
El 9 de mayo es una fecha especial para Europa. Desde 1985, la Unión Europea (UE, entonces Comunidad) lo estableció como su día, para conmemorar la iniciativa del legendario ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schumann, quien en 1950 abrió el camino a la futura integración.
El 9 de mayo es aún más importante para Rusia: celebra su victoria sobre Hitler, en 1945. Desde 1995 lo hace mediante un desfile militar en Moscú que, cuando llegó al Kremlin, al comenzar el siglo, Vladimir Putin transformó en una manifestación de poder nacional y glorificación personal. Ya no más.
Este año, la fecha también fue clave en Hungría. Decidido a reafirmar su adhesión al proyecto europeo y los valores liberales que encarna, Peter Magyar seleccionó el día para asumir como nuevo primer ministro. Atrás quedan 16 años de crecientes autoritarismo y corrupción de Víctor Orbán, derrotado con inapelable contundencia en las elecciones del 12 de abril. Por algo Budapest se vistió de fiesta entonces y ahora.
La humillación de Putin
Por primera vez desde que, a comienzos del siglo, llegó al poder, Putin se vio obligado a reducir al mínimo la escala del desfile. Lo hizo por temor a que Ucrania, a la que invadió hace cuatro años, utilizara sus misiles y drones de largo alcance para destruir voluminosos juguetes de guerra rusos. Por algo estuvieron ausentes del desfile frente al Kremlin, convertido, como él, en caricaturas del pasado.
Verse forzado a aceptar lo que, para un autócrata endiosado como Putin, constituye una clara humillación, se explica por el deterioro de su aventura militar ucraniana, acompañada ahora por una decadencia económica cada vez mayor.
La moral de las tropas en el frente de batalla está en sus peores niveles. La corrupción de los comandantes erosiona la disposición a luchar. El número de bajas –que Estados Unidos calcula entre 15.000 y 20.000 al mes– es mayor que la capacidad para reponerlas. Sus avances en el terreno están frenados. Algunos expertos militares incluso hablan de retrocesos, mínimos, pero reveladores.
Ucrania padece una mayor escasez de combatientes, pero su espíritu es alto y ha logrado saltos en tecnología militar autóctona que potencian su eficacia. El uso de la robótica, la inteligencia artificial y el desarrollo de drones y proyectiles de rangos múltiples la ha puesto a la vanguardia mundial de la transformación bélica.
En el frente interno, Putin debe lidiar con un debilitamiento de su imagen de líder sin fisuras. La guerra ha reducido al extremo la fuerza laboral productiva. La inflación, hasta ahora relativamente controlada por un sólido Banco Central, está en ascenso; el costo del crédito, también.
La estimación oficial de crecimiento del producto interno bruto para este año bajó de 1,3% a 0,4%. El flujo de divisas recibido por el incremento en los precios del petróleo y el levantamiento de sanciones a su venta con motivo del cierre del estrecho de Ormuz será volátil. Además, coincide con una exitosa campaña ucraniana para diezmar su infraestructura energética.
Nada de lo anterior implica que perderá la guerra, sino que le será imposible ganarla y que podría llegar un momento en que el control interno de Putin se deteriore al extremo.
El renacer húngaro
Víctor Orbán era su aliado. Hoy es un apestado, incluso para sus antiguos admiradores de la derecha autocrática en Europa, Estados Unidos y la Argentina de Milei. Peter Magyar y su gobierno representan lo contrario para Hungría y la democracia en general.
Su misión apenas comienza. Las condiciones económicas e institucionales en que recibe al país son lamentables. No es posible esperar resultados mágicos inmediatos. Pero su regreso pleno a una UE, en la que Orbán actuaba como quinta columna, abrirá la oportunidad de créditos concesionales, inversiones y apoyo diplomático.
Al tomar posesión, el 9 de este mes, y anunciar un gobierno mayoritariamente joven y técnicamente competente, Magyar dejó claras cuáles serán sus tareas esenciales, más allá de lo económico. Entre ellas están restaurar el Estado de derecho, recuperar la integridad de las instituciones, combatir la corrupción, llamar a cuentas a los corruptos, devolver la independencia académica a las universidades y respetar la libertad de prensa.
Se trata, en síntesis, de una propuesta política e institucionalmente liberal, aunque Magyar no haya renunciado a respetables anclajes de conservadurismo en otras áreas.
Elemento común
Por razones diferentes e intensidades que también lo son, lo ocurrido en Moscú y Budapest el 9 de mayo confluye en un mensaje común: la erosión del autoritarismo.
En el primer caso, asistimos al debilitamiento del déspota y su aventura, y al reconocimiento de la vitalidad ucraniana. Está por verse si conducirá a mayor libertad o recrudecida represión en Rusia.
En el segundo, se trata de un notable y proactivo cambio en la dirección del péndulo político en Hungría, hacia donde pertenece: la tradición democrática y liberal europea. Aquí, el pronóstico es sólidamente positivo.
Ambas fechas también se combinan para reivindicar, el mismo día, el camino que abrió Schumann, al sentar las bases de la Europa de hoy.
eduardoulibarri@gmail.com
Eduardo Ulibarri es periodista y analista.
