Columnistas

Discusiones estériles

Cada vez que me hablan del mercado de libre competencia, ese donde muchos productores concurren y la oferta y la demanda se autorregulan, yo me pregunto en qué se parece a la realidad del mercado del tomate en Costa Rica o de los materiales de construcción y de tantos otros dominados por unos pocos que hacen del gobierno y los consumidores lo que quieren y como quieren. No son mercados transitoriamente deformados: son feítos desde el inicio.

Les pregunto a mis amigos economistas de qué sirve partir de ese utópico mundo feliz para derivar un pensamiento y luego elaborar recomendaciones de política pública. Sé que el supuesto del libre mercado es bueno para hacer matemáticas elegantes, pero en la realidad los mercados están cruzados por relaciones asimétricas de poder, costumbres e instituciones sin las cuales no se entiende el ritmo de las innovaciones, los precios de bienes y servicios y las mismas políticas públicas, muchas veces obsecuentes a estos mercados deformes.

Si alzamos la vista a los mercados internacionales, la libre competencia se difumina aún más, pues los jugadores son corporaciones enormes, más ricas que la mayoría de los Estados nacionales y con tentáculos a lo largo y ancho de todo el mundo. Comparado con ellas, este país y muchos otros son cuitas. La idea de mucho economista de que el poder es una externalidad es una ilusión y una conveniente pose. El poder –económico y político– está en las mismas entrañas de los mercados.

Digo esto no para argumentar la superioridad normativa del Estado, una corporación exclusivista que, en nombre de todos, impone relaciones de dominación sobre personas y territorios. Lo aceptamos porque las sociedades modernas necesitan orden e institucionalidad para funcionar y resolver problemas colectivos, pero en una democracia no le damos cheques en blanco. El problema es que en el último siglo los Estados se han hecho más grandes conforme más se desarrollan los países, independientemente de la retórica de los gobiernos (la llamada “ley de Wagner”).

Hago estas reflexiones porque, ¡increíble!, en pleno siglo XXI, en medio de una revolución tecnológica y de cambios planetarios que alteran nuestro mundo, montones de personas siguen agarradas del moño y se pelean por quién es mejor: ¿el libre mercado o el Estado? Hay que cambiar el chip: el asunto es modificar las relaciones de poder que subyacen a mercados y Estados para desatar la creatividad y reforzar las capacidades de la gente para vivir una vida libre y provechosa.

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