres libros sobre derecho comercial internacional y tratados de libre comercio. El más reciente se titula “Hegemonía de un modelo contradictorio en Costa Rica: procesos e impactos discordantes de los TLC”.

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