Columnistas

Capuletos y Montescos virtuales

Debemos prestar más atención a deseos, enojos, frustraciones, tristezas y temores que gritan entre las costuras que se abren en el infierno de las redes sociales

“No tengo pruebas, pero tampoco dudas”, dice la frase en un meme de Elmo, una de las marionetas del programa de televisión Plaza Sésamo, que inunda las redes sociales de un tiempo a esta parte. La sentencia retrata, por un lado, la falta de escrúpulos cuando de acusar y dañar se trata y, por otro, cuánta obsesión existe por tener la razón.

Dicho enunciado deja ver groseramente el autoritarismo que crece, agazapado, dentro de individuos y grupos con las más diversas agendas y banderas. Muestra, también, el poco apego a los mecanismos civilizatorios que caracterizan a nuestro país actualmente.

Las posibilidades de que cualquiera tenga a un Robert Ford —arquetipo de la traición y la cobardía— respirándole en la nuca podrían haber aumentado.

Nos advierte que si bien el odio siempre ha estado presente en Costa Rica, nunca ha sido tan visible ni, al parecer, tan grande. Como si ahora nos odiáramos más, nos causáramos mayores afrentas y llegáramos tan lejos para destruirnos, a causa de unas minorías que vociferan, unas mayorías calladas y la formidable plataforma de enfrentamiento en la que se convirtieron las redes sociales.

Nuestra nación está atravesando un pico evidente de polarización —tal vez semejante al que vivimos en la época del combo del ICE, que se inició en el año 2000, o al del referendo por el TLC, en el 2007—, en la cual sobresalen, grosso modo, dos bandos que se insultan mutuamente: los chavestruces y los progres, para usar los calificativos despectivos que han adoptado para insultarse mutuamente.

Por el ruido que producen, llaman a engaño y llevan a los ingenuos a creer que son muchos, pero en realidad se trata de dos reducidas tribus, a las que debemos agregar el efecto de falso agrandamiento que ocasionan los troles.

Que se enfrenten no quiere decir que carezcan de elementos en común, tales como la altanería de arrogarse nada menos que el poder de la verdad, cada uno para sí, y el permiso que eso les otorga para evadir la discusión con argumentos. En su lugar, atacan al cuerpo, sobre todo, etiquetando a las personas en un afán de humillar, reducir, acallar y aniquilar: ¡Nuestra redes sociales son ahora un mar de falacias ad hominem!

En cuanto a las diferencias —porque las hay, y son muchas, principalmente en intensidad y, obviamente, en sus objetivos—, se cuentan, por una parte, la sensación de afrenta, triunfo, poder y desquite y, por otra, impotencia, cólera y miedo.

De un extremo a otro se escucha: “¡Se les acabó la fiesta!”, “¡ahora sí van a pagar todo lo que se robaron!” versus “¿cómo hacen ustedes para sobrevivir en estos días?”, “¡quiero irme del país!”.

Por aquí y por allá, las acusaciones varían dependiendo de quién las diga y hacia quién vayan dirigidas: idiota, alacrán, comepatrias contra trogloditas, gachos, fascistas.

Este enfrentamiento que atravesamos en el país se debe a la desigualdad social, es obvio, pero no solo a la económica, sino también a la educativa, cultural y aquella producida por el tipo de trato que algunos se dan, del cual son un ejemplo estos Capuletos y Montescos criollos.

¿Quiénes son esos “nosotros”?

En una investigación que realicé en varios cantones, encontré que a las tradicionales explicaciones decimonónicas de las causas de la pobreza, provenientes de las Leyes de Pobres inglesas, según las cuales los modelos económicos o los pobres eran sus detonantes, mis entrevistados agregaron, entre otras, la ausencia de solidaridad en quienes tienen más.

El respaldo social no tiene que venir en forma de cheque, que fortalecería nuestra ya agrandada cultura de la mendicidad y el pobrecito, sino que puede implicar un cambio de actitudes que resultan en sentimientos de humillación e impotencia para quienes las reciben.

Hay que abstenerse de usar el poder para comportarse con ese aire de superioridad tan típico en nuestra clase política, cierto empresariado y algunos funcionarios, y que tanto resentimiento ocasiona.

Que haya gente poseedora de mucho (títulos, cargos, prestigio, dinero) y otra con tan poco ¡claro que es un motivo!, pero también lo es que la primera actúe como si fuera mejor y menosprecie la experiencia, el sufrimiento y la reacción de la segunda.

Algo debe tener que ver con esto que, frente a los señalamientos que se le hacen a determinada ministra, de no saber expresarse correctamente, la gente responda con frases como “ya los que tienen muchos títulos y saben hablar muy bien nos gobernaron y no sirvieron para nada, ahora nos toca a nosotros”.

La democracia se resquebraja a punta de populismo político, de mensajes de odio que buscan acallar y granjas de duendes; sin embargo, la proliferación de todo ello no nos dice mucho más de lo que ya sabemos.

Habremos de prestar más atención a deseos, enojos, frustraciones, tristezas y temores que gritan entre las costuras que se abren en el infierno de las redes sociales.

Debemos detenernos para advertir quiénes encarnan esta batalla cuya división es paradójica: hay Capuletos que son Montescos y Montescos que son Capuletos, dependiendo del asunto que se discuta.

No importa que se trate de una minoría solamente y que el grueso de la población costarricense no se vea representada en ella, pues toda fisura social debe ser analizada.

Sí, si quieren digamos haters, fanáticos, conspiranoicos, babosos, dioses del olimpo, feminazis, filibusteros. Esas etiquetas en realidad no ayudan a entender qué está pasando ni a pensar en las posibilidades de diálogo.

Costa Rica se suma como un escenario más en esta guerra cultural que empezó hace varios años en muchos países y, en nuestro continente, sobre todo en Argentina, Perú, México, Brasil y Colombia.

Sus manifestaciones son palpables a simple vista y en investigaciones, como las seis citadas por el Tribunal Supremo de Elecciones para llamar la atención oportunamente sobre el aumento de más de un 70% de los discursos de odio y discriminación en el último año.

Tal vez sea posible intentar como sociedad un experimento que hice con mis estudiantes de Estudios Generales durante un par de años y cuyo objetivo era promover la convivencia entre diferentes: tenían que buscar, contactar y dialogar con alguien que representara lo que más despreciaban o rechazaban.

Estoy convencida de que si nos relacionamos con personas que están fuera del círculo de nuestras ideas y valores tenemos más oportunidad de encontrar la forma de pactar un mínimo para convivir sin hacernos la vida insoportable.

Por eso, nos urge una clase política que se niegue a aprovecharse del lamentable estado de nuestros vínculos sociales para sacar ganancia y que actúe con generosidad para propiciar un cambio, pese al costo político de hacer las cosas bien. Hoy nos hace falta menos circo y más coro griego.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR y está en Twitter y Facebook.

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